29 de noviembre de 2011

26 de noviembre de 2011

Carnage (Roman Polanski, 2011)

Yo a Polanski le adoro. Gran parte de las películas que más me han gustado en el mundo, son suyas, desde 'Lunas de hiel' hasta 'Callejón sin salida' pasando por 'El cuchillo en el agua', 'Chinatown', 'Repulsión' o, evidentemente, 'Rosemary's Baby'. Sus últimas tres películas del 2000 me gustan quizás menos, pero incluso las malas tienen algo que no tienen las de cualquier otro director.

Cuando salí del cine tenía una opinión muy clara sobre 'Carnage'. Sabía que me había gustado, aunque tampoco encantado. Que es una de esas películas en las que el guión se come todo lo demás, pero es tan bueno, que tampoco necesita ese demás. Acompañado, por supuesto, de unos actores magistrales. ¿Qué sería de una película de este tipo, en la que sólo hay 4 personajes y un salón, si los actores no estuvieran a la altura de la historia? Si pensamos en por ejemplo 'La muerte y la doncella', sabremos que Polanski ya tenía práctica en eso de manejar situaciones encerradas, mantenerlas impecablemente para luego darte el golpe final.

Lo que ocurre es que en 'Carnage' no hay golpe final. Es como si me planteara una situación muy jugosa, la explotara, la llevara hasta límites delirantes y luego... y luego nada. Luego te suelta ahí arriba, y ya. Yo quería más, más película, más historia. No tengo nada en contra de los finales irresolutos, de hecho todo lo contrario, suelen gustarme mucho. Sin embargo es otra sensación distinta la que me deja 'Carnage'. Un poco de rabia. Porque sé que podría ser llevada a otro límite, más lejano aún, y no se llega.

También me pareció, por ponerle un pero (aunque son peros que no es que la hagan mala, sino que la alejan del 10), que la dirección era una poco simple. Quiero decir que la cámara no brilla precisamente por su presencia (aunque recordemos la época en la que eso era símbolo de buena dirección), aunque soy de las que piensan que cuando una historia requiere silencio y discreción por parte de la dirección o fotografía o sonido o lo que sea para darle protagonismo a otra faceta (en este caso guión y actores), ésa es la mejor dirección o fotografía o sonido que la historia puede tener. Y hay que ser buen director para saber callar cuando hay que callar, y más con la tendencia actual del lucimiento vacío.

Polanski, más, por favor.

24 de noviembre de 2011

L'artiste (Michel Hazanavicius, 2011)

En la película de Kaurismäki salía un perro, Laika, que era listísimo. Hoy vi 'L'artiste', que además de ser una absoluta delicia visual (y sonora), también sale un perro precioso, listísimo, encantador, gracioso. Y me acordé de una pequeña cosa que escribí hace un año sobre los perros en el cine:

La gente es de perros, o de gatos, igual que es del Barça o del Madrid o fan de Los Planetas o de Los Piratas.
Nos encanta trazar líneas divisorias, como esa del círculo polar marcada con tiza, que atraviesa los tablones de madera de una casa en Finlandia. A partir de aquí, todo es lo opuesto.
Hay que elegir. Ya lo decía Renton.
Yo elegí a los perros.

Los gatos me recuerdan a las femmes fatales. Se les ve en los ojos, como Simone Simon en Cat People. Cuesta discernir cuándo es mujer y cuándo es felina.

Photobucket


Un gato sólo puede ser una mujer. Una mujer cruel, enfundada en guantes negros, que no camina, sino que se desliza. Qué solo vive de noche, porque es de color negro y puede camuflarse. Se podría decir que los gatos saben aparentar, y detrás de la apariencia hay falsedad. Son retorcidos, te lamerán con su lengua áspera para conseguir lo que quieran de ti.

Los perros, sin embargo, no saben aparentar. Son como los niños, o como las personas dormidas.
Hay algo de natural, de real, de verdad, cuando vemos a un perro en una película.
Este año tuve una profesora de teatro que todos los días nos decía gritando: “La naturalidad no existe, sólo lo mecánico, sólo lo aprendido, sólo el sistema, y el sistema es la muerte”.

