20 de octubre de 2014

Still the Water (Naomi Kawase, 2014)























Mommy (Xavier Dolan, 2014)

Creo recordar (y no sé si esto es cierto porque solo se lo escuché a alguien decir, y todo se terjiversa, o lo leí en alguna parte, o quién sabe, mi memoria es horrible), que Godard dijo sobre él mismo que era un director viejo haciendo películas de joven y que Xavier Dolan era un director joven haciendo películas de viejo (a propósito de Mommy).

A mí Mommy (y me desgarra contradecir a mi ídolo) no me parece una película vieja. Tiene algo que muy pocas películas tienen, y es un corazón. Pienso en Mommy como un producto del doctor Frankenstein, un pequeño ente al que alguien le introdujo un corazón, y este cobró vida, y empezó a moverse y a hablar y a sentir por él mismo. A Mommy se le sale el corazón por la boca, de tanta emoción y tanto amor y tanto odio y tanta pasión y tanta contradicción que tiene.

Mommy no es vieja, pues ninguna película vieja había experimentado con el formato (¿cómo no se le ocurrió a nadie antes?). Encierras a tus personajes en un formato cuadrado y minúsculo que incluso en una sala de cine se hace pequeño. Los cierras con llave, los ahogas, los exprimes hasta que no ves ni sientes otra cosa que a ellos. Y luego, cuando las cosas van a mejor, haces que el protagonista empuje fuerte con sus manos el lado izquierdo y el derecho de la pantalla, y que la convierta en 16:9. Y si todo se vuelve a teñir de negro, encójelos otra vez, poco a poco. ¿Qué película vieja haría eso?

Mommy no es vieja. Mommy es mitad adolescente y mitad adulta, pero ni siquiera cuando sea vieja será vieja.


Enemy (2013) / Prisoners (2013) (Denis Villeneuve)

Hay un cine, un tipo de cine, que es capaz de meterte dentro de sus películas. De cabeza, como quien se tira al mar (que no a una piscina, que aquí no hay seguridad ni límites ni bordillos) desde un acantilado. Una vez estás atrapado entre sus aguas, nada puede salvarte. Ni siquiera los títulos de crédito del final te arrebatarán esa angustia, ese malestar general provocado por haberte implicado demasiado en la historia. Por haberla vivido (pues el cine hay que vivirlo y no verlo). Ya lo dicen algunos: no te impliques, quédate seguro, no salgas de tu zona de confort, acurrúcate en el canapé, ve comedias banales, ríete, no pienses. Duerme tranquilo. Los hombres capaces de llevarte al mar, son los llamados Autores. Los que te dejan al borde de la piscina, no nos interesan.


Mes copines / Pourquoi pas moi / Si vous n'aimez pas la montagne

Cuando te das cuenta de que eres lesbiana y te echas tu primera novia, lo primero que haces (después de disfrutar del sexo como si no hubiera un mañana) es ver todas las series y películas con temática lésbica que encuentras.

Primero pasarás por The L Word, una serie que solo es buena porque trata sobre lesbianas. Y así con todo. Te ves cien películas que no valen para nada, PERO, que hablan de eso que a ti te interesa ahora. Ese mundo aparte del que no sabes mucho y quieres saberlo todo. Es una especie de morbo curioso, una especie de tratamiento para sentirte normal. Para sentir que puedes encajar en algún lado. El cine se convierte en un medio. Los heteros no necesitan esto, porque nacen rodeados de películas y series de todo tipo que les hablan de la norma sexual. Crecen viendo Ghost, Dirty Dancing, Jumanji, saben todo lo que siempre quisieron saber sobre el amor y el sexo, y no tienen necesidad de preguntar.

Hace 3 años y medio, cuando quise, quizás, formar parte de esa cultura que me era tan ajena y con la euforia de lo nuevo, me tragué cientos de películas absurdas, como Mes Copines, o Pourquoi pas moi, recomendadas por mis dos nuevas y únicas amigas lesbianas. Películas en las que la sexualidad de las protagonistas toma un primer plano y lo inunda todo.

Yo siempre quise hacer algo, un corto, una película, donde el hecho de ser lesbiana fuera como ser morena, pesimista o checa. Algo ligero (porque ya estoy harta de tanto drama). Y que esa ligereza fuera una posición política. Por eso este verano hice Si no os gusta la montaña, una webserie híbrido entre el cortometraje y el videoclip. Espero poder hacerlo más y mejor, algún día.



18 de septiembre de 2014

Palo Alto (Gia Coppola, 2013)

Cada vez que veo una de estas películas pseudoprofundas que se supone que retratan la adolescencia, me pregunto qué tipo de adolescentes se sienten tan vacíos, como robots, mudos, mirando un punto fijo con la mirada negra y deshumanizada, como si no sintieran ni padecieran nada más salvo un cosquilleo interno. Yo recuerdo la adolescencia como todo lo contrario: como agitación e ira, dolor, rabia, enamoramientos desproporcionados, sentimientos exagerados, teenage drama. Estos adolescentes de las películas de las chicas Coppola suelen ser como corderos lobotomizados sin corazón ni sangre en las venas que lo bombee. Me dan ganas de zarandearlos. Me recuerdan a esa canción de PJ Harvey:

My my, a little toy
He's just a mommy's boy
Where's your liver, where's your heart?
Where's all your woman parts?



Pride (Matthew Warchus, 2014)

Justo cuando pensaba que Pride era el culmen de los clichés baratos, aburridos, de las bromas patéticas y pasadas de moda, de los guiños culturales superfluos y de los personajes estereotipados hasta la náusea, va la película y acaba con unos textos inscritos en las imágenes a ralentí estilo "Mark siguió luchando hasta que murió de sida. Tenía 26 años". Es lo que se suele llamar la guinda sobre el pastel. Un pastel de mierda.


