26 de octubre de 2013

Gravity (Alfonso Cuarón, 2013)

Gravity es al cine un El cantor de jazz, ese éxito de taquilla de los años 20 que en realidad era una mierda de película, pero oye, fue la primera película sonora. Una experiencia única a la que cualquier cinéfilo habría querido asistir: la primera vez que oímos a la gente cantar y hablar, unido a la imagen.

Gravity es, para nosotros espectadores que nunca hemos estado en el espacio, lo más cerca que estaremos nunca de experimentar esta sensación. O eso nos dicen. No tenemos ni idea de cómo actuaría la física sobre nuestros cuerpos y sin embargo cuando vemos Gravity estamos seguros de que debe ser exactamente así. Sin embargo, no deja de sorprenderme que la gente no pare de decir que Gravity es Cine, en el sentido de que recupera el significado más primitivo y vacío del término: el espectáculo. Ojalá lo fuera. Pero Gravity no es ni siquiera espectáculo, pues los espectáculos entretienen de principio a fin, y en una triste hora y media que dura esta demostración tecnológica, me encontré mirando el reloj (de los vecinos de butaca, que también lo miraban) repetidas veces.

Y es que siento que no he visto Gravity en el sitio adecuado, pues no pertenece a una sala de cine, y eso me molesta. Gravity pertenece a una feria tecnológica, o más concretamente, Gravity pertenece a una feria. Ejerce en mí el tipo de fascinación que ejercían cuando tenía 8 años los simuladores que eran en realidad una cabina que pivotaba sobre su propio eje en cada bache que el vehículo que conducías se encontraba.

Los giros de guión, a cada cual más ridículo, hacían estallar en carcajadas a una sala de 550 personas. Y una frase resonaba en mi cabeza constantemente: You've to be kidding me. No voy a ponerme a destripar su contenido para desacreditarla porque creo que nadie podría negar su pobreza en este aspecto. Nadie puede quitarle a Gravity la belleza y el poder hipnótico de las imágenes. Pero, de igual modo, nadie debería concederle nada más que eso.

Pero sobre todo, hay una cosa que detesto más que nada en Gravity, y es que Sandra Bullock ni siquiera se muere. Que Hal 9000 haya tenido que morir y Sandra Bullock siga arrastrando su penoso rostro inexpresivo por el mundo, eso, eso es de denuncia.


24 de octubre de 2013

The Look of Love (Michael Winterbottom, 2013)

Michael Winterbottom hizo 9 songs hace 9 años (dios, aún recuerdo ir al cine a verla, dos veces, y luego verla en casa una y otra vez, durante mucho tiempo). 9 songs era una película rompedora, maravillosa, que a nadie le gustó y que a muy poca gente le gustó mucho. Contaba una historia de amor de principio a fin de un modo que nunca antes habíamos visto. Desde la perspectiva de las cosas que nos importan, sin momentos cursis, sin tonterías: de un modo seco y directo, y a la vez indirecto, como una luz que rebota sobre un espejo. Entonces ocurre eso que le ocurre a mucha gente cuando descubren una película de un director que les gusta de ese modo: se ponen a ver su filmografía. Y fue así como descubrí que no había tal cosa como un gran director tras 9 songs, sino algo que podríamos llamar un momento de creatividad transitorio, como la enajenación. Solo fui capaz de encontrar otras dos películas de algún modo (muy) interesantes: Genova y Tristram Shandy: A Cock And Bull Story.

Sin embargo algunos somos tercos y seguimos intentándolo, y es por eso que pensé que The Look of Love podría hacerme cambiar de idea. Y no había nada en ella, salvo algunos errores de principiante que me pregunté cómo habría podido cometer. Flashbacks de escenas que ya habíamos visto antes para el espectador un poco tonto. Sobredosis de "recopilación de escenas felices y cortas" para hacernos entender que todo va bien. Incluso Orson Welles sabía ya en 1941 que esto había usarlo con moderación, no meterlo en toda la película como si esta fuera un trailer. Más me habría valido ver Boogie Nights otra vez. Lo peor de todo esto, pobre de mí, es que dejaré que Winterbottom me defaude una y otra vez, una y otra vez, pensando cada vez que me va a dar lo que un día hace 9 años me dio. Qué le quieren, soy una nostálgica.


