18 de septiembre de 2014

Palo Alto (Gia Coppola, 2013)

Cada vez que veo una de estas películas pseudoprofundas que se supone que retratan la adolescencia, me pregunto qué tipo de adolescentes se sienten tan vacíos, como robots, mudos, mirando un punto fijo con la mirada negra y deshumanizada, como si no sintieran ni padecieran nada más salvo un cosquilleo interno. Yo recuerdo la adolescencia como todo lo contrario: como agitación e ira, dolor, rabia, enamoramientos desproporcionados, sentimientos exagerados, teenage drama. Estos adolescentes de las películas de las chicas Coppola suelen ser como corderos lobotomizados sin corazón ni sangre en las venas que lo bombee. Me dan ganas de zarandearlos. Me recuerdan a esa canción de PJ Harvey:

My my, a little toy
He's just a mommy's boy
Where's your liver, where's your heart?
Where's all your woman parts?



Pride (Matthew Warchus, 2014)

Justo cuando pensaba que Pride era el culmen de los clichés baratos, aburridos, de las bromas patéticas y pasadas de moda, de los guiños culturales superfluos y de los personajes estereotipados hasta la náusea, va la película y acaba con unos textos inscritos en las imágenes a ralentí estilo "Mark siguió luchando hasta que murió de sida. Tenía 26 años". Es lo que se suele llamar la guinda sobre el pastel. Un pastel de mierda.


Métamorphoses (Christophe Honoré, 2014)

Yo no sé absolutamente nada sobre las Metamorfosis de Ovidio. Pero sí sé algunas cosas sobre el amor, sobre el deseo de escapar para nunca volver, sobre el deseo sin más, sobre la venganza, sobre la infidelidad, sobre la rabia. Venía aquí preparada para decir cosas maravillosas sobre Métamorphoses, pero me metí en youtube para volver a ver el trailer y me encontré con un comentario de alguien que dice (traduzco con faltas de ortografía incluídas): los actores deberían estar avergonzados de ellos mismos... creo que en 2014 es el primer año donde veo tanto porno en las películas para el gran público... pobres nosotros.... quedaros a follar tranquilamente en vuestras casas no es necesario enseñarnos vuestros culos sin parar

Y entonces me llevo las manos a la cabeza y las palabras bonitas ya no me salen. Solo blasfemias, insultos que me meten a la altura de estos especímenes anclados en dios sabe dónde. Recuerdo que unas de las cosas que más me gustó de Métamorphoses fue precisamente su tratamiento de la desnudez.

No sé vosotros, pero yo paso gran parte de mi tiempo desnuda. Siempre que puedo me baño desnuda, en casa siempre estoy desnuda, cuando cocino, cuando hago el amor, cuando me ducho, cuando duermo. Me desnudo en las fiestas, si se me han ido las cosas de la cabeza, y admiro la desnudez de aquellos que me rodean no como algo erótico sino como algo puro y real. Algo dulce y sin complejos, algo que se agradece en esta vida llena de pudores. Yo, que me siento atrapada (culpablemente atrapada) en esta obligación social de pretender ser más desnudez de anuncio de Calvin Klein que desnudez con arrugas, con grasa, estrías, celulitis, pelos, respiro aliviada al ver una película como Métamorphoses en los que veo cuerpos que la gente suele llamar reales. (Como si un cuerpo pudiera ser irreal, como si un cuerpo pudiera ser un espíritu, un fantasma). Cuerpos gordos, flacos, desproporcionados, peludos, cuerpos muy adolescentes, a medio formar, cuerpos masculinos y femeninos a partes iguales, desnudeces que muestran este cambio, esta metamorfosis, en ese camino, a medio hacer. Cuerpos que no saben acariciarse, torpes, inadecuados, incómodos. Cuerpos que encuentran su espacio en el mundo, su propio placer y el placer de esos otros cuerpos que buscan el placer del tuyo propio.


Sils Maria (Olivier Assayas, 2014)

Odio haber perdido la costumbre de venir aquí corriendo a escribir tras ver las películas, porque aún hoy, casi un mes después de haberla vista, me invade esa terrible emoción que sentí al salir del cine tras ver Sils Maria. Ese escalofrío de estar ante algo que te remueve tanto por dentro. Algo poderoso, certero. Sils Maria está dotada con el alma más primitiva del cine, pues es dolor, amor, traición, pánico, serenidad, angustia. Es todo aquello que nosotros, seres humanos partícipides de la vida, sentimos día a día.