Métamorphoses (Christophe Honoré, 2014)

Yo no sé absolutamente nada sobre las Metamorfosis de Ovidio. Pero sí sé algunas cosas sobre el amor, sobre el deseo de escapar para nunca volver, sobre el deseo sin más, sobre la venganza, sobre la infidelidad, sobre la rabia. Venía aquí preparada para decir cosas maravillosas sobre Métamorphoses, pero me metí en youtube para volver a ver el trailer y me encontré con un comentario de alguien que dice (traduzco con faltas de ortografía incluídas): los actores deberían estar avergonzados de ellos mismos... creo que en 2014 es el primer año donde veo tanto porno en las películas para el gran público... pobres nosotros.... quedaros a follar tranquilamente en vuestras casas no es necesario enseñarnos vuestros culos sin parar

Y entonces me llevo las manos a la cabeza y las palabras bonitas ya no me salen. Solo blasfemias, insultos que me meten a la altura de estos especímenes anclados en dios sabe dónde. Recuerdo que unas de las cosas que más me gustó de Métamorphoses fue precisamente su tratamiento de la desnudez.

No sé vosotros, pero yo paso gran parte de mi tiempo desnuda. Siempre que puedo me baño desnuda, en casa siempre estoy desnuda, cuando cocino, cuando hago el amor, cuando me ducho, cuando duermo. Me desnudo en las fiestas, si se me han ido las cosas de la cabeza, y admiro la desnudez de aquellos que me rodean no como algo erótico sino como algo puro y real. Algo dulce y sin complejos, algo que se agradece en esta vida llena de pudores. Yo, que me siento atrapada (culpablemente atrapada) en esta obligación social de pretender ser más desnudez de anuncio de Calvin Klein que desnudez con arrugas, con grasa, estrías, celulitis, pelos, respiro aliviada al ver una película como Métamorphoses en los que veo cuerpos que la gente suele llamar reales. (Como si un cuerpo pudiera ser irreal, como si un cuerpo pudiera ser un espíritu, un fantasma). Cuerpos gordos, flacos, desproporcionados, peludos, cuerpos muy adolescentes, a medio formar, cuerpos masculinos y femeninos a partes iguales, desnudeces que muestran este cambio, esta metamorfosis, en ese camino, a medio hacer. Cuerpos que no saben acariciarse, torpes, inadecuados, incómodos. Cuerpos que encuentran su espacio en el mundo, su propio placer y el placer de esos otros cuerpos que buscan el placer del tuyo propio.


Sils Maria (Olivier Assayas, 2014)

Odio haber perdido la costumbre de venir aquí corriendo a escribir tras ver las películas, porque aún hoy, casi un mes después de haberla vista, me invade esa terrible emoción que sentí al salir del cine tras ver Sils Maria. Ese escalofrío de estar ante algo que te remueve tanto por dentro. Algo poderoso, certero. Sils Maria está dotada con el alma más primitiva del cine, pues es dolor, amor, traición, pánico, serenidad, angustia. Es todo aquello que nosotros, seres humanos partícipides de la vida, sentimos día a día.

Para mí Sils Maria es la mezcla perfecta entre Persona y El crepúsculo de los dioses. Ahí es nada. De Persona lo tiene todo: tiene esa crisis de identidad, vital, que enfrenta al personaje de Juliette Binoche contra sí misma, y contra eso que la rodea, llamado lo contemporáneo. O más concretamente la juventud, rabiosa juventud. Puta juventud. Competitiva, hipócritca juventud, especie de serpiente sinuosa que se cuela en tu cama en silencio, y que te devora una vez te descuides. Se apropia de lo poco que quedaba de ti, engulliéndote sin piedad. Ni siquiera piensa tomarse la molestia de masticar, es una arrogancia que se puede permitir. Maloja Snake.

Y hablando de El crepúsculo de los dioses, pienso en la crueldad de hacer que una actriz que interpretó un rol a los 18 años con otra mujer madura que poco tiempo después se suicidó, tenga que meterse en la piel de esa mujer madura. Ese admitir la derrota al paso del tiempo. Esa mujer que Maria Enders odia con todas sus fuerzas, la pobre víctima que se deja seducir por la joven garza. Y es que nadie quiere ser la víctima, la vieja, la menos atractiva, la tonta, la ridícula, la vencida, y por encima de todas las cosas, la débil, la manipulable, el juguete. Todas queremos ser la femme fatale, con la fatalidad y la belleza que este papel conlleva. Una vez que eres capaz de encarnar esas dos virtudes, no debe de ser fácil dejarlas escapar.

Si bien Sils Maria es una belleza constante, de esas que son todo menos hermosas, sino dolorosas, crueles, sutiles, retorcidas, Sils Maria es perfecta por su final, el compendio de la naturaleza humana, la mecánica de la vida, resumida en una sola escena. Maria acercándose a la joven que hace de ella a los 18 años, y pidiéndole que se replantee su manera de interpretar la última escena, diciéndole: Te vas sin ni siquiera mirarme, como si no existiera. La joven le responde: ¿Y? Maria Enders intenta explicarle que mirándola le dará más emoción a la escena, que cobrará más significado, a lo que la joven responde: Ella ya la ha visto suficiente. Ahora quiere pasar a otra cosa. Se ha cansado de mirarte. Maria Enders implora, mírame un poco más. No te canses todavía de mirarme, por favor. Mírame un poco más. No hagas que deje de existir.


8 de septiembre de 2014

Neighbors (Nicholas Stoller, 2014) / Wish I Was Here (Zach Braff, 2014)

Vi dos comedias este mes: Wish I Was Here y Neighbors.

La primera es obra de Zach Braff. Zach Braff que hizo Garden State que me pareció, siendo adolescente, una maravilla. Esa fotografía tan poco vista en aquella época, esos personajes que tiempo después acabaron hartándonos. Esa forma de contar las cosas tan única por aquel entonces. Natalie Portman, de quien nunca nos cansaremos. Todo esto me deja contrariada porque Wish I was here tiene muchísimos puntos idénticos con Garden State, y sin embargo la aborrecí.