Hay un capítulo de Six Feet Under en el que Lisa está desaparecida. En el plano aparece su esposo Nate, su hermano David y su hija, un bebé, Maya. David y Nate, que son actores (de los pies a la cabeza), tienen una mirada infinitamente triste, y preocupada. Maya también debería estarlo, su madre está muerta. Sin embargo, es un bebé. No sabe fingir, no puedes darle órdenes, es absolutamente instintiva. Y sonríe, graciosa, en medio de un plano absolutamente dramático.

Lo mismo ocurre con los perros. Todo lo que hacen con su cuerpo, con su cara, con sus ojos sobre todo, es tan absolutamente real que impacta. Y todo espectador busca eso que llamamos real, pero estamos tan acostumbrados a las mentiras del cine, que ya no somos capaces de reconocerla ni cuando la tenemos delante.
Tienes la sensación de estar ante algo vivo. Y muy triste, porque aún a veces me estremece pensar que un actor de tal o cual película está muerto, las probabilidades aumentan al tratarse de un perro.
Y están ahí, capturados, atrapados en un encuadre, en un gesto espontáneo, para siempre.

Los perros nacieron con el cine. Chaplin en 1918 hizo A Dog’s Life, y nos encontramos con un perro que evoca más sentimientos y tiene más expresividad que la mayor parte de los almacenes de metro ochenta de botox hollywoodienses.

Y Vittorio De Sica hizo Umberto D, donde está el perro con más carisma y humanidad jamás visto. Y ese perro es neorrealismo italiano, y ese perro es Cine.

Photobucket


A los seres humanos suele hacerles gracia que los perros hagan cosas de personas. Los perros vestidos. Los perros que caminan sobre dos patas. Los perros que hablan gracias a los avances de los efectos especiales.
Y es entonces cuando viene el problema. Y aparece Beethoven y sus seis sagas, y aparece Rex, el perro policía.
Son perros absolutamente domesticados, entrenados, sumisos, que hacen cosas monas para la pantalla. Que son encantadores, o muy inteligentes, y el público aplaude con las palomitas rebosando de sus bocas.

Photobucket


A mí no me interesa la sumisión, mi perra es absolutamente anárquica y caótica y maleducada, y si alguna vez hiciera una película con ella, así es como me gustaría retratarla. No dando la patita. No recogiendo el periódico. No acercándome las zapatillas.
Como en todas esas películas que llaman cine familiar, como si ver cine en familia fuera sinónimo de apagar el cerebro e ir al zoo a aplaudir viendo cómo las focas hacen malabares con una pelota roja. Pixar demostró que hay otras maneras más inteligentes de hacer reír y de hacer llorar a sus hijos.

Pero el resto del tiempo, un perro es lo que ves. Es esa mirada a cámara indeliberada, esa falda que se levanta y la actriz pudorosa coloca en su sitio.
El Cine busca la verdad, y los perros no saben ser otra cosa.

He perdido la cuenta de las películas violentas y sanguinarias que he visto, impasible, tranquila. Sin embargo, ver esas peleas en Amores perros me revolvió el estómago, sacudió hasta el último de mis órganos internos. Nunca me molesté en comprobar si esa violencia, esos mordiscos, esa sangre, ese dolor eran reales o gracias a un ordenador. Sin embargo la muerte o el sufrimiento de un perro en la pantalla es algo que no puedo soportar. Porque lo siento Verdad. Sé que ese perro que cierra los ojos tumbado en la hierba los está cerrando porque su cuerpo dice que tiene que cerrarlos. No porque lo diga el director.

Y Cat Power nos cantó sobre ese Salty Dog e incluso Iggy Pop no hizo diferencia entre el ser humano y ese animal. Iron & Wine le dedicó un disco maravilloso al Shepherd's Dog.
Esa preciosa canción que también da título al disco de Jens Lekman y dice que cuando te dije que quería ser tu perro sólo quería lamer tu cara, lamer esas gotas de los días de lluvia.
Triángulo de Amor Bizarro también se dio cuenta de que somos los dos seres atados a las condiciones terrenas. Y ese niño observado por Francisco Nixon y su novia que gritaba enchido de orgullo señalando a su precioso perro: ¡El perro es mío, el perro es mío!