11 de octubre de 2013

La vie d'Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013)

Me prometí a mí misma que empezaría a hablar de La vie d'Adèle centrándome en sus mil y unas virtudes y vencería al cabreo que me provoca la más patética y absurda de las críticas que he escuchado en mi vida. Esta crítica viene de la mano del "sector lésbico", porque resulta que es un sector y tiene reglas a las que tienes que amoldarte para complacerlas y que salgan de la sala de cine dicendo "esta es nuesta Biblia, esto me representa". La crítica en concreto es: el sexo lésbico no es realista. No es así como las lesbianas follan. Un director dirigiendo a dos actrices heterosexuales, lo que faltaban son lesbianas en el plató para darles una clase de cómo dos lesbianas se desenvuelven entre las sábanas. Recriminarle a Abdellatif Kechiche ser un hombre dirigiendo una película sobre dos lesbianas sin conocimiento de causa es tan absurdo como recriminar a Kubrick por haber filmado 2001 sin haber ido nunca al espacio o a John Ford hacer westerns sin haber vivido el S.XIX. Es tan absurdo como recriminarle a Bertolucci El último tango en París porque generalmente no involucramos a la mantequilla en nuestras prácticas sexuales diarias, así que eso no es sexo heterosexual. Y yo, enfurecida de rabia ante la Gran Estupidez Humana me pregunto: ¿qué es eso de sexo lésbico? ¿qué es, en general, el sexo? ¿Es que hay acaso un manual a seguir paso por paso? El sexo es la manera que tienen dos personas (o tres, o cuatro) de demostrar sus deseos, y estas maneras pueden ser tan distintas, originales, tradicionales o arriesgadas como estas dos personas sientan la real gana de poner en práctica. Esto es algo tan obvio que me parece hasta insultante tener que explicarlo al sector lésbico indignado.

Yo, que nunca me identifiqué como lesbiana y sin embargo llevo 3 años acostándome con una mujer, he hecho el amor de la misma manera que lo han hecho Emma y Adèle. Lo recuerdo, concretamente, como el sexo de las primeras veces. Donde falta la coordinación pero sobran las ganas de devorarse y todo es más ansia que suavidad. El sexo no son diez posiciones concretas, el sexo no es excluyente, ni exclusivo. Lo mejor del sexo es, precisamente, su capacidad de reinventarse ante cada persona que decide practicarlo dejándose llevar, y sus combinaciones son infinitas y eternas. Así que al próximo ser cuadrado que me diga que eso no es realista, primero le partiré la cara por imbécil, porque a una le cuesta mucho controlar su ira, y segundo le explicaré, como a un bebé, que existen tantas realidades como personas y puntos de vista, y que si continua toda su vida intentando amoldarse a eso que se supone que su género, su orientación sexual o su clase social le indica que tiene que hacer, no va a llegar a ninguna parte en la que a mí me gustaría estar.



La vie d'Adèle tiene una pizca de Jeune et Jolie, otro de los descubrimientos del año. Tiene concretamente dos escenas que son idénticas: una son las escenas en el instituto, en las que vemos un primer plano de los adolescentes recitando un párrafo del libro/poema del momento frente a la cámara. Ambas escenas tienen en común, además, la falta de emoción a la hora de recitar, como quien tiene palabras delante pero no es capaz de descifrarlas. La importancia de la educación en la vida de Adèle y en la vida de Isabelle, nuestra jeune y jolie particular, empaña toda la película. Hay además otra escena repetida, y es cuando Adèle se masturba sola en su cuarto, mientras Isabelle hacía lo mismo. Isabelle se masturbaba clandestinamente, en silencio sobre su vientre, y era descubierta por su hermano. Sin embargo Adèle se masturba boca arriba, no tiene miedo de hacer demasiado ruido y sin embargo, nadie la ve. Esto es algo que me maravilla de su personaje. Nadie llega nunca a adentrarse en su cabeza. Tiene siempre esa boca torcida hacia la tristeza y esos ojos vacíos de algo parecido a la soledad o la incomprensión o la falta de algo, sin poder llegar a entender por qué. Siempre está ahí, presente, con toda su fuerza, sin miedo, y sin embargo nadie llega a descifrarla.