La pregunta es: ¿si volviera a ver Garden State hoy la aborrecería? La eterna pregunta: ¿cambié yo o cambió el cine? Lo que antes me parecía entrañable en su cine, ahora me parece cursi hasta la náusea. Lo que antes me parecía efectivo ahora me parece barato, tramposo. Lo que antes me parecía nuevo ahora huele a rancio. El mundo avanza y supongo que tú no te puedes quedar quieto. No puedes estar ahí para siempre, diciendo pero este soy yo, yo soy así.

Pienso en ello ultimamente porque tengo pavor a que la vida no sea lineal sino circular. Supongo que Zach Braff es circular, solo sabe hacer esto, y volver a hacerlo, y volver hacerlo. Pero nosotros, espectadores, ya no somos los mismos. Ya no nos engañas, Zach. Hemos visto mundo. Hemos crecido. Y sabemos que no eres único ni especial.



La otra comedia que vi, sin embargo, tenía pinta de ser un vacia-cabezas. Me guiaron los actores, y alguna cosilla interesante del director. Aunque me frenaba la campaña de marketing y Zac Efron. Nada más lejos de la realidad. Neigbors me hizo reír y me hizo pensar.

Es una carta de amor y odio a la adolescencia y a la madurez, por partes iguales. Supongo que tenemos que situarnos en el punto de vista de los treintañeros (ay, dolor), a los que le gustaría seguir siendo jóvenes pero no pueden. Ya no. Hay bebés, trabajo, responsabilidad. Esas mierdas. Desgraciadamente me sentí más identificada con los paletos de 18 años, perdidos, desorientados, solo pensando en beber, drogarse y follar que con esa pareja (graciosísima, sí) que ama a su bebé y se ama entre ella, llena de deseos de estabilidad. Me perturba todo esto de tener que adaptarse a la edad y a las circunstancias y no al deseo de nuestro propio cuerpo y nuestra mente. Darle lo que pida hasta que se canse de tenerlo.


10 de agosto de 2014

L'inconnu du lac (Alain Guiraudie, 2013)

Me puse a  ver El desconocido del lago, pero a los 30 minutos hubo una escena de sexo superexcitante entre dos hombres y decidimos pararla para hacer el amor. Al día siguiente la retomé desde el mismo punto (cosa que no se hace, muy mal), y a los 40 minutos hubo otra escena de sexo muy salvaje. Me volvió a excitar muchísimo y paramos otra vez la película para hacer el amor. En la vida se nos planteará esta pregunta muchas veces: "¿el cine o la vida?". Elegid siempre la vida.




The Purge: Anarchy (The Purge 2) (James DeMonaco, 2014)

Sigo preguntándome, si matar fuera legal ¿mataría a alguien? ¿A quién? ¿Qué me importa más, la ley o la moral? ¿Tengo algún respeto por la ley, sabiendo que la infrinjo en muchas otras situaciones? ¿Es la ley lo que me impide matar? ¿Tengo, acaso, moral? ¿Y por qué matar es inmoral?


Rubber (Quentin Dupieux, 2010)

¡Me ha encantado Rubber! Es la mezcla perfecta entre tontería y brillantez, pues es inteligente en su absurdidad.

Pero me ha encantado sobre todo esa interacción espectador/película. El director que se quiere cargar a los espectadores, el espectador inteligente, los que no paran de hablar, los curiosos, los voyeurs, los que solo quieren carne, los que solo quieren sangre. Los apartes a cámara, los límites desdibujados. Lo guapa que es la actriz principal.



A tatuarse:

You probably never gave it a thought, but all great films, without exception, contain an important element of no reason. And you know why? Because life itself is filled with no reason. Why can't we see the air all around us? No reason. Why are we always thinking? No reason. Why do some people love sausages and other people hate sausages? No fucking reason. Ladies, gentlemen, the film you are about to see today is an homage to the "no reason" - that most powerful element of style.

Oculus (Mike Flanagan, 2013)

Me pregunto por qué al género de terror le cuesta tanto hacer buenas películas. Hay géneros difíciles y malditos a los que ya se le asume una baja calidad como a la comedia romántica, aunque existan películas como Two for the Road. Hay otros géneros fáciles, como el drama o el documental, al que se le otorga una calidad artística casi de base. Sin embargo el terror es particular porque cuenta con millones de adeptos del género en concreto, cosa que no pasa tan a menudo con los demás género. Hay gente a la que SOLO le gusta el cine de terror, y me pregunto cuál es su fórmula para distinguier lo bueno entre lo malo, entre tantísimos clichés.

De todos los géneros, es aquel al que parece que le cuesta más deshacerse de la fórmula matemática mágica, de todos sus tics insoportables que matan la esencia más pura de su cine: el acto de provocar miedo. Me pasa muy a menudo que me apetece ver una película de terror. Esto también es curioso, pues el procedimiento habitual es distinto: me apetece ver una película, o ESTA película, pero pocas veces digo "esta noche me apetece ver un drama". Sin embargo con el terror parece que se impone su género antes que la obra en sí. Y nunca encuentro nada: todo es una lista de fantasmas. zombis. espejos malditos. muñecos malditos. monstruos.  Todas empiezan y acaban igual. Y tiene otra desventaja más, y es que en todos los géneros encontramos dramas, comedias, documentales fantásticos de cualquier época. Y hay películas antiguas de terror divertidas antiguas (ya, ya sé que hay una centena de excepciones de películas de terror clásicas maravillosas), pero no hay muchas que sigan siendo efectivas, sino que se han vuelto interesantes por su toque kitsch. El miedo evoluciona, nuestros niveles de credibilidad también. Ya no es tan fácil sorprendernos. El drama es intemporal, el terror es pasajero.