Para mí Sils Maria es la mezcla perfecta entre Persona y El crepúsculo de los dioses. Ahí es nada. De Persona lo tiene todo: tiene esa crisis de identidad, vital, que enfrenta al personaje de Juliette Binoche contra sí misma, y contra eso que la rodea, llamado lo contemporáneo. O más concretamente la juventud, rabiosa juventud. Puta juventud. Competitiva, hipócritca juventud, especie de serpiente sinuosa que se cuela en tu cama en silencio, y que te devora una vez te descuides. Se apropia de lo poco que quedaba de ti, engulliéndote sin piedad. Ni siquiera piensa tomarse la molestia de masticar, es una arrogancia que se puede permitir. Maloja Snake.

Y hablando de El crepúsculo de los dioses, pienso en la crueldad de hacer que una actriz que interpretó un rol a los 18 años con otra mujer madura que poco tiempo después se suicidó, tenga que meterse en la piel de esa mujer madura. Ese admitir la derrota al paso del tiempo. Esa mujer que Maria Enders odia con todas sus fuerzas, la pobre víctima que se deja seducir por la joven garza. Y es que nadie quiere ser la víctima, la vieja, la menos atractiva, la tonta, la ridícula, la vencida, y por encima de todas las cosas, la débil, la manipulable, el juguete. Todas queremos ser la femme fatale, con la fatalidad y la belleza que este papel conlleva. Una vez que eres capaz de encarnar esas dos virtudes, no debe de ser fácil dejarlas escapar.

Si bien Sils Maria es una belleza constante, de esas que son todo menos hermosas, sino dolorosas, crueles, sutiles, retorcidas, Sils Maria es perfecta por su final, el compendio de la naturaleza humana, la mecánica de la vida, resumida en una sola escena. Maria acercándose a la joven que hace de ella a los 18 años, y pidiéndole que se replantee su manera de interpretar la última escena, diciéndole: Te vas sin ni siquiera mirarme, como si no existiera. La joven le responde: ¿Y? Maria Enders intenta explicarle que mirándola le dará más emoción a la escena, que cobrará más significado, a lo que la joven responde: Ella ya la ha visto suficiente. Ahora quiere pasar a otra cosa. Se ha cansado de mirarte. Maria Enders implora, mírame un poco más. No te canses todavía de mirarme, por favor. Mírame un poco más. No hagas que deje de existir.


8 de septiembre de 2014

Neighbors (Nicholas Stoller, 2014) / Wish I Was Here (Zach Braff, 2014)

Vi dos comedias este mes: Wish I Was Here y Neighbors.

La primera es obra de Zach Braff. Zach Braff que hizo Garden State que me pareció, siendo adolescente, una maravilla. Esa fotografía tan poco vista en aquella época, esos personajes que tiempo después acabaron hartándonos. Esa forma de contar las cosas tan única por aquel entonces. Natalie Portman, de quien nunca nos cansaremos. Todo esto me deja contrariada porque Wish I was here tiene muchísimos puntos idénticos con Garden State, y sin embargo la aborrecí.

La pregunta es: ¿si volviera a ver Garden State hoy la aborrecería? La eterna pregunta: ¿cambié yo o cambió el cine? Lo que antes me parecía entrañable en su cine, ahora me parece cursi hasta la náusea. Lo que antes me parecía efectivo ahora me parece barato, tramposo. Lo que antes me parecía nuevo ahora huele a rancio. El mundo avanza y supongo que tú no te puedes quedar quieto. No puedes estar ahí para siempre, diciendo pero este soy yo, yo soy así.

Pienso en ello ultimamente porque tengo pavor a que la vida no sea lineal sino circular. Supongo que Zach Braff es circular, solo sabe hacer esto, y volver a hacerlo, y volver hacerlo. Pero nosotros, espectadores, ya no somos los mismos. Ya no nos engañas, Zach. Hemos visto mundo. Hemos crecido. Y sabemos que no eres único ni especial.



La otra comedia que vi, sin embargo, tenía pinta de ser un vacia-cabezas. Me guiaron los actores, y alguna cosilla interesante del director. Aunque me frenaba la campaña de marketing y Zac Efron. Nada más lejos de la realidad. Neigbors me hizo reír y me hizo pensar.

Es una carta de amor y odio a la adolescencia y a la madurez, por partes iguales. Supongo que tenemos que situarnos en el punto de vista de los treintañeros (ay, dolor), a los que le gustaría seguir siendo jóvenes pero no pueden. Ya no. Hay bebés, trabajo, responsabilidad. Esas mierdas. Desgraciadamente me sentí más identificada con los paletos de 18 años, perdidos, desorientados, solo pensando en beber, drogarse y follar que con esa pareja (graciosísima, sí) que ama a su bebé y se ama entre ella, llena de deseos de estabilidad. Me perturba todo esto de tener que adaptarse a la edad y a las circunstancias y no al deseo de nuestro propio cuerpo y nuestra mente. Darle lo que pida hasta que se canse de tenerlo.