29 de junio de 2011

27 de junio de 2011

Scenes from the Suburbs (Spike Jonze, 2011)

Si Arcade Fire es un grupo perfecto es porque es completamente audiovisual. Es evocador y capaz de llevarte de viaje, capaz de hacer que te conviertas en otra persona durante 3 minutos 12 segundos. Capaz de hacer que te estremezcas de intensidad. Como si nada pudiera sentirse tan claro y certero como todas esas sensaciones o historias que hay tras todas y cada una de sus canciones. Arcade Fire es calor. 'Funeral' fue mi entierro particular que llegó a mí durante juniojulioagosto. No recuerdo qué sentí con la biblia de neón llegada poco antes de una primavera. 'The Suburbs' fue el final del verano y el comienzo de otro país y de otra vida, que sabía que más tarde tendría que acabar. Supongo que Arcade Fire nos dará algún día un otoño. Y un invierno, para matarnos de una vez por todas.

Tumbarte en la cama. Cerrar las persianas. Cerrar los ojos. Meterse en los suburbios. Yo nunca viví en ellos y sí viví en un extrarradio de Houston. Mi calle nunca fue asfalto y hierba sino edificios más altos y buzones colectivos. Sin embargo yo he estado ahí, y son mías todas las bicicletas por la noche y todas las bicicletas mientras los demás duermen la siesta. Y un padre en la cena con las ventanas abiertas. Y son míos los besos en las casas abandonadas y es mía toda la violencia y todo el terror, que como ya sabíamos, empieza en casa. En nuestro suburbio, pequeño núcleo que se extiende y se expande y nunca se extingue.

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'Scenes from the Suburbs' es el conjunto de imágenes con las que todos habíamos soñado mientras escuchábamos el ruido de los suburbios. Que se pueden oler. Sentir su calor. Su fuerza. Todo el tiempo que hemos pasado esperando al tiempo pasar. Las casas y los árboles que saltan desde la ventanilla trasera del coche. Las horas muertas que matan. Corrercorrercorrer. Ir a buscarte a tu casa después de cenar. Los amigos que se cortan el pelo y se pierden para siempre. Que ya no te conocen. Han desaparecido en todas las ciudades del mundo. Y te busco en cada coche que pasa.

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Si aún no lo habéis hecho, lo podéis ver aquí esta noche o mañana.

22 de junio de 2011

21 de junio de 2011

Clueless (Amy Heckerling, 1995)

Sé que pensábais que no decía en serio lo de las películas de teenagers, pero dentro de poco podré hacer una lista sobre por qué son tan maravillosas siendo a la vez tan ridículas. Sin duda uno de sus puntos es: siempre salen personas ahora famosas y viejas en sus días más feos e inexpertos. Estoy segura de que si pudieran, harían desaparecer todas las copias.

Aquí tenemos a Brittany Murphy con 18 años, a la que yo maté personalmente y que fue sexy una vez en 'Sin City' y otra en 'Spun'. Lo siento, Brittany, realmente no era mi intención.

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19 de junio de 2011

La chevelure féminine.

Cuando fui a París, fui a la Cinémathéque Française, y había una exposición que me moría por ver: Brune ou blonde, la chevelure féminine sous les projecteurs. Tuve tan mala suerte que los franceses estaban en huelga por la subida de edad para jubilarse y no me dejaron entrar. Me iba esa misma noche, así que me puse muy triste. Estaba con Alejandro, y nos metimos en el bar de enfrente, que tenía el nombre de un actor, o de una película que no recuerdo. Pensé en volver a París sólo para ver aquella exposición, pero no lo hice.



Alguien me pidió que escribiera sobre alguno de los cortometrajes sobre el cabello femenino visto por seis grandes cineastas. Así que.

Uno de los niños de mis ojos: Reminiscence, de Pablo Trapero. El susurro italiano que se pierde entre la melena, los ojos, las bocas, la saliva. La sensualidad, la mujer. Todas nosotras hemos llevado a la peluquería una vieja foto de una vieja estrella con un cabello que sencillamente hoy no puede existir. Un peinado muerto y caduco, irrealizable en este mes, este año. Un peinado no es una cuestión de moda, es una cuestión de ser. Y algunos seres, no pueden volver a nacer. La melena ondulada y pelirroja de Veronica Lake pertenece a un país, a un cuerpo, a un cierto modo de amar y ser amada, y no puede ser arrebatado por ninguna de nosotras.



Otro que me cautiva: Bette Davis, de Isild Le Besco.
Siento que sus ojos están justo donde quiero que estén, y que ella está escuchando justo lo que yo quiero escuchar. Y oliendo el pelo justo en el ángulo que a mí me gustaría poder oler. El sonido del cepillo atravesando con sus púas por todos los nudos de nuestra cabeza. Cuando éramos niñas, siempre había otra niña que nos peinaba, que metía los dedos entre nuestro pelo, que los acariciaba. Casi ninguna mujer está satisfecha con su pelo: lo tenemos liso, lo queremos rizado. Somos rubias queriendo ser morenas. Y nuestro flequillo es imposible, pero el de Ella siempre está perfecto. Luego crecemos y somos una mujer deshaciéndole la trenza a otra.



