27 de diciembre de 2013

El callejón (Blind Alley) (Antonio Trashorras, 2011)

Ayer estaba yo leyendo La bleu est une couleur chaude con el sillón pegado al radiador, mientras mi madre jugaba al Cityville con su ordenador. Entonces me propuso ver una película, y yo temblé, pues siempre hay que temblar cuando mi madre me propone algo así porque mi amor por ella es tan grande que soporta todos los pecados capitales: no solo es que vea las películas dobladas (sin hacer distinción entre el castellano y el latinoamericano), es que para ella no hay diferencia si está grabada en un cine cámara en mano y el sonido recogido con un móvil, así que se baja todo lo que encuentra y de cualquier manera. Tras mil intentos fallidos de películas que ningún reproductor humano reconocía, dije sí a la última de la lista: El callejón.

Estoy MUY contenta de haber visto El callejón porque es oficialmente y sin la más remota duda, la peor película que haya visto en toda mi existencia. Y he visto películas con Britney Spears y con Jennifer López. Decía que estoy muy contenta de haberla visto porque ahora tengo un referente para comparar cualquier producto. Por ejemplo: ¿Te gustó el último Sálvame Deluxe? Bueno, es mejor que El callejón. ¿Te gustaría comerte esta mierda recién salida del horno? Bueno, la prefiero antes que volver a ver El callejón.

Recordad amigos, always look on the bright side of life.


23 de diciembre de 2013

The To Do List (Maggie Carey, 2013)

Aún existe gente en el mundo que no comprendre que el cine es un mecanismo para hacer realidad los sueños de aquellos que deciden contar una historia. Incluso cuando son pesadillas, incluso cuando relatan el infierno, en vivas llamas, y se queman con cada línea de trama, incluso eso son sueños que quieren espantar, demonios que exhumar, a fuerza de repetición.

Estaba pensando en esto al ver The To Do List, que es una mierda de película (lo siento, Miguel) pero es guay de ver solo por dos razones:

1. Aubrey Plaza
2. Años 90

Y es que The To Do List ocurre en los años 90 sin (absolutamente) ningún motivo más que el gran placer de sumergirse en una estética noventera. Pearl Jam, hombreras, flequillos abufados, bailes de fin de curso, virginidad, son cosas que existían en los 90 y que desaparecieron para siempre. Cosas que no aportan nada de nada a la trama de esta historia que me da rabia porque podría haber sido muy guay y no lo es en absoluto.







13 de diciembre de 2013

La jalousie (Philippe Garrel, 2013)

Creo que hay una enorme diferencia entre una Manic Pixie Dream Girl y una puta loca insoportable. Las Manic Pixie Dream Girls son preciosas, podrías pasar horas solo mirándolas, tienen tus mismos gustos musicales, bailan bien, les dan arrebatos pero luego vuelven a ti con las orejitas agachadas, son dulces y violentas a la vez, por lo que te engañan con esta sensación de es mía/no es mía que mantiene despierto el deseo. Sí, a veces tienen arrebatos depresivos, pero se lamen las heridas ellas solas después de montar una escenita (divertida, al fin y al cabo). Estas chicas son tan maravillosas porque no existen. Lo más probable cuando de locura se trate es que nos encontremos con Claudia, la protagonista femenina de La Jalousie.



Claudia tiene voz de camionero, los dientes amarillos de fumadora, no es lo suficientemente guapa como para querer mirarla fijamente más de 2 segundos. Primero te da por culo durante toda la relación, es celosa mientras ella se acuesta con otros, a veces le dan arrebatos y se echa a correr hasta llegar a tu casa gritándote que pensaba haberte perdido, así, sin razón. Luego de repente dice necesitar aire y luz y espacio y se larga. Luego vuelve, te hace creer que te quiere y después de una cena entre amigos coge sus cosas y te dice que te deja sin darte la más mínima explicación. Y así, sacándote el corazón con un sacacorchos, comiéndoselo y escupiéndolo después, se va acompañada por una risa perversa. Estas son las locas reales. Las locas con las que te encontrarías en el mundo, de decidir dejarte querer por una loca. Son personas tan insoportables, tan caprichosas, injustas, egoistas, que no las soportarás ni en las películas, a kilómetros de celuloide de distancia.

