22 de marzo de 2014

Her (Spike Jonze, 2013)

Os voy a contar una historia. Cuando tenía 13 años tenía una mejor amiga: Nela. Éramos inseparables, yo la desnudé y la metí en la ducha la primera vez que se vomitó el vestido en fin de año. O quizás fue al revés. Éramos tan la una de la otra, que no se sabía muy bien dónde empezábamos y donde acabábamos. A los 13 años internet era ese ente extraño que se acercaba tímidamente a nuestras vidas. Teníamos un modem de 56k que se desconectaba cada vez que alguien llamaba al fijo de casa, y nos metíamos en el chat de Terra. Una vez conocí en el chat a un chico que se llamaba Sergio. Sergio era tan perfecto para mí que daba miedo. Nos gustaban las mismas cosas, compartíamos opinión sobre todo, solo nos faltaba acabar las frases del otro. Era lo que se suele llamar mi alma gemela, mi otra mitad perdida en el mundo. Además vivía en un pueblo a 30 km de mi ciudad, lo que hoy en día sería una nimiedad pero que a los 13 años, sin posibilidad de coger el coche o el tren, era una distancia inabarcable y que justificaba sin problema el hecho de que nunca nos hubiéramos visto en persona.

Estuve perdidamente enamorada de Sergio durante meses. Soñaba con él, hablábamos a todas horas. Luego llamaba a Nela para contarle lo mucho que le quería y de cómo me moría por conocerle. Un día descubrí que Sergio no existía, sino que Sergio era Nela. La persona que mejor me conocía del mundo había utilizado esta especie de recipiente virtual para volcar en él al hombre de mis sueños. Y lo hizo de un modo tan real, tan palpable, tan perfecto, que sentí por este holograma ese amor loco, tonto e irracional que sientes a esa edad. Nela tardó mucho tiempo en reconocerlo, y nunca supe sus motivos. Pero me hizo feliz durante un tiempo, y aún a día de hoy se vanagloria: ¿Te acuerdas de cuando hice que te enamoraras de mí?

Viendo Her me acordé de esta historia porque la realidad es una cosa tan frágil que asusta. Nadie podría decirme que lo que yo sentí por aquello que ni siquiera era real no fue real. Lo fue. Lo sentí en el estómago. El dolor era real, la felicidad era real. ¿Cual es pues el valor de la realidad? ¿Cual es la importancia que tiene si un derivado tiene la misma fuerza y el mismo poder que lo real? Yo he llorado y reído con Her aún sabiendo que estaba ante una historia de amor que solo existía en un 50%. De la misma manera que lloré cuando desconectaron a HAL 9000 aún sabiendo que no tenía corazón ni sangre latiendo por sus cables. Cuando le rompen el corazón a WALL-E. Her me hizo daño porque todos hemos estado ahí. En esa escena, y en esa otra. En esa cama vacía en medio de la noche, esperando un teléfono que se ilumine, alguien al otro lado. Todos hemos estado ahí, diciéndole a otra persona que ya no más, o siendo dichos. Y arrepintiéndonos al día siguiente.



Viendo Her también me acordé de ese episodio de Black Mirror. Be right back. El principio es el mismo: la tecnología que es capaz de crear (o recrear en este caso) a un ser humano cálido, que habla y siente como los demás seres humanos. Pero que no lo es. Hay algo retorcido, perverso, aterrador y mórbido en esta idea. Y sin embargo soy capaz de meterme en situación y admitirme a mí misma que yo también perdería la cabeza y me dejaría llevar por esta ilusión.



Sin embargo Her es más una historia de amor que una historia del alcance de la tecnología. No se limita a hacer una crítica de la frialdad y la soledad a la que nos abocan los avances tecnológicos sino que al final, les otorga el poder de salvación. Esos entes virtuales han venido a salvarnos. Han venido a devolvernos la capacidad de amar, a enseñarnos cómo acercarnos al otro, a despertarnos de esta pesadilla de soledad y vacío en la que solo nos rozamos en el metro, nos rozamos en el trabajo, nos rozamos en la cama. Manteniendo la distancia de seguridad.



-I've never loved anyone the way I loved you.
-Me too. Now we know how.

Es cierto. Now we know how.