Les cheveux noirs, de Nobuhiro Suwa. Una vez y por amor firmé un papel en el que prometía que nunca más me cortaría el pelo y que lo dejaría muy muy largo. Lo tenía corto, y aguanté 3 años sin cortarme ni siquiera las puntas. A él le gustaba el pelo largo. Creo que a casi todos los él les gusta el pelo largo. Debe ser algo inconfensable, oculto y totalmente antropológico e involuntario, pero que las mujeres nos atreviéramos a cortarnos el pelo fue en su momento lo mismo que nos atreviéramos a llevar pantalones. La melena es la feminidad por excelencia y hay incontables fetiches inolvidables alrededor de ella. Siempre recuerdo la cara de un chico cuando su novia le llamó por teléfono para decirle que se había cortado el pelo. Su boca se puso seria, parecía que el aire no le llegaba bien a los pulmones. Más de una vez nos hemos encerrado en el baño con unas tijeras sólo por despecho o venganza. Cuando alguien nos deja: ¿ah sí? pues voy a cortarme el pelo, te vas a enterar. A veces tengo pesadillas con que alguien me corta el pelo. Pienso que sólo las chicas bonitas pueden llevar el pelo corto. Una vez que conoces la melena, que sabes lo que es despertarte alborotada, que te haga cosquillas en los hombros, hay que ser fuerte para querer abandonarla. Ya lo decía Wild Honey oh, Isabella, don’t cut your hair. let it grow out, see your sisters. let it grow out just like them.



Y por último: No, de Abbas Kiarostami. Increíblemente perfecto. Volvamos a las niñas. Que somos coquetas por definición y que queremos que nuestro pelo sea bonito y brillante y odiamos todos los champús que pican en los ojos. Recuerdo a mi madre peinándomelo después de la ducha, y yo llorando y gritando porque me tiraba. Para una niña que le corten el pelo es una pesadilla tan grande como que tu madre te tire tu vestido favorito porque según ella está viejo. No es simplemente algo nuestro, es lo que somos. Sabemos que crecerá, pero sólo queremos llorar y desde luego, no tener que esperar. No tener que esperar a nada, a tener edad para maquillarnos, para tener novio, para salir de fiesta, para ser como nuestra madre. Queríamos ser mayores, y ahora queremos ser niñas. Es el amor a lo que fuimos y ya no somos, a lo entrañable y lo nostálgico de todos esos sentimientos que expresa con insultante naturalidad esa preciosa niña de cuatro años de pelo fino y rubio, que es, además, todas las niñas del mundo, con el pelo más corto, más largo, más rubio, más rizado, más despeinado, todas las niñas que, por encima de todas las cosas, no quieren que el mundo las cambie.



Algunas mujeres sólo son bonitas porque tienen un pelo bonito, como Charlotte Gainsbourg. Se dice -no lo sé- que todas las actrices utilizan pelucas en las películas, porque el calor y la luz de los focos dañan irremediablemente la queratina. Algunas se lo han rapado para cambiar de vida, otras lo pierden en el intento. El cabello femenino que ondea al viento frente a una playa, dividiéndose en finos cabellos, que se mete en los ojos y en la boca de las chicas, que a veces es cortado, roto, que cambia de color según el sol y las nubes, o el cabello femenino, objeto de pudor y mal visto por algunos dioses y sus súbditos, que ha de ser escondido. El cabello femenino, que teme y se ensucia ante la lluvia o al salir del mar, seco y lleno de sal, como una medusa. El cabello femenino que nos hace niñas y nos hace mujeres. La única de nuestras certezas.

Anchorman: The Legend of Ron Burgundy (Adam McKay, 2004)

Si sólo pudiera elegir un adjetivo para definirme (y que es también el que más veces me han llamado), sería exagerada. Soy la persona más exagerada del mundo, no lo puedo evitar. Y consecuentemente, me suelen gustar las cosas exageradas, las películas exageradas. 'Anchorman: The Legend of Ron Burgundy' lo es, traspasa esos límites de la comedia ligerilla que se limita a los chistes lights, y se pasa a los gags físicos extremos, que no atienden a la lógica, ¡un poco Monty Python si me lo permiten! Que adopte esta forma no deja de ser curioso cuando se supone basada en hechos reales, diferentes nombres y lugares, pero hechos reales. Se pierde el lado crítico y reivindicativo que podría tener, pero se gana en un grado medio-alto de carcajadas. Dependiendo de su tipo de humor.

