11 de septiembre de 2011

The Strange Love of Martha Ivers (Lewis Milestone, 1946)

Sigo pensando en Almodóvar. Sigo pensando en los diálogos que se llaman descontextualizados. En los tonos que se llaman incoherentes. En los llamados desajustes. Pienso en todos esos tiempos cinematográficos que han muerto y a los que Almodóvar quiere agarrarse con uñas y dientes. Él, que es un gran cinéfilo, que ha visto tantísimas películas de años ha. Y todas sus obras tienen ese amor a algo que no quiere soltar. A esas frases categóricas, melodramáticas, sentimentales que según algunos no tienen espacio en el ahora cinematográfico. Huelga decir que no estoy comparando, pero yo que también he visto más películas del antes que del ahora, me pasó algo parecido cuando hice mis primeros y horribles cortos. Con esas frases, esos títulos, que quedan tan bonitos sobre el papel y tan falsos sobre la pantalla. Que me hacen sonrojarme sólo de pensarlo. Sin embargo pienso en ‘La ardilla roja’, una de mis películas favoritas del cine español, y recuerdo que todo encajaba tan a la perfección. Recuerdo frases como “qué bien, mis ojos se enredan de sueño” (hablo de memoria, porque escribo desde un sitio sin internet). Frases difíciles en el mundo real, imposibles más allá del encuadre, y sin embargo perfectas dentro de esa historia, de esos personajes, de ese mundo.

Photobucket


Yo creo que no se puede ser un buen cineasta sin tener un fondo cinéfilo profundo, sin embargo también soy consciente del tremendo daño que haber visto demasiado puede hacer. Desde la inevitabilidad del homenaje-copia involuntario, hasta un aprendizaje inconsciente sobre bases ya obsoletas, sobre técnicas que ya no funcionan, que han evolucionado, y quizás tú las has visto evolucionar pero prefieres hacer como si no. Quedarte atrás. Supongo que eso es lo que llaman estar en el momento equivocado y no vestir con ropa vintage.

Viendo ‘El extraño amor de Martha Ivers’ me doy cuenta de que el melodrama ha muerto, y quiero llorar en su funeral. También el cine negro ha muerto, la negritud tal y como la entendíamos. Y el musical, pobrecillo.
No sé qué ha ocurrido. No sé por qué hemos ido dejando de lado el éxtasis, la pasión y nos hemos ido acercando hacia la triste y patética realidad. Si yo al cine lo quería precisamente por alejarme de ésta. No sé si el espectador se ha desensibilizado o si es el cine el que se ha hecho el duro, si se ha tapado bajo los efectos especiales de las películas de acción, si se ha cubierto bajo un manto de nieve y silencio y lentitud como los delicados dramas de hoy. Sin el melo. Sin todo lo dramático. Dejando atrás aquellas historias en las que la muerte parecía la única opción. Las muertes a lo grande, poéticas, vaporosas, tan bien fotografiadas, compuestas, narradas, que se le antojarían a cualquiera.

Photobucket

La grande bouffe (Marco Ferreri, 1973)

Cuatro individuos se encierran en una mansión para comer hasta morir. Tengo esta película desde hace tiempo y me decido por fin a verla porque tengo hambre. Y cuando tengo hambre, cuando tengo mucha hambre, realmente siento que podría comer hasta morir. Que podría comerme una vaca, o una fábrica de galletas. Yo que me siento muy valiente y siempre apuesto a que soy la que más aguante tiene en cuanto a engullición se refiere, aunque luego siempre sea mentira y quiera morirme en cuanto me excedo de la ración que mi estómago pide. Yo tengo un buen saque, pero es que lo de estos cuatro no tiene nombre.

La comida y la muerte van de la mano. Pienso en que la gran mayoría de los alimentos que comemos los no vegetarianos/veganos son seres vivos que han sido asesinados para nuestro disfrute. Nos bebemos su sangre. Nos comemos sus tripas. Las adobamos. Las freímos. Las acompañamos y alzamos nuestra copa para celebrar la alegría de la matanza. Recuerdo aquel esquema de los Simpsons de la cadena alimenticia en la que todos los animales tenían una flecha que apuntaba al ser humano. Así de simple.
Sí, la comida y la muerte son una. Recuerdo ‘El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante’, una de esas películas que me fascinó tanto (pero tanto) cuando la vi en la Filmoteca de Barcelona que jamás me atreví a volver a verla. Ni hablar. El canibalismo (que empieza con un beso). La carne cruda.
Sí, no puedo separar en mi cabeza la idea de comida y muerte si pienso en aquella tantísima gente que muere por exceso o por defecto de ella. Y si veo ‘La Grande Bouffe’, entonces sí que no puedo separarlo. Marcello Mastroianni muere como el señor que es, en un coche italiano, en la nieve. Michel Piccoli muere asquerosamente, el lado oscuro de la gastronomía. Ugo muere por comida y sexo al mismo tiempo. Porque el glorioso martirio de estos caballeros no estaría completo si no hubiera también sexo. Mujeres. La misma carne sobre distintos huesos. Al final todo se reduce a morder y a lamer y a empujar la carne. Que es lo que nos pierde. Que es lo que nos llevará a la tumba en una dulce, sangrienta y placentera muerte por exceso, pasión y debilidad.


Photobucket

9 de septiembre de 2011

Matador (Pedro Almodóvar, 1986)

De verdad que todavía no me puedo creer que haya gente que piense que el "toque Almodóvar" es humor no premeditado.

