30 de mayo de 2011

The L Word (Ilene Chaiken, Michele Abbott, Kathy Greenberg, 2004-2009)

Hace un mes y cinco días que empecé 'The L Word' y hoy he acabado con ella. Seis temporadas. Realmente las series son algo adictivo, mucha gente me recomienda muchas joyas como 'The Wire' o 'Los Soprano' y sólo pensarlo me da una pereza tremenda. Desde que acabé 'Six Feet Under', no sé si tengo ganas de ver todas esas obras maestras hechas series. Para qué. Las buenas series te roban la vida, se convierten en vitales y te hacen adicto y luego se acaban y te quedas sola en la más absoluta nada. Podríamos iniciar un eterno debate entre qué es una buena serie y una mala serie, pero a día de hoy me parece casi imposible definirlo. Es algo más intuitivo, algo que se sabe. Sé que 'The L Word' no es una buena serie, si nos ponemos cinéfilos. Sin embargo desde que Laura me habló de ella y me enganché irremediablemente, no fui capaz de abandonarla ni un solo día.

Me he preguntado muchas veces si puedes ver 'The L Word' sin ser una mujer que ama a las mujeres. La gente me dice que sí, que conocen a muchas chicas heterosexuales que han disfrutado de ella. Yo creo que no podría tragarme, por ejemplo, una serie sobre todos los ires y venires de las zorras superficiales de 'Sexo en Nueva York' porque no pertenezco a la clase alta neoyorkina y sé que no me sentiría identificada en ninguna de sus facetas. Y esto puede ser una chorrada, porque no me perdería ni un solo capítulo de 'Mad Men' y os aseguro que tengo tan poco en común con Don Draper como con Carrie Fisher. Conclusión profunda y meditada: todo es subjetivo menos 'Six Feet Under', que es objetivamente el mayor objeto artístico desde que el audiovisual fue inventado.

Para mí, el encanto de 'The L Word' reside principalmente en que satisface mi curiosidad. Siempre me había preguntado, por ejemplo, dónde está el interés de una "chica masculina", y siempre sostuve que nunca me gustaría una chica masculina porque para eso me gustaría un hombre. Hasta que conocí a Shane. Primer mito derribado. En realidad creo que es eso. 'The L Word' derriba muchos mitos, y es precioso y utópico pensar que la ciudad/provincia/país en el que vivimos se siente tan cómodo respecto al tema. Ojalá todo fuera tan natural como en ese pequeño universo creado que dicen que existe en alguna parte. No lo es, pero para eso está ese maravilloso invento llamado ficción (gracias ficción).

'The L Word' tiene muchas más cosas geniales. Es divertida, tiene personajes absolutamente maravillosos y tiene una cantidad escandalosa de sexo.
Y sí, vale, el final es una mierda, pese a ese intento de homenaje a billywilderiano con la muerte de Jenny Shecter en la piscina iniciando la 6º temporada y ese personaje llamado Sunset Boulevard.

A continuación, mis personajes más amados, por orden de amor:

1. Alice Pieszecki. Nadie me hace reír como ella. Es graciosa sin quererlo, y nunca ha hecho nada tremendamente terrible pero por otro lado está un poco loca. Su amada se murió y desde ahí me inspiró máxima ternura. Es atrevida y descarada y valiente. Dice constantemente 'oh my god' con voz de dibujo animado. Cuando Dana la dejó se convirtió en la persona más humor. Es fea pero atractiva, como las mejores mujeres.

Photobucket


2. Shane McCutcheon. Sé que muchas la aman, a mí al principio me costó y pasó de parecerme una desnutrida varonil a una mujer increíblemente irresistible. Su voz es arte, cuando adopta a su hermano pequeño es la más riquiña y adorable del mundo, es legal pero promiscua y libidinosa, y le tiene pavor al compromiso. Cada vez que Shane entra en una habitación, una chica sale llorando. Qué class.