Casse-tête chinois (Cédric Klapisch, 2013)

El vestigio del encanto de L'auberge espagnole desapareció en cuanto la película se acabó. Seguimos viendo sus secuelas por esa morbosa curiosidad. Ver Casse-tête chinois es preguntar a la vecina cotilla del 2º qué fue de aquella chica que vivía en el 3º y que se casó con nosequién y luego se fue a vivir a nosedónde. Podríamos vivir sin esa información, pero en un momento de aburrimiento nos preguntamos qué habrá sido de todos ellos. Nos ponemos nostálgicos, tenemos ganas de buscarlos por facebook, ver sus fotos y olvidarnos después, una vez más. Y por eso fuimos a ver Les poupées russes, y por eso fuimos a ver Casse-tête chinois.

Creo que el único director que retomó una historia a lo largo de los años y hizo 3 obras maestras de ello fue Richard Linklater con su Céline y su Jesse. Eso sí tiene sentido. Un Novecento, como tratado de una historia que se desarrolla a lo largo de los años, tiene sentido. Pero otras secuelas solo tienen el propósito de hacer una bonita taquilla, satisfacer esa mínima y estúpida curiosidad de nosotros, los cotillas.


The Hunger Games (Gary Ross, 2012)

Siempre vi todo tipo de cine, sin hacerle ascos a nada. Sin embargo me falta un poco ese lado "blockbuster" y no por snobismo (no me importaría que cualquiera de las películas que me gustan fueran éxitos de taquilla, me gustarían lo mismito). No las veo porque me tienen, la mayor parte, una pinta horrorosa. Creo que prefiero amputarme un brazo antes que ver 10 minutos de El señor de los anillos. Echarme ácido en las pupilas antes de ver Crepúsculo. Volver a DiDi Hollywood antes que ver Harry Potter.

El caso es que con el estreno de la segunda parte de Hunger Games, a mis ojos mamarrachada adolescente como cualquier otra, me dije, ¿qué pasaría si viera la primera parte? Pues que he visto cosas peores en mi vida, y he estado, al menos durante una hora, bastante entretenida. Claro que le sobra mucho amor y le falta mucha sangre para poder decir que "me gusta". Le sobra mucha bondad y le falta mucho Battle Royale. Pero oye, sigo viva. Danza de la victoria:


29 de noviembre de 2013

Les garçons et Guillaume, à table (Guillaume Gallienne, 2013)

Creo que fue la semana pasada cuando fui al cine a ver Les garçons et Guillaume, à table.
Fue unas treinta o cuarenta horas después de enterarme de que a mi abuelo le quedaban unos días de vida. Estuve llorando sin parar, durante tantas horas que perdí la noción del tiempo. Durante tantas horas que el concepto llorar perdió su sentido, tantas horas que creo que me sequé, que perdí la capacidad de llorar. Luego me di cuenta de que esa no se va, esa se queda.

Decidí ir a verla porque el cine es lo que salva la vida. La gente dice, en esta época tan triste necesitamos más comedias. No más dramas, la vida ya es suficientemente triste. Yo siempre pensé que esta gente era un poco imbécil pero qué te voy a decir, los imbéciles a veces tienen toda la razón del mundo. Así que empujada por una imperiosa necesidad de parar el dolor, aunque sea hora y media, aunque sea poder respirar, poder detener la realidad, fui al cine a ver Les garçons et Guillame, à table.

Horas antes de ir al cine estuve pensando en algo. Me acordaba de mi abuelo y en su infinito y cálido amor, en cómo siempre cogía sus manos gigantescas y fuertes, ásperas, arrugadas, y envolvía con ellas las mías, finas y delgadas y suaves. También me acordé de cuando iba a jugar la partida al bar y siempre le pedía un helado. Al volver decía que se lo había olvidado, pero nunca era verdad. Siempre estaba escondido en la guantera, en el maletero, debajo del asiento del coche. Pero sobre todo me acordé de la última vez que vine a verle, en septiembre. Ya estaba en casa de mi madre porque ya le habían encontrado el tumor, que crecía cada día más, como un monstruo insaciable. Joy y yo habíamos comprado una cámara analógica para hacer fotos bajo el agua. Cámara que, obviamente, también sacaba fotos fuera del agua, ni que fuera un pez. El día antes de irme le pedí a Joy que me sacara una foto con mi abuelo. Estábamos los dos sentados en el sofá, yo llevaba un jersey rojo y me abrazaba a su cuello. Le pedí que sonriera, porque todas las fotos que tengo de él, tiene la cara seria y severa, cosa que él no es, nunca fue.