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I'm Still Here: The Lost Year of Joaquin Phoenix (Casey Affleck, 2010)

Ya el concepto de "falso documental" me parece maravilloso. Me parece necesario que, habiendo tanta gente que todavía a día de hoy crea que los documentales son realidad filmada, objetiva, cruda, nazca un concepto tan aparentemente contradictorio en su significado. Aunque más bien sea redundante, porque todos los documentales son falsos, en el sentido de que son ficción. Falso en el sentido de traicionar a la realidad, en no ser fieles a ella. Entonces descubrimos que eso de "falso" no viene por su naturaleza narrativa, sino por la formal. La forma de filmar es siempre falsamente descuidada, falsamente torpe, como suelen serlo los documentales por aquello que intentan hacerte creer de perseguir la realidad sin planificarla. Al igual que los documentales, también suelen alternar imágenes de archivo, falsamente realizadas. Y el montaje también está falsamente calculado, haciendo cortes inoportunos, escenas inacabadas, caóticas.

Los primeros falsos documentales se hacían muchas veces para la comedia, al menos los que yo he visto. Tenemos por ejemplo 'Zelig', 'This is Spinal Tap' o 'Take the money and run', donde la imitación de las formas clásicas del documental (el primerísimo de los géneros) es paródica y hace reír. Los hay tan serios como maravillosos, como 'Cravan vs. Cravan', 'Aquele Querido Mês de Agosto', o 'My Winnipeg', en donde la forma nos sirve como excusa para bucear en una historia o sensación en los dos últimos casos.

'I'm still here' (no sé si es casualidad la relación que podría guardar con 'I'm not there', el falso documental sobre Bob Dylan, en la que también se exploran los múltiples 'yos' del ser humano) también trata de bucear en algo, en concreto en, cito textualmente, "la libertad, la relación entre los medios de comunicación, sus consumidores, y las propias celebridades". Al margen de que consiga eso o no, éste es uno de los trabajos actorales más impresionantes que he visto jamás. Joaquin Phoenix interpreta en la intimidad de Joaquin Phoenix, convierte su vida en actuación, y respira y se va a dormir por la noche con ese nuevo Joaquin que finge ser, y que el público nunca, nunca le dejaría ser. Porque no, la libertad se la ganaron una vez los franceses, y hace mucho que la perdieron.

17 de junio de 2011

The Doom Generation (Gregg Araki, 1995)

Me encantan las películas plagadas de sangre y violencia extrema y asquerosa, ante la que los protagonistas permanecen impasibles y fríos

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pero que cuando muere un perro, lloran.

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A mí me pasa lo mismo.

16 de junio de 2011

Kiraware Matsuko no isshô (Memories of Matsuko) (Tetsuya Nakashima, 2006)

El padre de Matsuko nunca la quiso demasiado porque sólo tenía ojos y amor para su otra hermana, enferma y postrada en una cama. Un día la llevó a ver un espectáculo con payasos, y uno de ellos hizo una mueca. Todo el mundo rió, menos su padre. Matsuko, para hacer reír a su padre, le hizo esa mueca, y él estalló en carcajadas, por primera vez. A partir de entonces, ella pondría esa mueca para hacer sonreír a su padre, hasta que dejó de hacerlo, cansado de la broma de la niña. Matsuko, ya de adulta, tiende a poner esa cara cada vez que se encuentra en una situación comprometida, como si eso fuera a arreglarlo todo.

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Trust (Hal Hartley, 1990)

Nunca podría definir con adjetivos concretos y palabras precisas qué son las películas de Hal Hartley. He visto algunas, otras tenían una pinta tan tan tan extraña que acabé por apartarlas a un lado tímidamente, asustada.
‘Trust’ es una de esas que pensaba que me encantarían ya sólo porque me encantaba la portada del dvd. El “estilo” de míster Hal ya deja su huella aquí, igual de invisible que las demás: no sé que la hace diferente del resto de portadas con chico y chica en una postura tan estética como incómoda y poco práctica, pero sí sé que es diferente. Hay algo obvio: es un poco cutre, en el buen sentido de la palabra. ¿Qué es algo cutre? ¿Por qué habría de ser negativo? Sin mirar en la RAE (que no creo que salga), yo asocio lo cutre con cierta falta de elegancia, cierto desparpajo y libertad, también. Al otro extremo de Wong-Kar Wai.
Como en los mejores westerns, los personajes de míster Hal son siempre desarraigados, a la deriba en busca de una isla, un oasis. No son personas normales (y no hablo de que sean “diferentes” como los personajes de las películas indies en plan Zooey Deschanel que se sienten desplazados del mundo y de la sociedad porque les gustan The Smiths en vez de Lady Gaga). Son diferentes ya desde su propia construcción: los miras y no, no son como los demás. Bailan mal y sin motivo cuando les apetece, y acaban de bailar y no te tienen que dar ninguna explicación.