El perro es nuestro.

22 de noviembre de 2011

Le Havre (Aki Kaurismäki, 2011)

Dicen que Kaurismäki camina sobre una cuerda floja entre la comedia y el drama, que camina erguido, sin tambalearse, ni un solo temblor. Un pulso digno de cirujano. Yo no sé mucho sobre Kaurismäki, vi 4 ó 5 películas suyas cuando era una adolescente tardía, y luego simplemente dejé de verlas. Nunca estaba de ánimo -qué triste, pensaba, tan gris, tan azul, tan frío-. No sé por qué pensaba así, porque hoy me ha hecho sonreír tímidamente numerosas veces, y al final le supliqué que no me hiciera llorar, y así fue. No entiendo ese final tan impostado, ¿una ensoñación, decía Lois? Mi cabeza de cinéfila quiere que así sea, mi fragilidad pide que no, que ella no muera, que haya ocurrido un milagro, volvamos a casa, hazme la cena. 'Le Havre' me ha gustado mucho y me apabulla tanta simpleza aparente. Ver cómo el protagonista gana a uno mientras pierde a otro y que la película me haga creer en una especie de justicia universal que nunca existe en la vida real (una vez más, gracias, Cine). Creerme que nunca te quitan nada si no te dan nada a cambio, que en la vida no existe vacío ni pérdida ni muerte. Me gusta este tira y afloja de dos vidas, una quiere irse y otra que quiere quedarse. Me gustan esas conversaciones cogidas tan poco espotáneamente, entre los curas que fuman, entre los bebedores de bar que hablan de la dificultad de comer mejillones. Me gustan esos acentos tan imposibles que se enredan en la lengua. Y me gusta mucho que ilustren esos utópicos corazones tan llenos de buenas intenciones, que me cuenten un cuento de final feliz antes de irme a dormir.

16 de noviembre de 2011

Alexander Nevsky (Sergei M. Eisenstein, 1938)

Cuando alguien ve 'El triunfo de la voluntad' o 'El nacimiento de una nación', nadie duda en tacharlas de películas deplorables ideológicamente. Todo el mundo sabe que el nazismo y el racismo son posiciones morales incorrectas. Sin embargo parece estar mejor visto cuando un director de pone del bando del comunismo, muerte a todos los alemanes, vivan todos los rusos. Yo creo que, por mucho que comulgues con esos ideales, el propagandismo está mal. Alguien me dijo una vez que todas las películas son políticas, de un modo u otro. Que son dos conceptos inseparables. También creo, que a su modo, todas las películas son propagandísticas. Pienso en cualquier película de Hollywood con Julia Roberts y veo que intenta venderme una idea idealizada sobre el amor. Veo otras películas propagandísticas sobre la felicidad, u otras llenas de carteles y product placement que son literalmente propagandísticas. Y pienso que, al fin y al cabo, todos los directores quieren venderte sus ojos, convencerte de por qué su manera de ver el mundo es especialmente interesante, especialmente mejor. Quizás sea muy hipócrita condenar una película porque sus ideales nos parecen criminales y laurear otra porque estemos de acuerdo con la visión política del director. No, señor.

13 de noviembre de 2011

Soigne ta droite (Jean-Luc Godard, 1987)

Esta es como la historia de uno de esos niños que lloran, perdidos, porque no saben qué hacer, no saben a dónde ir. Entonces acuden a papá. Papá Godard. Aunque no he heredado nada de él. No las cosas buenas. No las malas, no existen. Los padres son siempre perfectos a nuestros ojos. Si estoy aquí, si estoy así, es por ti, quiero recriminarle. Es inútil: papá no me escucharía. Está demasiado ocupado siendo arte, estando loco, acercándose a la muerte. Esta es como la historia de esos creyentes que han perdido su fé, o han pecado, y acuden a confesarse, a decir, perdóneme, Padre, porque he pecado. Otra vez los Padres que no te escuchan, que se esconden en las sombras.