Photobucket


3. Bette Porter. Cuando Lucía me dijo que era su amor platónico no lo podía entender porque me parecía demasiado alta y siempre tenía ojeras, pero poco a poco la fui amando. ¡Esa mujer es la clase en persona! Nadie tiene tanto carisma como ella. Qué elegancia, qué saber estar.

Photobucket


4. Dana Fairbanks. Lloré muchas veces (dos) cuando murió. Era tan mona.

Photobucket


5. Helena Peabody. Nunca olvidaré cuando apareció con esos pantalones vaqueros, la melena rizada al viento, esa camiseta verde y ese bronceado. Al principio es una víbora pero luego se vuelve puro amor.

Photobucket


6. Kit Porter. Tiene flow.

Photobucket


7. Carmen de la Pica Morales. Carisma poco, pero está mamita.

Photobucket


8. Jenny Schecter. Lo de Jenny es un caso. Cuando el otro día hablábamos de "quién éramos cada una", Joy y Andrea estuvieron de acuerdo al unísono que yo era Jenny. Y Jenny fue la primera a la que más amé, principalmente porque era Mia Kirshner, cómo la quiero. Esa chica perdida y torturada que descubre ese mundo de sexo lésbico desenfrenado y deja al Ken de su novio y Marina le rompe el corazón y escribe estas historias tétricas y retorcidas. Ahí la amaba. Pero luego. Ay, Jenny. Se convierte en el ser más despreciable del universo, caprichosa, estúpida, infantil, prepotente, engreída, manipuladora, imbécil, cruel. ¡Todos quieren la cabeza de Jenny Shecter! Aún así, su muerte la ha redimido.

Photobucket


Mi madre, que la pobre ha tenido muy mala suerte con los hombres, siempre me dice que ojalá fuera lesbiana, que las mujeres no somos tan malas, que no nos hacemos daño. Creo que todas las personas que pensaran así deberían ver 'The L Word' y llegar a la conclusión de que la decisión más sabia es la asexualidad.

Tous les soleils (Philippe Claudel, 2011)

'Tous les soleils' es una película que ni siquiera se merece ser mencionada. Pero me queda una semana en Francia y quiero ir al cine. A ese cine tan precioso de los cinéfilos de Mayo del 68, donde siempre hay algo que ir a ver. Lo voy a echar tanto de menos. Ir al cine por ir al cine, no por las películas. Delante nuestra está sentado un señor, solo. Gracias a que 'Tous les soleils' es una mierda y estoy completamente ausente, me fijo en cómo la luz proyectada en su cara ilumina una lágrima. Nos preguntamos de dónde sale, por qué llora ese señor, y si acaso lo hace por lo mala que es la película. Yo lo haría. Salgo contenta, al menos, porque la he entendido toda de oído y me siento muy orgullosa de haber llegado sin saber nada y marcharme pudiendo ver películas en francés sin subtítulos. No habrá quien me gane a snob.

26 de mayo de 2011

La solitudine dei numeri primi (Saverio Costanzo, 2010)

La soledad no es ninguna enfermedad.

Photobucket

37.2 le matin ( Jean-Jacques Beineix, 1986)

Qué loca estás, Betty Blue. Que tiras la casa por la ventana hasta dejarla vacía, que le prendes fuego y huyes sin tener a dónde. Que le arañas la cara a los hombres, y la espalda. Que gritas sin control, te cortas las manos con los espejos rotos. Qué loca estás que te refugias en el sexo y te ahogas en tus propios gemidos. Que te maquillas la cara como un payaso, no utilizas ropa interior y tus vestidos no te esconden de nadie. Que a veces eres calma, pero durante tan poco tiempo. Qué loca estás en tu consciencia de perder la cabeza. Que paras el tráfico, no te interesan las leyes ni las normas, que no temes morir. Que te arrancas un ojo de la cara y dejas la casa sucia de sangre. Pero qué loca estás, Betty Blue.

Photobucket

Photobucket

Photobucket

Photobucket

Photobucket



(Y el cielo y el mar entre sus ojos te hacían sentir que estabas vivo. Déjense querer por una loca, es único).