Oculus, otra para el montón del olvido inmediato.

29 de junio de 2014

La fille du 14 juillet, Swim Little Fish Swim, Sous la jupe des filles, Ocho apellidos vascos, 3 bodas de más

Qué vergüenza. Entre el 3 y el 29 de junio he visto 5 películas. Me siento un poco Norma Desmond, un poco vieja gloria. Recuerdo aquella época en la que veía tres películas diarias facilmente, y como esto definía lo que era, mi forma de pensar, de vivir, mi día a día. Teniendo en cuenta eso, podría sacarse como conclusión que el cine ya no me interesa. Y sin embargo lo amo como antes, sino más que nunca. Pero de otra manera, menos voraz. Supongo que es el fin de la adolescencia, el fin de querer verlo todo, saberlo todo. He visto muchísimas películas, tantas, que las he olvidado a casi todas ellas. Es la hora de meterse en una relación estable con un proyecto, volcarme en él. Dedicarle toda mi imaginación, creatividad, ilusión a esa película, en vez de todo esa afección volátil y efímera de los tres amantes por día.

De esas cinco películas de junio tres las vi en el cine, dos en casa. Dos son españolas, tres son francesas. Empiezo a perder terreno en la patria.

Las primera española fue Ocho apellidos vascos. Es horrible estar en el exilio y no oír hablar de otra cosa que no sea esta película. La conclusión es que hay que seguir más los instintos que las lenguas del pueblo, pues estas son bastante estúpidas. Ocho apellidos vascos es un compendio de chistes de "van un andaluz, un vasco y un gallego y uno es vago, otro es basto y otro es tonto", un Bienvenidos al Norte seis años después. Sin embargo es una película a la que no le puedo negar cierto cariño porque la vi con mi madre. He pasado mucho tiempo de mi vida trabajando en cines, y cada vez que veía venir a una madre con su hija me ponía muy triste extrañando esa sensación. Esa sensación única de ser una niña, que tu madre te compre palomitas, reír a su lado. El cine como divertimento, como recompensa. Vería Ocho apellidos vascos cien veces si pudiera ir con mi madre.




La otra película española la vi esta tarde: 3 bodas de más. Inma Cuesta es un caramelito, Rossy de Palma es una maravilla. Es predecible y manida pero tiene personajes muy carismáticos y me hizo reír mucho. Otro día fuimos al cine a ver Sous la jupe des filles. Me da mucha rabia que todas las películas "sobre chicas y para chicas" sean tan limitadas y tópicas, y no puedo entender que Vanessa Paradis sea considerada una mujer bella. Hay que hacer algo.


 
Sin embargo estoy muy contenta de haber ido a ver Swim Little Fish Swim. Es sencilla y sin embargo efectiva y encantadora. Me recordó mucho a Frances Ha salvando las distancias (cualquier cosa sin Greta Gerwig es automáticamente mil veces peor). Es de esas películas que te imaginas viendo a un personaje de Woody Allen. Que te dan ganas de dar la vuelta al mundo mil veces para equivocarte sin parar. Aprender de los errores. Ser mejor persona. Sonreír más. Como la canción de Radiohead: Keep in contact with old friends (enjoy a drink now and then). Favours for favours. Fond but not in love.
No longer afraid of the dark or midday shadows. Nothing so ridiculously teenage and desperate. Nothing so childish. At a better pace. Slower and more calculated. No chance of escape.



La fille du 14 juillet fue un viaje más que agradable al pasado. Fue como despertar al Godard divertido y travieso que murió hace tiempo. Jugar con Jacques Tati, hablar de sentimientos a la Rohmer. Sacar a paseo al absurdo, irse a la playa con él. Todo el mundo debería verla, ahora que es verano, ahora que deberíamos irnos de aquí.






30 de mayo de 2014

Maps to the Stars (David Cronenberg, 2014)

Hace unos años que una expresión se popularizó entre mis amigas y yo: mal ambiente. El mal ambiente no es fácil de describir, pues puede incluir bien algo obvio como un padre que se folla a su hija, o bien cosas más sutiles, como un festival lleno de hippies. El mal ambiente es, pues, subjetivo. La subjetividad nace de un mutuo acuerdo entre mis amigas y yo. Somos 4 y aún así, a veces es tarea imposible ponerse de acuerdo. Por ejemplo para una de ellas, la más nazi de todas y amante de las prendas de vestir que se limiten al espectro cromático negro o gris, un vestido de colores vivos pasa a ser mal ambiente. El mal ambiente nació como algo rotundamente negativo, sin embargo hay una concepción positiva del mal ambiente,  por ejemplo David Lynch. La escena de Blue Velvet en la que Dennis Hopper porta una máscara de oxígeno gimiendo: Baby wants to fuck. Get ready to fuck. Daddy's coming. Daddy's coming home. Pues ESO es mal ambiente, pero en plan bien.

Maps to the Stars es exactamente ese mal ambiente bien. Crea un mundo que se mueve entre lo ordinario y lo extraordinario como la seda. Esos personajes un poco creepys. Un poco tarados pero humanos, inteligentes a su manera. Te enreda en esta tela de araña de perversión, sádica, pero lo suficientemente normal como para que te perturbe aún más. Porque puedes hacer una película muy jodida, llena de sangre y semen y wtf's por doquier, pero tan poco terrenal, tan surrealista, que el resultado no sea más que puro divertimento, un festival de carcajadas. Maps to the Stars no leva el ancla y eso me hace sentir incómoda en mi butaca. Te hace salir de la sala preguntándote qué acabas de ver y si eso es bueno o malo. Y ante esta pregunta, ya solo por el mero hecho de despertarte esa incomodidad tan dormida hoy en día, la respuesta siempre es: bueno.