Cuando tiempo después revelé el carrete había mil y una fotos banales que no necesitaba, sin embargo la foto con mi abuelo no existía. Ni siquiera estaba movida, ni en negro. Simplemente no existía. Como si mi abuelo no quisiera ser capturado por y para mí. Como si ya no estuviera ahí, como si ya estuviera sumergido en una especie de desaparición irremediable.

Fue la última vez que le vi pareciéndose a mi abuelo. Cuando llegué el sábado pasado y me acerqué a su cama, aquel ya no era mi abuelo. Ese señor con 20 kilos menos, cosido al oxígeno, con tantos monstruos creciéndole en los pulmones, ese olor a muerte, ese no era mi abuelo. Mi abuelo empuja por salir desde entonces, cada vez que me aprieta las manos, o me pasa el brazo por encima cuando me meto en la cama con él, o cada vez que junta los labios para darme un beso, cuando mi abuelo en su vida fue de besos, en su vida fue de abrazos.

Estaba yo pensando en esa foto en la que saldríamos mi abuelo y yo cuando mi abuelo aún existía, esa imagen que nunca salió a la luz, cuando decidí ir al cine a ver Les garçons et Guillaume, à table. El cine es algo que no tiene nada que ver con mi abuelo. Creo que en unas navidades le regalé unos dvds que nunca vio, de esas de cine de su época. Mi abuelo y yo nunca vimos una película juntos, ni la primera. En 27 años, ni una sola película. Sin embargo durante esa hora y media, el dolor de perder a esta persona tan importante en mi vida, se vio mitigado por las risas, el ingenio, la soportable levedad, la tragicomedia de Guillaume Gallienne. Durante hora y media mi abuelo no se estaba muriendo, sino que me perdí en la butaca de cine llorando de risa, en un mundo paralelo, inexistente, pero tan poderoso. Un mundo donde los abuelos no se mueren, sino que se quedan a tu lado, protegiéndote, ganándote a las cartas, dándote dinero a escondidas, otorgándote ese amor cálido y silencioso que se supone más que se siente. El cine obra, de vez en cuando, estos milagros.

16 de noviembre de 2013

Inside Llewyn Davis (Joel Coen, Ethan Coen, 2013)

Hay quien decía que los Coen no tenían corazón, que sus personajes no lo tenían tampoco. Y entonces llega Llewyn Davis y te provoca este dolor mudo en las entrañas, a su modo frío y calculador.

Inside Llewyn Davis es la respuesta a esas personas que a veces te dicen: Inténtalo con toda tu alma, no tienes nada que perder. Llewyn Davis es la pérdida. Es el fracaso una y otra vez sin final feliz, como suele ocurrir en las películas, en la literatura, en esa otra vida que no existe. Llewyn Davis es el contraejemplo de lo idílico, del milagro en el último momento. Y tú te sientas esperando ese milagro, que no puede ser tan mala suerte. Ese productor que escuche sus canciones y le diga que su música vale la pena. Esa amante que deje de llamarle gilipollas y corra a sus brazos. Ese gato que vuelva a casa. Pero el milagro nunca llega como tampoco llegan a la vida real. Llewyn Davis es la vida que salió mal. La vida que se perdió en las calles heladas de Nueva York, una vida sin sentido ni abrigo.


La vénus a la fourrure (Roman Polanski, 2013)

Polanski es mi amor. Es uno de esos directores que reunen todo aquello que quiero tener a mi alcance. Humor, negrura, perversión, sadismo, inteligencia, saber hacer. Y es a la vez víctima y culpable, algo que lo hace irresistible a mis ojos.

La vénus a la fourrure tiene mucho de Polanski. Tiene al Polanski teatral, que hemos visto desenvolverse en espacios cerrados como tiburón en el Océano Atlántico en La muerte y la doncella o en Carnage (Un Dios salvaje). Tiene a su musa (a la que yo no acabo de encontrarle ni un ápice de belleza) de igual manera que un día fue dueño de Catherine Deneuve o de Mia Farrow. Tiene a su alter ego, un Mathieu Amalric que se peina, habla y se mueve como lo haría el propio Polanski, de igual modo que lo tuvimos a él en carne y hueso en El quimérico inquilino o en El baile de los vampiros.