25 de mayo de 2011

Blue Valentine (Derek Cianfrance, 2010)

Las películas de amor ya no me convencen. Películas como ésta, cortadas por el mismo patrón: pareja adorable, se conocen y hacen cosas muy entrañables juntos pero luego el amor se va deteriorando y se convierten en algo triste y patético et voilà, c'est fini. Eso es todo, nada nuevo bajo el sol. Yo creo que después de 'Eternal Sunshine of the Spotless Mind' deberían dejar de hacerse películas de amor. Para qué más.

A pesar de todo, esta canción es muy bonica y me hace pensar en 'Once'.

21 de mayo de 2011

The Tree of Life (Terrence Malick, 2011)

'The Tree of Life' me ha dejado un poco confusa. Leo una crítica que dice: "¿Obra maestra o gran fraude? Probablemente, las dos cosas." Y sí, por momentos la belleza de todos y cada uno de los planos es tan extrema e insoportablemente desmesurada, que el argumento parece una excusa reducida a una línea de guión, y el resto es placer simple y puramente audiovisual. Como sentarse durante horas a observar imágenes absolutamente perfectas e hipnóticas. Es genial, pero, ¿me conduce a alguna parte la belleza si es vacía?
Los 25 minutos de imágenes de peces, dinosaurios, nubes, cielo, fuego, luces, colores, que tanto me han recordado a la odisea en el espacio llevada a cabo por Kubrick, han hecho que más de una persona abandonara la sala, no dispuesta a aguantar las dos horas y media de National Geographic. Andrea y Joy reían durante estas imágenes. Alba, sentada en otra fila, empezaría a llorar minutos más tarde. Ahí el fraude y ahí la obra maestra.

Luego sientes que no, que no es vacía en absoluto, que Terrence Malick está jugando a ser Dios y durante muchos momentos de la película lo consigue con creces. Que está intentando filmar La Vida, nada más y nada menos, desde que nace hasta que muere. Y crees estar ante la obra absoluta, la más perfecta enciclopedia del ser, y te fatigas, y creces, cumples años ante la película, y quieres cerrar los ojos a medida que la vida no se acaba, pero simplemente no puedes hacerlo porque estás atrapado por la belleza tan profunda y táctil de estar en el mundo.

19 de mayo de 2011

Kokuhaku (Confessions) (Tetsuya Nakashima, 2010)

'Confessions' es una película bella y violenta a partes iguales. Parecen dos cosas difíciles de conciliar, pero de algún modo la sangre puede ser filmada de un modo tan poético que asusta.
Existen dos tipos de violencia: la violencia divertida (Tarantino etc.) y la violencia reflexiva, aquella que se toma en serio.
'Confessions' se toma su tiempo narrativo para reflexionar sobre todo este dolor, qué significa asesinar o golpear o simplemente ser cruel, se recrea en la venganza y la disfruta desmenuzándola hasta el extremo. Consecuentemente todos disfrutamos de ella. Ya lo decía mi madre: a los niños hay que matarlos de pequeños.

Photobucket

Photobucket

Photobucket

17 de mayo de 2011

Un divan à New York (Chantal Akerman, 1996)

Chantal Akerman escribió una vez:

"He estado y he escrito. Sin comprender demasiado. Una mirada de paso, maravillada por el verano, pasando por Alemania del Este, después Polonia. Por el camino, a paso ligero, Tarnow, de donde viene mi madre. Ni visto, ni mirado.
En la frontera, el verano se apaga para dejar paso al otoño. Un otoño sordo y blanco, recubierto por una masa de niebla. En el campo, hombre y mujeres casi acostados sobre la tierra negra de Ucrania, confundiéndose con ella, recogen remolachas. (...)
Y el invierno blanco. Y el cielo inmenso y algunas siluetas que caminan hacia Moscú donde confluirá la película. Que dejará sin duda percibir algo de este mundo desorientado, con esta impresión de posguerra en el que cada día vivido parece una victoria...
Poco a poco nos damos cuenta de que siempre se muestra lo mismo, un poco como la escena primaria.
Y la escena primaria para mí, debo rendirme a la evidencia es, a lo lejos o bien cerca, viejas imágenes apenas recubiertas por otras más luminosas e incluso radiantes.
Viejas imágenes de evacuaciones, de caminatas en la nieve con paquetes, hacia un lugar desconocido, de rostros y cuerpos colocados uno al lado de otro, de rostros que vacilan entre la vida fuerte y la posibilidad de una muerte que vendrá a golpearlos sin que hayan pedido nada. Y siempre es así.