21 de mayo de 2014

Crystal Fairy & the Magical Cactus (Sebastián Silva, 2013)

Quisiera hacer este viaje con mis amigos. Adentrarnos en el bosque, perdernos en la playa. Acostarnos drogados, despertarnos drogados. Sumergirnos en la danza descoordinada que no se acaba cuando sale el sol. Abrazarles, decirles que les quiero, y que esto sea efímero. Un te quiero hoy y te quiero ahora. Que la droga nos revele que esto es lo único que debería contar. Porque mañana no queda nada, mañana todos se van, se pierden, se cambian, se mueren. Te olvidan. Pasan a otra cosa, porque tú estás de paso para ellos y tú eres el paso, también, que se va. Mañana no habrá nada, dinos, droga cómo poseer lo que se presenta hoy a nuestro lado. Gracias a la droga, la vida se antoja como una cuesta abajo, en la que a la vez cada momento que vivimos es el más alto del camino. Gracias por eso. Gracias por la vista nublada, la pérdida de mí, de mis circunstancias, el vaivén hipnótico. Gracias por fomentar el olvido, por hacerlo todo más fácil. Por darle significado a las caricias, a los roces, a las bocas que se abren, que emiten un suspiro de placer, a las manos que nos recorren, que nos aprietan fuerte, intentando transmitirnos esta sensación sin saber que tenemos la misma en nuestro interior. A hacernos uno a todos. Quisiera hacer este viaje con mis amigos. A Chili o a Portugal. A un lugar donde no entienda la lengua, para poder probar todas las lenguas. Aprenderlas todas. Adiós al lenguaje. Hacer este viaje con mis nuevos amigos, a los que quiero solo de pasada, durante un tiempo limitado pero precioso y preciado. Quisiera perderme con ellos, en un agujero negro en caída libre, y si posible, no volver de este viaje. No volver nunca jamás.


4 de mayo de 2014

Wrong Cops (Quentin Dupieux, 2013)



3x3D (Peter Greenaway, Jean-Luc Godard, Edgar Pêra, 2013)

Fui al cine a ver una película en 3D de Godard. También de Peter Greenaway y de Edgar Pêra, sí, pero esta sensación de "me estoy poniendo las gafas 3D para ver la última de Godard" me parecía absolutamente surrealista.

Me aburrí con la película de Peter Greenaway. Me recordó a Encarta, aquella enciclopedia interactiva que tenía instalada en mi primer ordenador, donde navegabas literalmente en un mar de conocimientos, en una época en la que navegar era un sueño utópico, toda esta tecnología abrumadora. Pero no aprendías nada, solo te fascinabas, que no es poco.



Me encantó la película de Edgar Pêra. Es kitsch, divertida, sabia e inteligente.


Me puso triste la película de Godard. Escuchar su voz, tan anciana, tan desgastada. Un Godard cansado, rendido. Godard hablaba del cine, y de la realidad, como siempre. Y de todas esas cosas que no entendemos en su primer término, pero las sentimos en el segundo, y con las que nos fusionamos en el tercero.

25 de abril de 2014

Fading Gigolo (John Turturro, 2013)

John Turturro escribe, dirige y protagoniza una película 100% Woody Allen.


Le Week-End (Roger Michell, 2013)

-¿Qué clase de personas pasan horas sin tener nada que decirse?

-Los matrimonios.


Tom à la ferme (Xavier Dolan, 2013)

Ayer alrededor de un vaso de vino en una terraza congelada hasta la 1 de la madrugada, porque nunca tengo la valentía de decir que tengo frío, que vamos para adentro, hablábamos sobre el cine excesivo. Ese cine primerizo por ejemplo, en el que tienes ganas de decirle al mundo cómo eres, lo que te gusta, cómo te gusta. Y lo metes todo, presionando con un embudo. A veces funciona y a veces no. La opinión general en la mesa era un no. Contrólate. Sé equilibrado. Pero a mí como que me gusta el todo, el desbordamiento. Y claro, hablamos de Xavier Dolan.

Xavier Dolan siempre fue un poco así. Le gusta Wong Kar-Wai y otros cientos. Y los venera, los copia, los toma, y no pasa nada. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. En Tom à la ferme, a Xavier Dolan le gusta mucho Hitchcock. Le gusta su música, su manera de mover la cámara, de trabajar un ambiente donde no sabes muy bien qué pasa, hacer nacer una intriga de la nada. Tom à la ferme es Rebecca conociendo a Psicosis aderezada con La sombra de una duda. Y funciona, y está bien. No es un pecado imitar a los grandes siempre y cuando guardes un pedazo de ti mismo, tu manera de ver las cosas, de hacerlas, de sentirlas. Eso es lo que tiene que permanecer: una buena historia bien contada. Ya saben. Si he visto más lejos, es porque me he subido a los hombros de gigantes.


18 de abril de 2014

Babysitting (Philippe Lacheau, Nicolas Benamou, 2004)

No exagero si digo que hacía años que no iba sola al cine. Años de verdad. Creo que podría ponerme a buscar en este blog cuál fue la última película que fui a ver sola en el cine y no sería capaz de encontrarla. El caso es que por circunstancias que no vienen a cuento (o sí, en otro episodio que pienso llamar "El final de Viaggio in Italia"), me decidí a ir sola al cine, a ver forzosamente una comedia, forzosamente con palomitas, irremediablemente aislada en las butacas. Y así fue. Y me lo pasé bien. Muy bien. Reí a carcajadas yo sola con toda la sala, igual que todas esas otras personas solas que se encontraban allí, riendo a carcajadas con nosotros, los solos y los acompañados. Y nadie se murió. Y nadie salió herido.

16 de abril de 2014

Festival de Cinéma Espagnol de Nantes

Está siendo en Nantes el festival de cine español y es mi oportunidad para ponerme al día con todo lo que me estoy perdiendo en el exilio. Veo películas de las que no sé nada, no he visto nada, no he leído nada, porque ya sabéis que odio leer sobre cine.

