29 de julio de 2013

The Evil Dead (Sam Raimi, 1981)

Había un director, no sé si era Nicholas Ray o uno de estos genios de la época, que decía que en el cine, menos es más. Que la censura, la falta de dinero y de medios avivaba la imaginación y la creatividad. No podría estar más de acuerdo con esto, y me gustaría que mucha más gente lo tuviera presente, justo en este momento en el que parece que la calidad del cine se define en base a la cantidad de efectos especiales. Además, a los listos nos conviene tener a esta máxima de nuestro lado, pues nunca trabajaremos para Hollywood.

Vale que The Evil Dead es cutre hasta la risión. Serie b hasta decir basta. Pero es esta cutrez la que convierte a una película con un guión flojo con unos actores malísimos en un festival del humor muy entrañable. Si esta película hubiera estado hecha con miles de millones de dólares y Jack Nicholson, sería una basura para el olvido.

Así que esas reconstrucciones de vísceras que se pudren en stop motion, esos zooms mortales, ese maquillaje de todoacien, ese festival de sangre coagulada, esas manos podridas hechas con guantes, son garantía de hora y media de diversión ideal para un domingo de lluvia.



10 de julio de 2013

Frances Ha (Noah Baumbach, 2012)

Al cine se le pide, viens changer ma vie.  Se le pide que duela. Yo le pido que me dé ganas, muchas ganas de vivir. Porque nada me da tantas ganas de vivir como ver a la gente viviendo en el cine. Si ellos pueden, que ni siquiera tienen carne y ni siquiera tienen huesos, yo también puedo.

Acabo de encontrar algo que escribí hace 3 años, y dice así:

"No quiero tener que seguir queriendo a mi marido cuando eche barriga y se vaya quedando día a día calvo. No quiero tener dos niños a los que les ponga el nombre de Jessica, o Xisela o cualquier otro nombre. Ir a la playa con una silla de estampado de rayas o flores, y utilizar sombrilla o nevera portátil. Abandonarme a la edad, leer el Hola, ver los programas de sobremesa, echar la siesta. Comprarme un pez y meterlo en una pecera, e ir sustituyéndolo a medida que un sinfín de peces exactamente igual de naranjas mueran. Poner la lavadora en las horas de menor consumo eléctrico. Hacer crucigramas en la cama, mientras mi marido se lava los dientes. Tener el talento de tocar un melón y saber si está o no lo suficientemente maduro. Cambiar el cine por la vida. Cambiar la música por el vulgar ruido de la calle, la literatura por el periódico gratuito que un estudiante pluriempleado me dará en la esquina. No quiero ir los domingos al Corte Inglés, si es que abre, no quiero ir tampoco los sábados, ni los viernes. Cenar en el chino en días prefijados de la semana. Hacer bocadillos y utilizar papel albal. No quiero matar el tiempo, antes prefiero que él me mate a mí. No quiero que ir al cine a ver las películas de Pixar se convierta en una obligación y deje de ser un placer. Ponerme mechas, decir cotilleos sobre la vecina del barrio, ser de color gris, utilizar siempre diademas y camisetas con frases en idiomas que no sé traducir.
No quiero liberarme de la cárcel que me supone mi cuerpo, del estorbo, no vaya a ser que me guste la libertad y después quiera quedarme con ella."

Frances también sabe lo que quiere. Es constante y por eso llega a conseguir lo que quiere, porque sabe qué es, aunque la mayor parte de la historia crea que no lo sabe. Frances quiere ser Frances. Frances quiere un apartamento. Una ventana con mucha luz. Una habitación propia, un pedazo de Virginia. Y Frances pierde la desesperación como solo esta se puede perder: aferrándose a ella con uñas y dientes. Frances es divertida. Es guapa e inteligente y tiene un talento moderado pero firme. Suficiente. No llora nunca y tampoco se esfuerza en consolar a los que sí lo hacen. Frances es todo aquello que yo no soy, pero que no me importaría (nada) ser. En esta noche en la que me doy cuenta de haberlo perdido todo, pero fuerte y especialmente, lo que más he perdido es a mí misma.