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El personaje masculino de ‘Trust’ se juega a su novia con su madre haciendo una competición de beber ginebra y whisky hasta que uno de los dos caiga muerto, y lleva siempre una granada que trajo su padre de la Guerra de Corea en la mano, como dice él, “por si acaso”. Y sobre todo, tiene principios y conciencia. Este tío sí que es diferente a todos los demás.

Por su parte ella es una superviviente y me encanta cuando se sienta en un banco a hablar con una mujer desconocida sólo porque está triste (madre mía, puede estarlo, acaba de matar a su padre dándole una bofetada porque éste sufría del corazón, su novio con el que pensaba casarse acaba de dejarla porque está embarazada, su mejor amiga la ha dejado tirada, su madre la ha echado de casa, ha dejado los estudios y no le quieren vender alcohol porque tiene 17 años ¡aún encima!). La mujer sentada en el banco empieza a contarle todas las penas de su vida, que suenan ridículas al lado de las de ella, como que no le gusta el lugar donde su maldito marido al que no quiere la lleva todos los años de vacaciones. Harta de limpiar una casa que nunca está sucia, que incluso llega a desear cuando vuelve a ella que de repente esté hecha un asco. ¿Y sabéis qué hace ella? Se calla y se compadece, y sigue como sea, consolándose en aquello que ella podría haber acabado siendo.
Desde luego sus personajes no son normales, son mil veces mejores que todos nosotros los que sí lo somos.

Reflections in a Golden Eye (John Huston, 1967)

La Mujer.

14 de junio de 2011

Notre jour viendra (Romain Gavras, 2010)

Muchos franceses me habían hablado muy bien de 'Notre jour viendra', que es una de esas películas que te hacen reflexionar (digo esta frase en voz alta y me rio por lo tonta que suena, a veces cuando escribo me recuerdo a una niña de 4º de primaria haciendo redacciones para el cole).

La absurdidad de su premisa está basada en la absurdidad del mundo real: la discrminación de los pelirrojos. ¿Pero es, acaso, una discriminación más absurda que el racismo o la homofobia? ¿Existen, de hecho, discriminaciones no absurdas, lógicas, coherentes, o la palabra ya encierra en sí misma una absurdidad? Las discriminaciones no son absurdas en el sentido de que se apoyan en cientos de porqués históricos: tienen una razón de ser, un motivo que las disparó, aunque ese motivo sea el miedo o un complejo. Y es esa razón de ser sí la que es absurda, pero tiene consecuencias. ¿Qué hay de válido en un rechazo racial, religioso o político decidido por una multitud? Las discriminaciones vienen del miedo a lo diferente, que siempre está en minoría. Y la violencia, engendra violencia, como si no lo supiéramos ya. 'Notre Jour Viendra' es extremadamente violenta, y no en el sentido de ser explícita, sino una violencia que ataca por dentro, una cierta pena, una mueca, una inestabilidad, una sacudida. Ganas de vomitar.

Ante una discriminación extrema supongo que tienes dos salidas básicas:

A) Fundirte en la masa. Me sorprendí a mí misma pensando al ver la película que por qué no se tiñen, o se rapan el pelo. Así ya no serán pelirrojos y nadie les discriminará. Ésa es la solución de los cobardes, no me quiero ni imaginar dónde estaríamos si todas las razas/grupos sociales que han sido discriminados a lo largo de la historia, optaran por la solución de la invisibilidad.

B) La reivindicación. El personaje de Vincent Cassel dice en un momento "si os irrita mi pelo, me lo dejaré largo". Crear una bandera en base a esa diferencia. Una identidad, un ejército. Recurrir a la violencia, a la venganza, al odio. Ése es el camino que toma 'Notre jour viendra', y lo toma tan en serio que no puedes hacer más que sentir rechazo hacia las "víctimas". Así que... [Incluya aquí mensaje y conclusión pacifista.]

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12 de junio de 2011

Todas las canciones hablan de mí (Jonás Trueba, 2010)

Me ha encantado una escena en la que el protagonista, incapaz de superar la relación de 6 años que acaba de terminar, queda con otra chica, intentando olvidar a la anterior. Están los dos sentados en una cafetería tomando algo, y de repente él se desdobla y se acerca a la chica, le acaricia el pelo, la mira de cerca. Y entonces aparece el fantasma de la exnovia. Ah, los fantasmas de las exnovias, su presencia constante aún cuando están lejos, en otro bar, en otra ciudad. Se sienta al lado de la nueva chica y les observa, juzgándoles, impidiendo. La culpa y la nostalgia.

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Cracks (Jordan Scott, 2009)

Inglaterra años 30. Colegio privado femenino. Verano y un lago. Águilas que vuelan. Eva Green se enamora de María Valverde. Ni en mis mejores sueños.

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