Empecé con Gente en sitios, que aquí tradujeron como gente normal (Des gens normaux). Me hace gracia porque la gente que sale en la película es de todo menos normal, y a la vez, todo transcurre en un halo de rutina que la hace única. Gente en sitios es tan maravillosa que hubiera deseado verla otra vez y luego otra vez más y que ella fuera la única película del festival de cine español. Me hace creer en una realidad paralela, en salvar el día a día, me hace pensar que todo es posible, si quieres que lo sea. Por otra parte me parece terriblemente arriesgada. Me imagino el proceso de creación, miles de ideas absurdas que desfilan una tras otra, y lo imposible de diferenciar cuál es valiosa y cuál no lo es. Andar como un funambulista por una cuerda, a un lado el ridículo más absoluto, al otro la genialidad. E inclinarte sobre la segunda durante hora y media, sin titubear.



¿Sabéis cuando veis una película que os encanta y os entra la valentía y las ganas y decís "venga, vamos a ver otra, y otra, y otra"? Pues no lo hagáis. La mayor parte de las veces solo os encontraréis con una película mucho peor que la anterior que os hará pensar en lo buena que era la primera y decir, ¿por qué no lo habré dejado así?  Hacer eso es como buscar pareja nada más separarse. No lo hagáis. Saboread a la perdida, a la pasada. Quedaos un rato con ella acordándoos de sus cosas buenas. El caso es que vimos Los fenómenos. Le tenía ganas porque 1. Venía el director a presentarla 2. Salía Luis Tosar 3. Es del mismo director que La noche que dejó de llover, que es una película increíble, original, poética y única. Los fenómenos no lo es, solo es una película social más, dramática hasta la médula y con atisbos hippies. 



Al día siguiente fuimos a ver La Herida. Es curioso porque, salvando las enormes distancias, me recordó muchísimo a Camille, un corto que hice cuando estaba en la facultad que hablaba sobre una chica con un dolor o una tristeza incierta, nunca justificada. Ana, la heroína de La Herida, sufre el mismo tipo de dolor de nosequé. Me sorprendió ver que había incluso escenas idénticas, por ejemplo en la que folla con un tipo que acaba de conocer y luego le dice "lárgate" y le echa de su cama, y luego se queda en una especie de punto suspendido, recuperando el aliento. Me pareció curioso que un síntoma se expresara de igual manera en dos cabezas diferentes en un momento diferente. Luego me di cuenta de que eso pasa todos los días, a todas horas. El caso es que La Herida tiene muchas cosas interesantes pero muchas otras que no lo son. Me gusta cómo pivota respecto a su personaje sin hacernos sentir pena ni tampoco odio. Y no es fácil, porque cuando sometes a un personaje tan torturado sin dar ninguna explicación corres el riesgo de que a la gente le resulte irritante. Pero Ana no lo es. Tampoco da pena, no se arrastra, no sientes ni una pizca de piedad ni especiales ganas de ayudarla. Solo la miras. La observas. Y estás con ella en silencio.



Tenía muchas ganas de ver Caníbal. Es de Manuel Martín Cuenca, que hizo La flaqueza del bolchevique, una de mis películas favoritas del mundo en mi adolescencia. Caníbal comparte muchos puntos con La flaqueza del bolchevique, especialmente que ambas son capaces de hablar de un pedófilo y un caníbal sin ponerlos en el punto de mira, sino haciéndonos ellos. Metiéndonos en su cabeza, haciéndonos cazadores, hasta que podamos entenderlos. No se les juzga en ningún momento, y lo mejor, se cuenta aquella parte no morbosa. El día a día de un caníbal, cuando no come. El día a día de un pedófilo, cuando no folla con niños. Y es hermoso poder tener el privilegio de meterse en la cabeza de alguien que me plantea tantas preguntas. Me parece un privilegio, como tener un palco en la ópera. No es fácil, es valiente. Hay otro punto en común en ambas películas y es la gran broma final.

Tanto en La flaqueza del bolchevique como en Caníbal el héroe tiene un oscuro objeto del deseo: bien la adolescente de la que Luis Tosar se enamora, bien la rusa de la que Antonio de la Torre se enamora también. Luis quiere follarse a esta adolescente (aunque sea con amor), quiere tocarla, pero eso supondría sucumbir al pecado, atentar contra las normas de la convivencia social básica que nos dicen que no podemos acostarnos con menores de edad. Antonio de la Torre quiere comerse a Nina. Su deseo sexual se expresa a través de la comida. Es virgen, pero canaliza su deseo a través del acto de engullir estos cuerpos femeninos, perfectos, con olor a carne fresca. En ambos casos, es el oscuro objeto del deseo el que muere, y sin embargo nos quedamos con la sensación de que es el depredador el que es castigado. Frustrados por no haber podido hacer realidad su deseo, les dejamos solos, completamente incapacitados para recuperar su amor, y con el peso de la culpa hundiéndoles poco a poco. Ese es el verdadero castigo.



La última película que vi en el festival de cine español fue Violet. Violet me dio ganas de salir de la sala, algo que no me pasaba desde No es otra estúpida película americana en 2001. Rebobinar. Hasta llegar a ese momento de la noche en el que decides ir al cine a darle una oportunidad a una película solamente porque sale Leticia Dolera que actúa fatal pero es bonita de ver. Como le pasa a muchas películas. Y a veces ni eso.

3 de abril de 2014

La crème de la crème (Kim Chapiron, 2013)



Les rencontres d'après minuit (Yann Gonzalez, 2013)

Creo que esta película no habría tenido sentido en ningún otro momento de mi vida. Pero la vi en este, en ahora, aquí, y la entendí. Fui capaz de meterme en ella de tal manera que si hubiera cerrado los ojos y escuchara las voces de lejos, no sabría si estoy viviendo o viendo.