Photobucket

Photobucket


Godard, Jean-Luc, interpreta a El Idiota de esta película. Nunca sé si fuiste demasiado ególatra o demasiado modesto. Cuando pienso en ti como alguien engreído, me digo, que si alguien lo merece eres tú. Quién si no, va a tener ego, quién si no tú, Jean-Luc. Me has enseñado desde lo simple, desde tus travesuras, y ahora me has traído hasta aquí, y me has soltado la mano, y yo ya no sé qué hacer. Siempre supiste hacerme sentir mejor. Una película tuya bastaba para callarme. Y ahora, ahora sólo me dejas perdida en medio de un todo, y yo no sé seguir, y por qué me has traído hasta Moscú. No, hasta el centro de París, calles atestadas de gente, de nieve, de humedad, de soledad, de miedo, miedo y más miedo. Devuélveme a donde pertenezco. Llévame al principio de todo esto, donde todo era simple, llévame a la cama, dame una pistola. Haz que el dolor pare.

The Broadway Melody (Harry Beaumont, 1929)

Photobucket

Photobucket

Photobucket

Photobucket

Photobucket

12 de noviembre de 2011

Cape Fear (Martin Scorsese, 1991)

Da la casualidad de que vi mucho antes (e innumerables veces) el capítulo de los Simpsons en el que homenajean 'El cabo del miedo' con Bob El Secundario como protagonista. Entonces cuando reconozco la música, las referencias que antes no pillaba, o incluso cuando recuerdo cómo acababa el capítulo y de repente sé cómo va a acabar la película, no tiene el mismo efecto que si las viera con la mente en blanco. Claro que la película, al ser un remake, tampoco es que necesite de esta ignorancia inicial respecto a la historia, porque el placer está en otro sitio.

Photobucket

Photobucket


Los Simpsons están llenos de referencias intertextuales, y eso me encanta porque estoy segura de que Matt Groening hace la gran parte de ellas desde la admiración, pero a veces la obra original corre el peligro de perder esa virtud de que la tomen en serio. Por ejemplo. Una vez vi la intervención de Isabel Coixet en Mapa Sonoro, y si le cambias la intro y le pones una de Muchachada Nui, no soy capaz de diferenciarlas. Puedes hacerle lo mismo a Lars von Trier, y es que hay gente que a veces es una parodia de sí misma. Es muy difícil mezclar dos géneros cuando uno de ellos es la comedia, que pocas veces se toma en serio a sí misma, y el problema es que cualquiera de los otros géneros sí lo hace (el terror, el drama, el cine negro).

Hay otra cosa que me preocupa ya desde el ámbito personal. El protagonista me caía bien. ¡Muy bien! Es un psicópata, vale, y ha violado a varias adolescentes, y ha matado a un perro, y luego ha asesinado a sangre fría a dos inocentes, y además en la cárcel le arrancó la lengua a un tipo. Pero qué narices, es un hombre muy inteligente y sabe mucho más del mundo que la mayoría de los mortales, quiero abrir su cabeza y ver lo que tiene dentro. Además tiene una doble moral muy interesante, un poco como Hannibal Lecter, un ser adorable y sádico a partes iguales. Creo que me pasa un poco lo mismo que me ocurre con 'Funny Games', que quiero que esos dos tipos machaquen a los malditos burgueses, que les torturen y que luego les maten. En 'El cabo del miedo', el abogado y su mujer no despiertan la más mínima simpatía en mí, por lo que no puedo lamentar nada de lo que mi bien querido psicópata quiera hacerles. Es un abogado que se cree con derecho a emitir juicios morales en vez de defender a su cliente, que se esconde tras esta supuesta superioridad tras una casa bonita, un barco atracado en el río, una mujer perfectamente teñida de rubio a la que engaña esporádicamente. Pues vaya imbécil. ¿Soy una psicópata o alguien más ama y entiende a Max Cady?

10 de noviembre de 2011

Kiseki (Hirokazu Koreeda, 2011)

En un momento de la película, el hermano pequeño, ingenuo e inocente, le enseña un disco de un cantante indie y le pregunta al mayor:

-¿Qué significa indie?
-Que tiene que esforzarse más.