Ayer, hoy y mañana, ha habido, habrá y hay en este momento gentes a los que la historia, ya sin H, viene a golpear y que esperan allí, aparcados en montones, a ser asesinados, golpeados o muertos de hambre, o que caminan sin saber a dónde van, en grupo o aislados. No hay nada que hacer, es obsesivo y me obsesiona. A pesar del violonchelo, a pesar del cine.
Terminada la película me digo: era pues eso. Era, una vez más, eso."

A veces siento que hay una desconexión enorme entre el director y su obra. Me pasaba con Luis Aller, mi profesor de cine en Barcelona y la persona que más sabía de cine que jamás haya conocido. Y sin embargo, él no era capaz de hacer la obra perfecta, con todo lo que sabía sobre las perfecciones de los demás. Hizo 'Barcelona, lament', y me costó horrores terminar de verla. Me pasa con Truffaut. Sabía tanto, tanto de cine, y sobre todo escribía tan bien sobre él, que luego había un desajuste con sus películas. ¿Por qué no son buenas? me preguntaba cada vez que veía alguna y resultaba ser descafeinada, insulsa, mediocre. A esos les exiges lo mejor.
A Chantal Akerman no le pasa eso exactamente, porque tiene películas increíbles, pero a años luz de esta tópica y vacía comedia romántica sin razón de ser. En cuanto a forma de filmar, temática, ligereza. Entonces me pregunto, ¿por qué? ¿por qué, POR QUÉ?

Photobucket

Photobucket

Photobucket

Photobucket

El día de la bestia (Álex de la Iglesia, 1995)

Creo que era la única persona sobre la faz de la tierra que todavía no había visto 'El día de la bestia'. Es uno de esos clásicos del cine español que a todo el mundo encanta, porque mezcla al diablo con el heavy, que admito que es una combinación estupenda, pero la presencia de Santiago Segura ya me da tanta urticaria, que me cuesta horrores ver más allá. ¡Lo siento en el alma! Una vez vi a Santiago Segura por la calle en Barcelona, y estaba muy flaco y llevaba una chica hermosa del brazo.

El caso es que me descargué 'El día de la bestia' para ilustrar el texto sobre las azoteas que publicaron hace poquito en Détour. ¡Deberíais leerlo! :D

13 de mayo de 2011

John Carpenter's Christine (John Carpenter, 1983)

Ayer a la noche vimos 'Christine', la película de John Carpenter sobre un hermoso coche rojo, elegante y sediento de sangre que, poseído por el diablo, asesina a todo aquel que se le pone por delante. Y la fuimos a un drive-in: pantalla gigante al aire libre, los espectadores dentro de sus coches pitando entusiasmados y encendiendo las luces a la mínima ocasión.
Me he reído mucho con 'Christine' y he querido mucho (muchísimo) a ese coche tan retro, bonito, brillante y tan hábil en el noble arte de matar. Además me ha encantado todo el rollo fetichista del protagonista enamorado locamente de su Christine, y cómo ésta le correspondía a sus cariños encendiendo su radio y poniéndole canciones románticas. Además Christine no sólo es guapa, sino que también es una celosona y es tenaz y tiene mucha capacidad de superación. Adoro a ese coche.

Photobucket


No sólo es genial tener la oportunidad de ver una película así en esas circunstancias, sino que además nos han regalado palomitas de colores, chouchous y té de melocotón. ¡Maravilla!