21 de marzo de 2014

Is the Man Who Is Tall Happy?: An Animated Conversation with Noam Chomsky (Michel Gondry, 2013)

Conocí a Michel Gondry hace mucho y me robó el corazón. A la vez me hacía mucho daño, ese hijo de puta que acaparó toda la creatividad que deberían tener al menos 20 ó 25 personas si este mundo fuera un lugar de justicia. Ese pequeño bastardo francés que tocaba la batería, entendía de buena música, rey del stop motion, que hacía videoclips que dejarían boquiabierto al mundo unánimamente y luego aún encima hacía alguna de las películas más maravillosas jamás hechas. Admirar a una persona a tan alto nivel no es fácil, te quita más energía que inspiración te da.



Ayer conocí a Michel Gondry de verdad. Estaba ahí, a dos metros, contándonos cosas sobre Is the Man Who Is Tall Happy? Yo esperaba una revelación, que tuviera una máquina hecha de sueños y recuerdos que nos contagiara un poco de su talento a todos los allí presentes. Pero nada de eso ocurrió. Mi primera reacción fue dar un respingo al verlo aparecer, un poco infantil, diciéndome: es como en las imágenes de Google pero en movimiento y 3D. Mi segunda reacción fue buscar un atisbo en su físico que denotara su gran inteligencia. Lo único que encontré fue que se vestía un poco mal. Llevaba una chaqueta de lana vieja mal abotonada: se notaba que no tenía tiempo para ir de compras, lo gasta todo siendo un genio, que según dicen, es un trabajo a jornada completa.

Michel nos habló durante hora y media, sin mucha pasión, pero de un modo preciso y encantador.  Parecía algo cansado. Un sentimiento que debes tener cuando te has pasado 4 años trabajando en esta película durante la noche porque durante el día estabas filmando The Green Hornet. Michel dijo que para él fue muy sencillo hacer esto. Una especie de paraíso mental, un oasis tras la marcha en el desierto. Rodar al estilo hollywodiense una película de mierda, poder volver a casa y sumergirte en tus conversaciones con Noam Chosmky.

Is the Man Who Is Tall Happy? es preciosa. Es lumínica, viva, divertida, profunda, inteligente. Michel Gondry ha encontrado un equilibrio perfecto entre el tedio y el divertimento. Es capaz de transmitirnos una idea compleja imposible a retener ayudándose de una animación didáctica y artística a la vez.





Michel Gondry dijo algo que me gustó mucho. Hablando con Noam Chosmky salió el tema de la inspiración. Él dijo que sacaba la inspiración de sus defectos o sus puntos débiles. Por ejemplo, el inglés no es su punto fuerte. Así que cuando una amiga le habló sobre que estaba construyendo la maqueta de un barco en el bosque, él entendió que estaba construyendo un bosque dentro de un barco. Y supongo que la capacidad de ver eso es lo que diferencia a Michel Gondry de los demás.



7 de marzo de 2014

The Grand Budapest Hotel (Wes Anderson, 2014)

Esta es la mejor película de Wes Anderson porque es negra y brillante, divertidísima y hermosa, oscura y técnicamente irreprochable, única y horrible, emocionante y triste, adictiva y autosuficiente, dulce y dolorosa.  Siempre la guardaré en mi memoria.


Only Lovers Left Alive (Jim Jarmusch, 2013)

Only Lovers Left Alive es tan bella que casi me hace daño en los ojos, tan bella que casi me muerde en la yugular y me deja desangrándome en mi butaca. Es una canción de color rojo y negro, triste y eterna como la noche que no acaba. Es una vagabunda, que callejea como un gato sin casa buscando dónde caer muerto. Es un antídoto a la felicidad. Un remedio contra la vida. Una apología del dolor y del amor.

Si hay algo que me cautiva en Jim Jarmusch es su capacidad única y elegante de arrancarme de mí para llevarme a otro. A otro lugar, a otra vida. Ha creado esta especie de mundo vacío y químico, tan desolador que por momentos sentía que no podía respirar. La angustia de no ver nunca la luz del día, la angustia de tener una vida eterna por delante, la verdadera y palpable angustia de existir para siempre, de no poder acabarse nunca. Me he pasado todo este tiempo temiendo la muerte cuando lo que tenía que temer es la vida.