18 comidas (Jorge Coira, 2010)

Muchísima gente me había recomendado encarecidamente '18 comidas' y no sé por qué. "No está tan mal para ser gallega/española". Una frase que me provoca urticaria.
Pero cómo que no está tan mal. No tiene ni pies ni cabeza. En primer lugar, pensé que ya se había pasado la fiebre de las historias entrecruzadas, que alcanzaron su punto álgido con 'Magnolia' y NADIE NUNCA más debería hacer nada. Quiero decir que son muy fáciles de hacer, y eso no me gusta. Y más fácil me parece unirlas de un modo tan feble como la gastronomía. ¿Qué tiene en común este grupo de personas? ¡Que comen! Bravo. Brillante.
'18 comidas' tiene una carencia absoluta de ritmo y lógica. Las historias están completamente descompensadas y ni siquiera comparten un nexo emocional. Por no compartir no comparten nada, me parece increíble que puedan estar situadas en la misma película, cuando no son más que un montón de cortos aleatorios, un gag sin gracia.
Naturalidad, sí, mucha, ¿y? ¿qué hago yo con eso?
Me da muchísima pena porque de verdad quería y esperaba que me fuera a gustar, pero lo único que he sacado en positivo de ella son las interpretaciones. ¡Si sale mi maestro Don Mourelos!

Photobucket

9 de noviembre de 2011

Boudu sauvé des eaux (Jean Renoir, 1932)

En el Cineclube están haciendo un ciclo que llaman Las Desagradecidas, sobre aquellas que dicen no, aquellas que no dan las gracias, que no quieren ayuda. Mientras la semana pasada me las volví a ver con la insoportable Mona, esta semana le tocó el turno a Boudu, hombrecillo al que adoré. Mona y Boudu tienen muchísimas cosas el común. Ambos viven en la calle y quieren seguir haciéndolo, ambos reciben ayuda de gente que se cree superior a ellos, caridad, le llaman, y ambos la rechazan. Ambos quieren volver a sus raíces (la tierra o el agua respectivamente) y no quieren duchas ni estúpidas corbatas. Me pregunto sin embargo por qué odié a Mona y quise a Boudu. Chema me explicó por qué: porque el director así lo quiere. Agnàs Varda quiere que odiemos a su criatura, que la despreciemos, que no sintamos compasión por ella. Mientras que Jean Renoir desprende simpatía (que no compasión) hacia su personaje, normal, es adorable y gracioso. Le quiere, al maleducado ese. Al irreverente, al que va a reírse a casa del burgués, de sus estúpidas costumbres, de sus limpios manteles, de todo el vino derramado y absorbido por la sal. Me cae bien, sí, éste que no quiere ser salvado de las aguas.

Photobucket

Godard, l'amour, la poésie (Luc Lagier, 2007)

Photobucket

Photobucket

Photobucket

Photobucket

Photobucket

West Side Story (Robert Wise, Jerome Robbins, 1961)

Melancholia (Lars von Trier, 2011)

Las películas que veo en el cine causan en mí un impacto infinítamente mayor que las películas en una pantalla de mierda en mi casa. Siempre parto de eso e intento controlar mi emoción al salir de la sala, de respirar hondo, uno dos y tres y razonar. Me cuesta mucho, me embaucan los sonidos, tan altos, tan envolventes, la música (¿impresión mía o absolutamente idéntica al tema de Madeleine compuesto por Bernard Herrmann para 'Vertigo'?), las imágenes gigantes (en una pantalla de cine esos personajes me aplastan en cuanto a tamaño, me obnubilan, en la pantalla de mi ordenador puedo aplastarlos con el pulgar).
Es por eso que la película de la que Lars von Trier ya reniega por ser demasiado narrativa y convencional, como un McMenú, dice, me ha conquistado. Quizás sí sea un poco como una hamburguesa, pero hecha con carne con carácter y de primera calidad.

Pero es también por muchas otras cosas que me ha encantado. Sobre todo por la tristeza inexacta. En la mayoría de las películas, el guionista siempre busca una excusa narrativa para la tristeza. Se ha muerto su madre. La han violado de pequeña. Su novio la ha dejado, ha perdido el trabajo. La tristeza del personaje de Justine es una tristeza inmensa, abstracta, no está justificada. Eso me encanta porque me parece valiente y pienso que las tristezas que sufrimos todos son siempre así, o al menos la mayor parte del tiempo. Son tristezas de porque sí. De cómo no estar triste. Lo prefiero al personaje de Charlotte Gainsbourg, con su insistencia tienes que estar feliz, tienes que ser feliz. A la hora de la verdad sólo sabe afrontar la vida (o la muerte, más bien) con pánico, mientras Justine sabe mantener una calma digna, inteligente.

