17 de junio de 2013

Le prénom (Alexandre de La Patellière, Mathieu Delaporte, 2012)

Formas en las que Le prénom me podría haber gustado muchísimo más:

1) Si le quitaran los 30 minutos que le sobran.
2) Si le quitaran los momentos tipo "secretos de familia".
3) Si toda la película se centrara en la controversia (y el humor) de llamar a tu hijo como Hitler.
4) Si hubiera sido (muchísimo) más políticamente incorrecta.
5) Si además, hubiera estado dirigida por Bergman, Woody Allen y Polanski. Risas aseguradas.



13 de junio de 2013

The Call (Brad Anderson, 2013)

The Call cuenta con todas las virtudes de las películas de Antena 3 de sobremesa: una protagonista negra, ingredientes de adicción y enganchamiento elevados a la máxima potencia, y una trama que aún a pesar de su predecibilidad, te hace sufrir y gritar a la pantalla en cada giro o contratiempo que el protagonista sufre. Pero tiene un pequeño detalle que la convierte en cine y no en telebasura: carecer de moral.

Me gusta mucho cuando las películas no se sienten en la obligación de dar explicaciones morales. De entregar al malo a la policía para hacer lo correcto, policía que por cierto, ha sido incompetente hasta el extremo durante todo el metraje. Me atrevería a decir que The Call es incluso feminista para ser tan americana. La víctima y la heroína son dos mujeres, y mientras un despliegue de veinte policías machos se lanza a la búsqueda del secuestrador, todos hormonados y protectores, es la operadora del 911 la que la encuentra ella solita y la salva, sin la ayuda de absolutamente nadie. Es por eso que estas dos protagonistas se merecen ese final. Se merecen encontrarse con ese hijo de puta cara a cara y quedárselo para ellas. Personalmente habría llegado más lejos. Le habría torturado poquito a poco y habría disfrutado, mucho, con ello.



11 de junio de 2013

The Bling Ring (Sofia Coppola, 2013)

Una vez tenía yo 16 años y Sofia Coppola hizo una película que se llamaba Lost in Translation que me volvió muy loca de amor. Me pasé días viéndola en bucle, como una enferma de la soledad y la belleza que desprendía en cada uno de sus silencios o de sus suavidades. Llevada por esta película sobre el no saber por qué estás donde estás pero no tener la valentía para cambiarlo, aterricé sobre Las vírgenes suicidas y qué adolescente se resistiría a este pequeño regalo de desesperación y sensualidad. Luego, pasó algo terrible. El talento y la imaginación de Sofia Coppola fue abducido por una especie de ente interespacial. Y con lo poco que quedaba dentro de su cabeza, hizo María Antonieta, una de las películas más cursis y empalagosas que he visto en mi vida. Y luego, hizo un despropósito llamado Somewhere. Y yo que soy buena persona, que confio en la gente hasta el final como esas cobayas que se electrocutan y vuelven y se electrocutan y vuelven, esperaba con ligeras ansias The Bling Ring. Y esta no produjo en mí un simple accidente eléctrico. Fue una explosión nuclear en mi corazón, que creo ya irrecuperable. Nunca máis, Sofia.

The Bling Ring tiene un problema, y este problema no es que sea vacía, estúpida, superficial, escasa, redundante en cada una de sus escenas (si es que no es solamente una escena: chicas sacándose fotos en los bares con las joyas de Paris Hilton),  llena de personajes insoportables frente a los que no se produce más acercamiento que el que haría Belén Esteban si tuviera que hablar sobre la posmodernidad. The Bling Ring sufre el Síndrome La Red Social. El Síndrome del Todo Vale. Un síndrome muy peligroso que consiste en que como esta generación está gravemente caracterizada por la vacuidad y el desencanto y el nihilismo más extremo, toda obra que hable sobre la susodicha ha de ser igual de vacía, desencantada y nihilista por no decir estúpida. Ahora meto un plano secuencia a 20 km de distancia de la escena y ahora me meto con las chicas en el armario de Paris Hilton y las líneas de diálogo que les doy son: Cool. Yeah. Love it. Bitch.

En otras palabras, lo que hace Sofia Coppola para hablar de la estupidez humana es volverse más estúpida aún, si cabe. Retratar este vacío cerebral desde el más vacío cerebral absoluto. Lamentablemente para Sofia, si el espectador no es estúpido a este nivel que roza lo infrahumano, nadie repetirá frases como "es una película intrigante, intuitiva y entretenida" sino Sofia, basta ya.


10 de junio de 2013

El sexe dels àngels (El sexo de los ángeles) (Xavier Villaverde, 2011)

A veces vas a al cine ver una película pensando que va a ser tan basura que luego parece mucho mejor aunque solo sea por comparación con la imagen que tenías en tu cabeza. Aún así, sigue siendo un cuento para hacer dormir a las monjas al lado de The Dreamers, probablemente una de las mejores películas del universo entero por expandir.



3 de junio de 2013

La Grande Bellezza (Paolo Sorrentino, 2013)

La grande bellezza es lo que le hubiera pasado a Marcello Mastroianni si hubiera llegado a cumplir 65 años. Ese hombre que al cumplirlos descubre una lección vital: que nunca deberíamos perder el tiempo haciendo cosas que no tenemos ganas de hacer, y que quiere no solo participar en las fiestas, también quiere tener el poder de aurrinarlas.

Me pregunto, si Fellini estuviera vivo, ¿no habría hecho una película practicamente idéntica? Sí y no. La grande bellezza tiene el esqueleto Fellini. Tiene al escritor de un solo libro que mira hacia atrás en su vida. Las calles y las fuentes y las noches de Roma. A las mujeres de enormes pechos. Las fiestas surrealistas y desatadas. Las decisiones que toman los personajes. La religión. Pero el alma, el alma es toda de Paolo Sorrentino. Lo es porque la he visto antes con otra forma, en Le conseguenze dell'amore o en Il Divo.