Otra de las cosas relindas y hermosas de La vie d'Adèle es la relación que se establece entre estas dos mujeres. Ambas han estado con hombres y ambas han decidido quedarse con las mujeres, pero una más que otra. En cualquier relación siempre hay una más y otra menos. Emma es más mayor que Adèle. Emma tiene más pájaros en la cabeza, estudia Bellas Artes y quiere ser pintora. Está satisfecha con su orientación sexual y no se esconde de nadie. Adèle es, por así decirlo, todo lo contrario. Está todavía en el instituto pero tiene muy claro lo que quiere hacer en la vida y qué pasos debe dar para conseguirlo. Sin embargo y como cualquier mujer en su despertar sexual, no tiene muy claro qué es lo que quiere y se acerca temerosa a sus opciones al principio, para luego lanzarse voraz y obsesiva cuando descubre que eso es lo que quiere. ¿Acaso eso no nos representa, como mujeres? Yo, al menos, le doy más importancia a sentirme más identificada en este proceso de descubrimiento sexual que en haber puesto en práctica o no una postura concreta en la cama.

Lo hermoso, como decía, es que estas dos mujeres se buscan y se encuentran y tienen lo que se llama un flechazo, aunque en francés me parece que se le hace muchísima más justicia a su verdadero valor: coup de foudre o coup de coeur. Literalmente, algo que te golpea en el corazón para dejarte herido, marcado. Lo que tienen es animal y sin embargo sostenible en el tiempo. No alcanzamos a saber cuánto tiempo permanecen juntas Adèle y Emma porque, ah, ese es otro de los pequeños toques de maestro de La vie d'Adèle: cómo no tenemos la más mínima consciencia del espacio y del tiempo durante las 3 horas que dura la película. Primeros planos asfixiantes, contraplanos que no responden a nuestras preguntas ni a nuestras ansias por saber qué se encuentra delante de las miradas de las protagonistas. Todo en pro de un dolor desgarrador que sientes cuando la película llega a su fin.



Pues eso. Estas dos mujeres que no tienen absolutamente nada en común salvo el amor y el sexo (¿para qué más?). Somos testigos del inicio de su relación y del final, pero no sabemos nada de lo que pasa durante la misma, sencillamente porque podemos imaginarlo: amor y sexo. Amor y sexo, todo el día. Las cosas se caen por su propio peso y nos damos cuenta de que la única manera que Adèle y Emma tienen de ser una sola persona es en la cama. Las fiestas, a las que todos los amigos raritos de Emma acuden, no hacen más que separarlas. Emma y Adèle, en su día a día, son un poco el aceite y el agua. Una sabe flotar sobre la otra, pero por más que lo intenten jamás lograrán mezclarse. A Emma y Adèle les falta un poco eso que hacen todas las parejas cuando se conocen. Ese yo cojo un poco de ti y tú coges un poco de mí. Una especie de contaminación, de ganas de compartir o mostrar. Emma y Adèle no se enseñan, y lo más importante, Emma y Adèle no se aprenden. No se aprenden la una a la otra en ningún momento.

Si hablo de esta forma tan caótica de La vie d'Adèle es porque todavía no he encontrado la manera de superar el daño que me ha hecho. Es porque todavía intento quitar las balas de estos disparos a quemarropa y lamerme las heridas. El caso es que me he sentido tan identificada con las cosas que ocurren y las cosas que se sienten en La vie d'Adèle, de la misma manera que Adèle se ha sentido tan identificada con las cosas que ocurren y las cosas que se sienten en La vie de Marianne, que todavía no he podido despegarla de la piel y solo pienso en cuántos días podré soportar sin volver al cine a hacerle otra visita y permitirle lastimarme otra vez.


6 de octubre de 2013

The Purge (James DeMonaco, 2013)

The Purge parte de una idea que me parece muy interesante. En Estados Unidos (cómo no, God Bless America) se implanta una ley mediante la cual un día al año todo crimen queda impune. De esta manera, la tasa de paro se ha reducido hasta el 1% y apenas hay crímenes. ¿Por qué? Pues porque la gente almacena todo su odio, su ira, su violencia y sus "ganas de matar aumentando" hasta ese día, donde se convierten en bestias que aniquilan a todo aquel que se les antoje. Algunos se divierten con los vagabundos, considerados por los poderosos como un instrumento para ayudarles a purgarse, y los utilizan como sacrificio. Otros quieren matar al vecino porque tiene una casa más grande.