La primera parte de la película, esa variación sobre 'Celebración' (Thomas Vinterberg, 1998) podría pertenecer a otra totalmente distinta, pero ya sabemos lo que le gustan a Lars von Trier los capítulos que más que capítulos son bloques, tan distintos entre sí que sientes que has salido de un mundo para entrar en otro. De todos modos me parece imprescindible para introducir la tristeza de Justine. Porque ésta no es una película sobre el fin del mundo. Es una película sobre la tristeza más absoluta, hasta la muerte. Todo conduce siempre a la muerte. De caer en un pozo, muy profundo, pero de un blanco cegador.

Photobucket


'Melancholia' es una especie de masoquismo que te permite celebrar la belleza de tu dolor. Es como el lobo aullando a la luna llena. Es como el blues en la música y la sal en la cocina.

5 de noviembre de 2011

25th Hour (Spike Lee, 2002)

Hay una escena maravillosa en la que Monty, tan solo una hora antes de ir a la cárcel, está en el parque con sus dos amigos de la infancia. Entonces, le pide a uno de ellos (alguien que visiblemente le quiere pero le tiene mucho rencor, ese inevitable rencor que se tienen las personas que se conocen desde hace más de 20 años) que le parta la cara. Que se la rompa, que le destroce, que no puede entrar con esa carita bonita de escuálido chico blanco en la cárcel, o no durará ni un segundo. El amigo se niega, pero tras una discusión y forcejeos, termina arrojándole al suelo y dándole puñetazos en la cara. Y se oye todo, con muchísima intensidad. Se oye el cráneo chocando contra el asfalto, las gotas de sangre volando por el aire, aterrizando sobre su ropa, los dientes rompiéndose, el hueso de la nariz, los ojos siendo golpeados. Un ruido insoportable. Y entonces, el otro amigo se abalanza sobre él para detenerlo, gritando que lo va a matar, que ya es suficiente. Y todo se vuelve silencio, y empiezan a oirse, tan solo, unos pájaros. No piando, sino un aleteo fuerte, enérgico, un sonido que sólo pertenece al amanecer, a un sueño quizás, a un lugar lejos de allí, donde nada de esto está sucediendo. Y puedes volver a respirar, aliviado, mientras con esfuerzo, te pones en pie.

Photobucket

Photobucket

Photobucket

Lemony Snicket's A Series Of Unfortunate Events (Brad Silberling, 2004)

Hace dos semanas vi 'Sleeping Beauty', que cuenta con una desnuda y sensual Emily Browning como protagonista, a sus 23 años. Hoy vi 'Lemony Snicket's A Series Of Unfortunate Events', donde Emily Browning también es protagonista, sólo que a los 16, e interpretando a un personaje de 14 años, con un tono exageradamente infantil e inocente.

Photobucket

Photobucket


Es lo que tiene el cine, esa maravillosa capacidad de detener el tiempo, y a la vez, poder confrontarlo de una manera tan radical. Esos actores que fueron niños y los vimos llorar y correr aventuras, con toda la inocencia del mundo en sus rostros, y ahora los vemos desnudos, haciendo escenas de cama, mintiendo, asesinando.

Photobucket

Photobucket


El cine es ver nacer, crecer y morir a una persona.

4 de noviembre de 2011

Sans toit ni loi (Agnès Varda, 1985)

No tenía un buen recuerdo de 'Sans toit ni loi'. Intentamos recordar algo de ella: una chica muerta, como un perro, un espacio vacío y amplio, frío, el campo. Poco más. Después de volver a verla descubrimos por qué se escapa de la memoria. El personaje de Mona no es nadie. No es nadie para mí, es sólo una chica arrogante, sí, libre como un pájaro, pero a quien le pegaría una bofetada si tuviera la oportunidad. Y nos pusimos a pensar en personajes que no provocaran la más mínima empatía, que es por otra parte una manera de decir "jódete, cine, mira lo que hago contigo". Una pequeña revolución. He amado y entendido a psicópatas despreciables, a personas crueles e insensibles, a malditos sin porqués, pero nunca podría querer a una chica como Mona, que se me presenta como alguien inaguantable, sin motivaciones, sin salida, perdida en el medio de la nada más absoluta, una nada sucia, gris y terriblemente triste de la que no quiero, no puedo saber nada.