Hay algo especial en cómo este hombre coge la cámara y en cómo silencia lo importante y mete a gritos lo irrelevante. La película empieza con una escena de una fiesta (después de ver The Great Gatsby me he puesto a pensar en la importancia de filmar bien las fiestas). Una escena larguísima en la que solo suena una canción. Rostros independientes, bocas desbocadas. Es como si fuera capaz de filmar la soledad y la libertad a la vez, de un modo histriónico. No pasa nada en esta escena pero es que a veces es necesario filmar la nada para llegar a entender algo, para hacérnoslo sentir. Creo que volvería al cine solamente para ver esa escena una y otra vez, una y otra vez.

La conclusión es una, amigos. Este escritor de un solo libro en sus años de juventud tiene que enfrentarse siempre a la misma pregunta: ¿por qué nunca has vuelto a escribir otro libro? Él nunca sabe responderla, tiene que llegar hasta el final de la película, o el final de la vida que es como decir la muerte pero sin nombrarla, no vaya a ser que venga, para poder entenderlo. La gran belleza. Me he pasado la vida buscándola, pero nunca la he encontrado.
Atentos, porque puede que no comprendáis el verdadero significado de estas palabras con una primera lectura: Me he pasado la vida buscándola, pero nunca la he encontrado.

Yo tengo 26 años. No sé cuántos tendréis vosotros. ¿23 años? ¿26 también? ¿29 años? ¿35? ¿Habéis buscado la gran belleza y la habéis encontrado? ¿Os imagináis qué es rozarla y pensar que nunca jamás la volveréis a ver? ¿Que todo lo que veais, día tras día, por el resto de vuestras vidas, tendrá un brillo tenue y triste y dilatado que no será capaz de aceleraros el corazón como esa gran belleza hizo en su día? ¿Y os imagináis, que en esta búsqueda se os va la vida, poco a poco? ¿Que de repente tenéis 65 años y lo único que iluminó vuestros días fue el recuerdo de esta belleza que estuvo ante vuestros ojos durante unos segundos para nunca volver? ¿Veis el mar en el techo de vuestras habitaciones cuando os tumbáis en la cama?

Jep Gambardella encontró la gran belleza una vez. Una chica preciosa, en la playa, que le dijo: "Te voy a enseñar una cosa". Y dulcemente abrió su camisa, botón a botón. Y mientras lo hacía, se alejaba de él marcha atrás, paso a paso. Así es la gran belleza. En el mismo instante en el que la alcanzas, ella ya ha empezado a huir. Da miedo, ¿verdad?


1 de junio de 2013

The Great Gatsby (Baz Luhrmann, 2013)

Recuerdo cuando hace dos años y medio empecé este blog al que le daba unas semanas de vida. Solo tenía una intención: no olvidar las películas. Pasé una (larga) época de mi vida en la que podía ver 4 películas diarias y era precioso y horrible a la vez, puesto que el placer era tan intenso como momentáneo. Como quien se come un helado. Una vez engullido, no queda ni rastro en la boca pues hasta los restos se derriten. Un orgasmo de hora y media. Así que mi idea fue y es escribir sobre cine con el corazón (oh) y nunca con el cerebro. Inyectarlo de un modo directo y sin rodeos. No engañarnos autoconvenciéndome de que sé lo que digo, como suelen hacer los críticos de cine de verdad. Hablando de cosas vacuas como fotografía o diciendo frases como "el libro es mejor que la película." A esta gente me gustaría decirles: dejad de hablar de cine, empezad a sentirlo. Mi trabajo es no olvidar.

El caso es que hoy pensaba en estos motivos que me trajeron aquí porque cada vez más a menudo incumplo una de las reglas que me había autoimpuesto: para escribir con el corazón y no desde un análisis pseudoprofundo, es imprescindible escribir justo después de ver la película, cuando todavía late en la retina. Hace ya más de una semana que fui al cine a ver Gatsby le Magnifique, como le llaman por estas tierras, y supongo que lo más amable que puedo decir es que la he olvidado como quien olvida sacar la basura. Pero recuerdo una cosa.

Recuerdo las fiestas que Gatsby organizaba con la única intención de ver aparecer a Daisy, un día. Pero sobre todo recuerdo una frase que Julio de la Rosa escribió en Diez años foca en un circo:

A este lado estabas tú.
Al otro, el resto del mundo.
Nos alejamos de todos
Y,
Un mal día,
Me preguntaste
Por qué
Nunca
Nos invitaban a sus fiestas.

Pienso en cómo Gatsby pasa las horas al extremo del muelle mirando esa otra orilla que parece alejarse a cada ola. A este lado yo, al otro lado tú, que es como decir el resto del mundo. Pienso en cómo Gatsby se ensordece a base de música y alcohol y bailes y sexo en los que ese resto del mundo participa, menos él. Sé lo que es estar en una fiesta que no te pertenece. Tu fiesta de cumpleaños a la que nunca fuiste invitado. Y en el medio, nadando entre el sudor, todos mienten. Todos brillan y nunca vemos a la chica fea que nunca baila. Vemos a las bien peinadas. A las locas. A las salvajes. A las que no piensan ni se detienen. Y las vemos en 3D y son todavía más falsas. Más sobreactuadas, más de plástico, quebrándose a cada movimiento de cadera. Y se mueven rápido para que no seas capaz de atrapar su impostura, no sea que al final del baile, no haya nada más.