2 de julio de 2013

Electrick Children (Rebecca Thomas, 2012)

No sé explicar qué es lo que hay de maravilloso en esta película, pero lo hay. Puede que sea su carácter extremadamente sensorial. Una de esas películas que es capaz de arrancarte de la butaca y llevarte muy lejos. A un sitio cálido y frío a la vez. Con luces de neón. Y algunos atardeceres. Un país que nunca has visitado. Y luego, la noche más profunda. Puede que sea su capacidad de arrancarte de tu edad y llevarte de la mano a tus 15 años. Saliendo con prisas una noche en la que nadie te ve. Sentir la fuerza del viento de la huída en la cara. Una historia sobre el escaparse de ti mismo. Un lugar tan lejos, tan cerca. Todo a través de los ojos de la inocencia. Solo el cine puede llevarte a esos lugares a los que el espacio y el tiempo ya nunca te permitirían ir. Gracias por ello.


Before Midnight (Richard Linklater, 2013)

Para mí, hasta ahora, había dos maestros del matrimonio: Stanley Donen, con una de las mejores películas del mundo, Dos en la carretera, e Ingmar Bergman, con su Secretros de un matrimonio. El uno con su muerte y su mundo oscuro y pesimista y filosófico y el otro con sus musicales coloridos e historias que siempre acaban bien, no podrían ser más dispares. Audrey Hepburn y Liv Ullmann. Y sin embargo, coinciden en una cosa: el amor es un camino cuesta abajo. Y en un matrimonio, vas sin frenos. Ni la más romántica y hermosa de las parejas escapa a esta decadencia, a los secretos, a los rencores, a las fatigas, a las rutinas, a las quejas, a las manías. 

Fue también el propio Bergman el que resumió todo este asco y hastío una de esas escenas que podrías ver una y otra vez hasta desmayarte:



Y cuando Stanley Donen y Frederic Raphael escribieron:

-¿Qué clase de personas se sientan en un restaurante y no tienen nada que decirse?
-Los matrimonios.

Pues bien, no es el caso de Jesse y Celine, que nos tienen acostumbrados a hacernos saber que tienen mucho que decirse. El trabajo, los niños y la rutina les hicieron ahorrar saliva suficiente como para regalarnos dos horas de película en la que no hacen otra cosa que hablar y hablar y hablar. Como en los viejos tiempos. Y lo que nos gusta a nosotros escucharles. Jesse y Celine me recuerdan a alguien que fui y a alguien que tuve para mí. Siempre teníamos algo que decirnos. Algo sobre lo que hablar. Esa película griega de los años 50. Esas hipótesis dolorosas que nunca hay que formular. Estos Jesse y Celine que fui con alguien se murieron, pero estos dos ahí continuan, como unos guerreros.

Salta a los ojos lo que es Before Midnight. Es una oda al desencanto. Es un golpe de realidad. Una bofetada al romanticismo. Pero. Conservando la savia de sus personajes. Guardando esa pizca de magia que los hace, de alguna manera, únicos. Before Midnight, la más fuerte detractora de los finales de fueron felices y comieron perdices, nos enseña la indigestión posterior a esta comilona. O más bien, lo que se siente tras 18 años comiendo perdices: no es un sueño.

Jesse y Celine son los mismos de siempre, pero hay diferencias. Esas pequeñas diferencias de las que hablaba Bergman que solo son apreciables en las distancias cortas. Esa pequeña arruga al lado de la sonrisa. Se quieren, pero, han sido o no infieles. Siguen siendo guapos, pero, Celine ha engordado y Jesse tiene canas. Siguen teniendo de qué hablar, pero, la mitad de esas conversaciones son disputas. La única y la mejor manera de contar esa historia es como se ha hecho, cada 9 años. Todo en pro de un realismo que nos araña por dentro. Tan real, tan cierto, tan yo he vivido esto, que hace daño.

Entre tanto blablabla, hay una escena de silencio absolutamente bella y desgarradora. Esa escena en la que Celine le dice a Jesse que ya no le quiere y se va de la habitación del hotel dando un portazo. Jesse se queda solo en esa habitación vacía y mira uno a uno los rincones llenos de esa ausencia. Y es triste porque no es tan triste como debería ser. Es triste porque no es solo soledad lo que se siente, es también un poco de indiferencia. De pereza. Ese punto en el que ya no corres detrás de la otra persona cuando esta se va, ese punto en el que te sientas pensando ya volverá. O ya lo arreglaré más tarde.

Ese punto es triste y melancólico. Ese punto es Before Midnight. A algunos, a los que la realidad nos quema, preferíamos el cuento de hadas y el final suspendido de aquellos que tuvieron 20 años. Preferíamos la frescura a la madurez. Los 20 a los 40. Hay cosas que preferíamos no tener que saber. Y sin embargo, cada día que pasa, tenemos menos 20 años. Así es el amor.