Photobucket

Lolita (Stanley Kubrick, 1962)

"Quiero que vivas conmigo y mueras conmigo y todo conmigo."

Photobucket

Der letzte Mann (F.W. Murnau, 1924)

Había visto 'El último' hacía muchos años, y el recuerdo más claro que tenía era la profunda compasión (la compasión es mala porque conlleva un sentimiento de superioridad, esto lo leí hoy en la Cuore) que inspiraba el personaje principal interpretado por Emil Jannings.
Al volver a verla descubrí, que aparte de los mil y un aciertos en cuanto a fotografía o dirección, el personaje es una complejidad asombrosa.
Para el que no conozca la historia, este hombre es la persona más feliz del mundo con su trabajo en el hotel, recogiendo las maletas de los clientes. Está orgulloso. Sí, esa es la palabra. Con su uniforme con seis botones, con hombreras, camina henchido de orgullo por la calle. Es la envidia del inmueble que habita, de sus compañeros, porque su trabajo le llena, le complementa como persona. Pero de repente, el malo malísimo jefe le traslada a los baños. Su tarea en los baños se podría calificar como degradante. Humillante. Pero no puedo decir la palabra humillación y quedarme tan tranquila. ¿Qué es la humillación? Para mí en 'El último' ésta es entendida como servir a los demás, encontrarte en una posición de inferioridad. ¿Cómo evitarla en una sociedad basada en las clases? No tengo ni idea. Todos y cada uno de nosotros hemos sido humillados y a su vez habremos humillado sin darnos cuenta a tantas otras personas.
Pero hay una cosa que no había visto la primera vez. Su personaje no está herido por ser humillado. Está herido por su orgullo, su ego, que es enorme. Por una deshonra (bien es cierto inducida por un entorno hipócrita y clasista) que sólo es tal porque la sociedad la considera así.
Y sí, por supuesto que es inocente de toda su desdicha derivada del exceso de orgullo porque Emil Jannings no es más que una víctima, aunque también partícipe, de su momento, que parece no ser muy distinto 87 años después.

Photobucket

1 de noviembre de 2011

Viernes 13 (Marcus Nispel, 2009)

Cuando era pequeña (no sé, de los 6 a los 10 años), mi día favorito era el viernes. Como a cualquier niño, diréis. Que acaba el cole y se va a casa a ver el Xabarín Club y a comerse un bocata de nocilla y no tiene que hacer los deberes para el día siguiente. Pero concretamente estaba loca de contenta por el viernes noche. El ritual era ineludible. Primero íbamos, mi madre y yo, a la tienda de gominolas. Y me hacía con una bolsa que por aquel entonces me parecía GIGANTE, pero que en realidad a día de hoy no se acercaría a quitarme siquiera el hambre. Pero como yo era pequeñita, la bolsa era grande. Así funciona todo. Después, pasábamos por el videoclub y cogíamos dos películas que yo elegía. Y después, íbamos a casa a llamar al Rapizz, siempre pedíamos la de jamón y aceitunas, unas clásicas.

Mis películas favoritas eran las de terror. De hecho, eran las únicas que me gustaban. También veía las de Jim Carrey y Will Smith, pero no porque me gustaran las comedias o la ciencia ficción, sólo porque me gustaban ellos, tan guapos. En ese intervalo de tiempo me vi todas las películas de terror que había que ver por aquel entonces. Las seis de Pesadilla en Elm Street. Las tres de Muñeco Diabólico. Las cuatro de los Critters. Claro que me daban miedo, pero también seguridad. Supongo que por eso que comentaba el otro día. La necesidad infantil de repetición como elemento suavizador de la angustia y autoafirmador del ego. En las películas de terror, todo parecía empezar siempre igual, desarrollarse igual y terminar igual. Y qué placer de certeza.