Pude estar en esa casa, siendo tres, esperando a más gente. Esperando que vengan a vernos, a tocarnos, a escucharnos, a entendernos, a follarnos. Que llamen a la puerta y nos digan, sin todavía habernos siquiera visto, j'ai déjà envie de vous. Sí. Es ese el tipo de amor que me gustaría experimentar, el amor a ciegas. El amor para todos, por todas partes. Tocar todos los cuerpos y encontrar la particularidad de cada uno. Sus aristas, sus defectos, aquello que los hace únicos. Su belleza, también. Encontrar ese tipo de amor que se desvanece en cuanto sale el sol, como un vampiro asustadizo. Y ese otro que quieres que se quede contigo, que aprenda a vivir también a la luz del día.

Ese tipo de amor en el que le puedes decir a tu amor amuse toi, avec ou sans moi, y no sentir dolor a la mañana siguiente. No sentir arrepentimientos. Besar todas las bocas, acariciar todas las pieles, no dejar ni una. Atraparlo todo, hacerlo efímero, hacerlo intenso, hacerlo real. Y no sentir deseos de huir.


2 de abril de 2014

Les gazelles (Mona Achache, 2014)

Era un sábado noche y tenía ganas de ir al cine, desconectar el cerebro, ver una película de mierda, comer palomitas, hacer ruido con la boca, reír bien alto, bien fuerte, bien molesto, fundirme en la butaca. Resultó que la película era una mierda pero no con todas sus ganas. Tenía un trasfondo triste, un poso depresivo que venía a decir algo como "estar soltera está muy bien en general, cuando eres libre y haces lo que quieres y cuando quieres y con quien quieres, pero los domingos, ay, los domingos vas a querer morirte pequeña, cuando salgas a hacer deporte al aire libre y veas a todas esas parejas, cuando pienses en ellos en sus casas viendo una película juntos, haciendo el amor juntos, cortándose las uñas de los pies juntos, y tú estarás sola, sola, sola". No era necesario.


La gran familia española (Daniel Sánchez Arévalo, 2013)

Advertencia: En este post no vas a encontrar nada sobre La gran familia española.

Nunca creí que podría decir una frase tan horrible, pero ya no tengo tiempo para escribir sobre las películas inmediatamente después de verlas, y por lo tanto siento que ya no escribo con esa fuerza o vivacidad sobre ellas, que es de lo que se trataba. Cuando empecé este blog hace casi 4 años veía películas diariamente en casa, aunque también iba mucho al cine. Y tras ellas, siempre encontraba esos 15 minutos de tranquilidad, de "no tengo otra cosa que hacer", en los que me gustaba pensar en la película y escribir sobre ello. Y me sigue gustando, pero se ha convertido en una especie de tarea pendiente. Ya casi no veo películas en casa, pero voy al cine todas las semanas, todas las veces que puedo. Y luego me pierdo en otra cosa, hablo con la gente que me acompaña, 5 o 10 minutos, y luego la película se va. Sigo necesitando este blog autoimpuesto para quedarme con ellas.

Estaba pensando eso cuando me disponía a escribir sobre La gran familia española porque la vi hace al menos dos semanas, qué sé yo. Y entonces recibí un mensaje de Cibrán hablándome sobre La vie d'Adele. Si no adorara también a 4 ó 5 personas más, podría decir sin miedo que Cibrán es la persona que más adoro del mundo. Espero que no se enfade por invadir su privacidad así con premeditación y maldad y alevosía y sin consentimiento. Pero este mensaje es todo lo que necesitaba para seguir donde estoy, donde siento que debo estar. Y no moverme, al menos todavía.


"[...] A película é marabillosa en toda esa duración e toda esa luz e eses corpos, é tan física, esa pel, tan intensa e tan bonita, esas actrices... é o tipo de película que espero que chegues a facer nalgún momento. Ainda que agora estou pensando en ti e no xenial que escribes no teu blog e en que teño que ver máis películas porque senon fasme spoilers e só te leo moi de vez en cando gardándomo para logo. E encántame lerte porque creo que chegaches ó punto no que non hai apenas distancia entre o que eres e o que escribes, ti eres o teu propio estilo e é fantástico porque é intelixente e profundo pero natural. Teño ganas de que me escribas a min, e teño ganas de ver as próximas cousas que dirixas para ver se consigues algo así. Supoño que é cuestión de que fagas mil cousas ata que xa non teñas que pensar en como dirixir, senon soamente dirixir. [...] E tamén teño ganas de que me contes cousas divertidas porque eres moi divertida e boto de menos o teu humor. Boto moito de menos todas as pelis que vimos xuntos e aprender e falar e non estar de acordo. Cando sexas Godard en chica acórdate de facer cousas graciosas." 


22 de marzo de 2014

Her (Spike Jonze, 2013)

Os voy a contar una historia. Cuando tenía 13 años tenía una mejor amiga: Nela. Éramos inseparables, yo la desnudé y la metí en la ducha la primera vez que se vomitó el vestido en fin de año. O quizás fue al revés. Éramos tan la una de la otra, que no se sabía muy bien dónde empezábamos y donde acabábamos. A los 13 años internet era ese ente extraño que se acercaba tímidamente a nuestras vidas. Teníamos un modem de 56k que se desconectaba cada vez que alguien llamaba al fijo de casa, y nos metíamos en el chat de Terra. Una vez conocí en el chat a un chico que se llamaba Sergio. Sergio era tan perfecto para mí que daba miedo. Nos gustaban las mismas cosas, compartíamos opinión sobre todo, solo nos faltaba acabar las frases del otro. Era lo que se suele llamar mi alma gemela, mi otra mitad perdida en el mundo. Además vivía en un pueblo a 30 km de mi ciudad, lo que hoy en día sería una nimiedad pero que a los 13 años, sin posibilidad de coger el coche o el tren, era una distancia inabarcable y que justificaba sin problema el hecho de que nunca nos hubiéramos visto en persona.