Todos estos asesinatos se justifican con un glorioso eufemismo: purgarse. Como los gatos cuando vomitan para limpiar el estómago, estos ciudadanos vomitan toda su bilis y sus malos deseos en una noche de diversión donde la ley no existe y la moral aparentemente tampoco. Por supuesto este sistema tiene mil y un escapes. Para empezar, no deja de ser una continuación de un estado de clases sociales llevado al extremo. Los ricos, obviamente, tienen dinero a mansalva para implantar sistemas de seguridad en sus casas que les mantengan a salvo en su fortaleza, mientras pueden observar a través de unas pantallas cómo la gente se mata entre sí en las calles. El resultado es que son los niños ricos y bien educados los que con sus armas carísimas pueden desahogar de todas sus frustraciones de clase alta en los sintecho, quienes obviamente no tienen con qué defenderse. La noche de purga se convierte en una limpieza de calles al más puro estilo Hitler. Muy Black Mirror todo.

Es una lástima que esta idea se deje de lado a medida que avanza la historia y se convierta en la típica película cuya tensión se basa en: un espacio cerrado, asesinos, víctimas, sustos en la oscuridad y persecuciones. Un desarrollo en el que poco importa que en esos mismos instantes en la calle, la noche de purga está teniendo lugar. Al final de la película los blancos ricos les abren sus puertas al vagabundo negro para salvarle la vida, y ya tenemos postal para las Navidades.



Curse of Chucky (Don Mancini, 2013)

Ayer fue la Nuit Fantastique, organizada en Nantes a manos de la Absurde Séance. En los últimos años he podido disfrutar de unas cuantas "noches fantásticas". El principio es siempre el mismo: películas de terror/serie b/mal ambiente, comida basura hasta el vómito, mantita, buena compañía, churros al amanecer, qué mejor.

Sin embargo, todas se quedan a la sombra de las organizadas por Cineuropa. Recuerdo un año en el que salí de la sala a las 14h del mediodía tras haber entrado a las 20h del día anterior y sentir que eres un ser humano venido de otra galaxia, con las ojeras grabadas a fuego y los ojos inyectados en sangre y vísceras de toda la noche y el sabor a ira y tensión aún en la boca. Y es que las programaciones del Cineuropa eran casi siempre caviar en bandeja. No tenían miedo a proyectar la triología del odio de Sion Sono regalándote 8 horas y media de peleas entre cuerpos descuartizados y alternártela con una bizarrada llena de humor sobre violaciones grupales a manos de Armando Bó y pasarte después cosas como Hors Satan, la película más lenta del universo después de El caballo de Turín. Todo eso a un precio al que casi daba ganas de dejarle el doble de propina y un chocolate calentito con churros al amanecer. Ay. Nunca volví a encontrar nada parecido.

Claro que si tengo en cuenta estas noches fantásticas que Santiago me regaló, la Nuit Fantastique de ayer fue lo más parecido a un aborto que he experimentado en mi vida. Tan solo 4 películas de las cuales solo 2 me llamaban la atención. La noche empezó con Chucky y la disfruté como una enana y pasé sustos de saltar en la butaca y me reí a carcajadas (paralíticas y lesbianas, what else?) y luego de repente, zas, una película sobre un doctor Frankenstein nazi que en la II Guerra Mundial en Moscú construye seres recolectando miembros de los caídos. A los 15 minutos ya estaba durmiendo, teniendo en cuenta que la noche anterior había dormido cuatro horas y que al "día siguiente" me tenía que levantar a las 8:30 para ir a trabajar, nada, que nos hacemos viejos. Una gallega (aquí tendría que haber escrito galleta pero como no he dormido, gallega me parecía una opción igual de aceptable) reseca a la que llamaron desayuno a las 3:30 de la noche y a la cama, pensando en la vieja gloria que fui.



Dark Touch (Marina de Van, 2013)

Antes de ir a ver la película leí en unos comentarios que Dark Touch es una mezcla entre Carrie y Matilda. Ojalá. Me hubiera encantado ver algo así.


Machete Kills (Robert Rodríguez, 2013)

Me paro a pensar y me doy cuenta de que en realidad Machete es una delicia debido a una simpleza. La misma simpleza que los chistes de Chuck Norris, ambas se basan en el mismo principio. Machete es un tipo duro. Machete no envía mensajes. Machete no falla. Y lo demás, poco importa.

Si mantienes esta idea fría en tu cabeza, Machete Kills no puede defraudarte. Tiene un añadido a la primera parte: un desfile de mujeres absolutamente despampanantes con personajes tan primarios y básicos como Machete, pero que ganan puntos por tener unos pechos que se salen de la pantalla.

Machete Kills no es más que eso. Machete, El Hombre, teniendo escenas gores más o menos divertidas con mujeres a cada cual más hermosa. Una vez más: All you need for a movie is a gun and a girl.