-¿Que a ver por que le ha puesto usted a este desfile "España dividida"?
-Pues porque este país ha estado siempre dividido en dos.
-¿En cuántas partes? ¿En dos por casualidad ha dicho?
-Sí, básicamente en dos.
-¿Y cuáles son?
-Por una parte están los envidiosos y por otra parte los intolerantes.
-¿Y usted a cuál pertenece?
-Yo pertenezco a ambas.

Photobucket

5 de septiembre de 2011

Devil (John Erick Dowdle, 2010)

Ha hecho que me acuerde de aquella impactante muerte de 'Six Feet Under', en la que un señor intentaba escapar de un ascensor y las puertas le partían en perfectas y exactas mitades.

Photobucket

3 de septiembre de 2011

La piel que habito (Pedro Almodóvar, 2011)

He visto absolutamente todas las películas y cortometrajes de Almodóvar excepto una, 'Matador', de 1986. Y de las otras diecisiete, todas y cada una de ellas me encantan a su manera distinta de ser, que no es la misma, repito. 'Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón', '¿Qué he hecho yo para merecer esto?' y 'Hable con ella' son de las películas que más veces he visto en mi vida y cuando viene cualquier persona que me dice que no le gusta Almodóvar me parece como quien me dice que no le gusta el queso, que hay que ser estúpido a no ser que seas intolerante a la lactosa, con la de quesos diferentes que hay, y sobre todo, la de mil maneras diferentes que hay de comer queso.
Pienso que Almodóvar es igual que un queso manchego, producto de un clima muy duro y extremado, y su sabor es ligeramente ácido pero fuerte, un sabor que se transforma en picante cuando el queso está muy curado. Almodóvar está muy curado. Se ha hecho fuerte y mayor y aunque cuando era un niño travieso jugando con la movida y con los colores y con las irreverencias también me gustaba a más no poder, he de reconocer que esta "nueva" faceta tan elegante, tan precisa, tan quirúrjica me maravilla de igual modo.

Como todas las cosas buenas en el mundo, Almodóvar tiene demasiada gente que le odia y demasiada gente que le adora. En la escuela de cine de Barcelona, mi profesor le odiaba a muerte. Un día dedicó una clase a poner una película suya, creo que era 'Mujeres al borde de un ataque de nervios' pero puede que no, y empezó a analizarla desde el punto de vista cromático para demostrarnos que aquello no tenía ni pies ni cabeza. Y a mí, que soy como una leona a la que no le gusta que se metan con sus cachorros, dejé de escucharle y entendí una cosa muy importante que nadie debería olvidar: el cine no es objetivo. El cine no debería poder analizarse, sólo sentirse. Hay que quemar todos los libros de cine, todas las escuelas, y encerrarte en la oscuridad de la sala. Y nada más. Pegarle un puñetazo a todo aquel que hable de travellings con significado. Saltarle las lentillas de contacto a todos los que hablen de la fotografía sin siquiera saber qué es la fotografía de una película, a esa gente que vive en las colas del cine de las películas de Woody Allen.
El año pasado, en Francia, todos los franceses adoraban a Almodóvar. Ah, ¿eres española? Almodóvar, qué cool, me encanta. Había pósters suyos por doquier. Y en una clase de cine que tenía, el profesor, antítesis del barcelonés, dedicó medio semestre a estudiar a Almodóvar. Me quieren volver loca, pensé. Y quemé mis libros de cine, y me limité a pensar desde mi cabeza, que la he amueblado como he podido.

'La piel que habito' me ha recordado muchísimo a 'Les yeux sans visage', una película de 1960 de Georges Franju, en la que un asesino en serie parisino secuestra a jóvenes para robarles la piel y reconstruir así a su hija, que ha tenido un accidente.

Photobucket


El psicópata de 'La piel que habito' también lo hace todo por su hija, de algún modo. Coger a un chico que le ha creado el trauma y consecuentemente provocado el suicidio de su hija, de alguna manera, y robarle su vida para que éste así le devuelva la que le debe. Dame un hombre y te devuelvo una mujer. Justo cuando llevabas toda la película pensando, mira, una película de Almodóvar sin travestis ni homosexuales, va Elena Anaya y es un transexual y supongo que una lesbiana después del corte a negro final. Que a mí me encantan los travestis y los homosexuales, no sé por qué iba a suponer un problema. No sé por qué tanta queja, por qué tantos imbéciles, tantos clichés y tantos odios sospechosamente repetidos.

'La piel que habito' no da miedo como puede darlo 'Les yeux sans visage'. Tampoco te pone triste, a pesar de la versión de Between the Bar de Chris Garneau que suena en un momento. La risa es controlada, salvo por un par de momentos (no es viejo, es vintage), es los que puedes sentir al vintage de Pedro tras esa pantalla. Algunos llamarían a esto indefinición, pero a mí me encantan estos terrenos de nadie. Su tono telenovelesco, un poco distante y frío, como las hojas del bisturí. La gente piensa que se está riendo de Almodóvar cuando éste hace decir a algún personaje alguna frase demasiado literaria, un poco ridícula, cuando es Almodóvar quien se está riendo del mundo y de todos esos espectadores que piensan que la risa es una barrera para el arte. Sin saber que un buen queso manchego es fuerte y es duro y es ácido y luego picante y tiene el derecho y el privilegio de no tener por qué elegir entre la risa o el llanto, entre el terror o la ficción, cuando detrás de todo eso sólo se encuentra una cosa: la vida.

Photobucket