11 de mayo de 2011

Midnight in Paris (Woody Allen, 2011)

Ir al cine a ver la última película de Woody Allen el día del estreno es algo que nunca quiero ni puedo evitar. Todo el mundo habla sin parar de las películas de Woody Allen en cuanto salen, y es entonces que siento ese miedo de que alguien me diga algo que no quiero oír, de leer su sinopsis, de ver un maldito trailer. No quiero, no quiero, no quiero. Así que corro nerviosa y quiero ser la primera de la fila para escoger los mejores asientos de toda la sala. La mayor parte del tiempo y cuando del cine se trata, soy como una niña pequeña en el peor de los sentidos. Caprichosa, acaparadora, altiva, excitada.

Nunca pude presumir de ser una de esas "cinéfilas de toda la vida", que crecen con las películas de John Ford en vez de ver Xabarín Club. 'Ace Ventura: Operación África' fue probablemente una de las bases de mi vida. Mis películas de la infancia fueron pueriles y estúpidas, pero ah, Woody Allen, tú siempre estuviste ahí. Mi madre tenía 'Annie Hall' y 'Manhattan' y yo las veía todas las semanas. De hecho, es Woody Allen el único gusto cinematográfico que tenemos en común. Pienso en el corto de Enrique Lojo, con el personaje principal en modo snobismo extremo diciéndole a su novia: "a tu madre le gusta Woody Allen, ¿no? Cómo innova tu madre, ¿eh?. Superoriginal tu madre, ¿eh? Supercool".
Es verdad, todo el mundo adora a Woody Allen y parece que eso es un defecto y que le resta valía. Pero si es un genio. Siempre lo fue. Lo que pasa es que el pobre siempre tuvo un público un poco tonto, que se ríe escandalosamente y por inercia porque siempre cree estar ante una comedia y teme que los demás piensen que no tiene la inteligencia necesaria para comprender sus chistes, y aplaude (oh Dios, de verdad) cuando ve a Carla Bruni aparecer en la pantalla (tres minutos de metraje, para los emocionados ante la idea). Queridos tontos: todos adoramos a Woody Allen porque habla de lo más profundo de nosotros, sin temer señalar nuestra estupidez, nuestros talones de Aquiles, debilidades, defectos, entrañas, recovecos. Porque él sabe entrar en ti y luego tú no sabes hacerle salir.

Es innegable que sus obsesiones son perpetuas y recurrentes, y eso lo sabes en cuanto entras a ver 'Midnight in Paris' y reconoces esa tipografía en los créditos, esas letras blancas sobre fondo negro, su música, y las primeras imágenes, tan perfectas, rotundas y evocadoras, que en unos minutos te hablan de todos los Parises posibles.
La premisa de 'Midnight in Paris' podría ser un chiste contado en un bar. Un buen gag. Sin embargo, creo que sólo él podría darle tanta forma y tanta profundidad a una idea así. Y hacerme (son)reír sin parar, y hacer que la película escupa, rebose encanto por todos los extremos. La medianoche en París es algo totalmente onírico, sabes que todo puede pasar, no necesitas ningún pacto genérico con el espectador, sabes que el surrealismo y la magia puebla cada esquina y no necesitas ninguna explicación. De hecho no necesitas nada más que conservar la capacidad de soñar y dejarte arrastrar de la mano, a donde sea, en un coche años 20, y bailar hasta el amanecer, toda la noche por delante. Y lo que pasa en París, se queda en París.

A mí tampoco me gusta este presente, Woody. Tampoco me gusta el hoy y amo desmesuradamente el ayer. Pero el hoy me parece un poco menos amargo si existes tú, pequeño Hemingway, ingenuo Buñuel, tú, Picasso, Fitzgerald, tú, tú, eres nuestro. Nos perteneces y le das valor a nuestra contemporaneidad. Tú eres nuestro arte. Tú que filmas todos los Parises posibles que habitan en ti y en nosotros. En todas sus formas, sus aires, sus noches, sus calles, sus gritos. Todas las lluvias de París. Y piensas, qué bien Woody, gracias por seguir dándome cine, por hacerme asistir a ti cada año y ver cómo sigues presente, tartamudeando, temiendo a la muerte, y odiando todo lo que odias, y amando todo lo que amas.