Estuve perdidamente enamorada de Sergio durante meses. Soñaba con él, hablábamos a todas horas. Luego llamaba a Nela para contarle lo mucho que le quería y de cómo me moría por conocerle. Un día descubrí que Sergio no existía, sino que Sergio era Nela. La persona que mejor me conocía del mundo había utilizado esta especie de recipiente virtual para volcar en él al hombre de mis sueños. Y lo hizo de un modo tan real, tan palpable, tan perfecto, que sentí por este holograma ese amor loco, tonto e irracional que sientes a esa edad. Nela tardó mucho tiempo en reconocerlo, y nunca supe sus motivos. Pero me hizo feliz durante un tiempo, y aún a día de hoy se vanagloria: ¿Te acuerdas de cuando hice que te enamoraras de mí?

Viendo Her me acordé de esta historia porque la realidad es una cosa tan frágil que asusta. Nadie podría decirme que lo que yo sentí por aquello que ni siquiera era real no fue real. Lo fue. Lo sentí en el estómago. El dolor era real, la felicidad era real. ¿Cual es pues el valor de la realidad? ¿Cual es la importancia que tiene si un derivado tiene la misma fuerza y el mismo poder que lo real? Yo he llorado y reído con Her aún sabiendo que estaba ante una historia de amor que solo existía en un 50%. De la misma manera que lloré cuando desconectaron a HAL 9000 aún sabiendo que no tenía corazón ni sangre latiendo por sus cables. Cuando le rompen el corazón a WALL-E. Her me hizo daño porque todos hemos estado ahí. En esa escena, y en esa otra. En esa cama vacía en medio de la noche, esperando un teléfono que se ilumine, alguien al otro lado. Todos hemos estado ahí, diciéndole a otra persona que ya no más, o siendo dichos. Y arrepintiéndonos al día siguiente.



Viendo Her también me acordé de ese episodio de Black Mirror. Be right back. El principio es el mismo: la tecnología que es capaz de crear (o recrear en este caso) a un ser humano cálido, que habla y siente como los demás seres humanos. Pero que no lo es. Hay algo retorcido, perverso, aterrador y mórbido en esta idea. Y sin embargo soy capaz de meterme en situación y admitirme a mí misma que yo también perdería la cabeza y me dejaría llevar por esta ilusión.



Sin embargo Her es más una historia de amor que una historia del alcance de la tecnología. No se limita a hacer una crítica de la frialdad y la soledad a la que nos abocan los avances tecnológicos sino que al final, les otorga el poder de salvación. Esos entes virtuales han venido a salvarnos. Han venido a devolvernos la capacidad de amar, a enseñarnos cómo acercarnos al otro, a despertarnos de esta pesadilla de soledad y vacío en la que solo nos rozamos en el metro, nos rozamos en el trabajo, nos rozamos en la cama. Manteniendo la distancia de seguridad.



-I've never loved anyone the way I loved you.
-Me too. Now we know how.

Es cierto. Now we know how.

21 de marzo de 2014

Is the Man Who Is Tall Happy?: An Animated Conversation with Noam Chomsky (Michel Gondry, 2013)

Conocí a Michel Gondry hace mucho y me robó el corazón. A la vez me hacía mucho daño, ese hijo de puta que acaparó toda la creatividad que deberían tener al menos 20 ó 25 personas si este mundo fuera un lugar de justicia. Ese pequeño bastardo francés que tocaba la batería, entendía de buena música, rey del stop motion, que hacía videoclips que dejarían boquiabierto al mundo unánimamente y luego aún encima hacía alguna de las películas más maravillosas jamás hechas. Admirar a una persona a tan alto nivel no es fácil, te quita más energía que inspiración te da.



Ayer conocí a Michel Gondry de verdad. Estaba ahí, a dos metros, contándonos cosas sobre Is the Man Who Is Tall Happy? Yo esperaba una revelación, que tuviera una máquina hecha de sueños y recuerdos que nos contagiara un poco de su talento a todos los allí presentes. Pero nada de eso ocurrió. Mi primera reacción fue dar un respingo al verlo aparecer, un poco infantil, diciéndome: es como en las imágenes de Google pero en movimiento y 3D. Mi segunda reacción fue buscar un atisbo en su físico que denotara su gran inteligencia. Lo único que encontré fue que se vestía un poco mal. Llevaba una chaqueta de lana vieja mal abotonada: se notaba que no tenía tiempo para ir de compras, lo gasta todo siendo un genio, que según dicen, es un trabajo a jornada completa.

Michel nos habló durante hora y media, sin mucha pasión, pero de un modo preciso y encantador.  Parecía algo cansado. Un sentimiento que debes tener cuando te has pasado 4 años trabajando en esta película durante la noche porque durante el día estabas filmando The Green Hornet. Michel dijo que para él fue muy sencillo hacer esto. Una especie de paraíso mental, un oasis tras la marcha en el desierto. Rodar al estilo hollywodiense una película de mierda, poder volver a casa y sumergirte en tus conversaciones con Noam Chosmky.

Is the Man Who Is Tall Happy? es preciosa. Es lumínica, viva, divertida, profunda, inteligente. Michel Gondry ha encontrado un equilibrio perfecto entre el tedio y el divertimento. Es capaz de transmitirnos una idea compleja imposible a retener ayudándose de una animación didáctica y artística a la vez.





Michel Gondry dijo algo que me gustó mucho. Hablando con Noam Chosmky salió el tema de la inspiración. Él dijo que sacaba la inspiración de sus defectos o sus puntos débiles. Por ejemplo, el inglés no es su punto fuerte. Así que cuando una amiga le habló sobre que estaba construyendo la maqueta de un barco en el bosque, él entendió que estaba construyendo un bosque dentro de un barco. Y supongo que la capacidad de ver eso es lo que diferencia a Michel Gondry de los demás.