Esta Venus no es My Fair Lady. No es una mujer que no sabe hablar ni comportarse, vulgar, descarada, inoportuna, imbécil. Una masa de barro a la que moldear y educar, con trabajo y tres horas de metraje, haciéndola repetir "la lluvia en Sevilla es una maravilla" hasta que se le rompa la lengua. Esta Venus es más Mata Hari (que no femme fatale) que víctima. Es una de esas mujeres que los hombres tienden a calificar como feminazi. Y lo es de un modo tan obstinado, es tan perversa en sus métodos, que te deja a ti, espectador, aturdido en tu butaca preguntándote qué es verdad, qué es mentira. Como en el teatro. Como en el cine.

Hay un momento hermoso y certero en esta película, y es cuando en medio del ensayo hay una pausa, la cámara se fija en Emmanuelle, la mujer y no la mujer que interpreta, que tiene, por primera vez, una mirada inteligente, un sé lo que hago escondido. Por supuesto esta mirada ocurre mientras nuestro hombre está de espaldas, ajeno a esta verdad que se revela tras él y solo para nosotros. Avanzándonos este castigo a un crimen que nunca fue cometido.



12 de noviembre de 2013

La noche que no acaba (Isaki Lacuesta, 2010)

Es posible que ninguna imagen defina a Ava mejor que esa: un rostro que se vuelve, y queda a medio camino entre dos sitios, entre dos momentos. Como si siempre estuviera a punto de dejarnos, o acabando de llegar de alguna parte.


9 de noviembre de 2013

The Usual Suspects (Bryan Singer, 1995)

No entiendo como un hombre tan feo como Kevin Spacey puede ser un hombre tan guapo.


Misery (Rob Reiner, 1990)

No importa lo buena que sea Misery, lo que recordaré de ella es la escena en la que la productora lesbiana de The L Word le rompe el pie con un martillo a James Caan.


The Heat (Paul Feig, 2013)

Quizás me he precipitado juzgando a Sandra Bullock como la peor actriz habida y por haber, igual que me equivoqué cuando odié a Jennifer Lawrence cuando ganó el Oscar y luego resultó ser encantadora. The Heat era una de las películas que peor me pintaba del universo, pero Katie Dippold, una de las guionistas de Parks and Recreation, Paul Feig, responsable de Freaks and Geeks y Weeds, un guión sorprendentemente feminista y unos cuantos gags al más puro estilo Hermanos Marx hacen que sea alegremente tragable en un domingo de lluvia.


26 de octubre de 2013

Gravity (Alfonso Cuarón, 2013)

Gravity es al cine un El cantor de jazz, ese éxito de taquilla de los años 20 que en realidad era una mierda de película, pero oye, fue la primera película sonora. Una experiencia única a la que cualquier cinéfilo habría querido asistir: la primera vez que oímos a la gente cantar y hablar, unido a la imagen.

Gravity es, para nosotros espectadores que nunca hemos estado en el espacio, lo más cerca que estaremos nunca de experimentar esta sensación. O eso nos dicen. No tenemos ni idea de cómo actuaría la física sobre nuestros cuerpos y sin embargo cuando vemos Gravity estamos seguros de que debe ser exactamente así. Sin embargo, no deja de sorprenderme que la gente no pare de decir que Gravity es Cine, en el sentido de que recupera el significado más primitivo y vacío del término: el espectáculo. Ojalá lo fuera. Pero Gravity no es ni siquiera espectáculo, pues los espectáculos entretienen de principio a fin, y en una triste hora y media que dura esta demostración tecnológica, me encontré mirando el reloj (de los vecinos de butaca, que también lo miraban) repetidas veces.

Y es que siento que no he visto Gravity en el sitio adecuado, pues no pertenece a una sala de cine, y eso me molesta. Gravity pertenece a una feria tecnológica, o más concretamente, Gravity pertenece a una feria. Ejerce en mí el tipo de fascinación que ejercían cuando tenía 8 años los simuladores que eran en realidad una cabina que pivotaba sobre su propio eje en cada bache que el vehículo que conducías se encontraba.

Los giros de guión, a cada cual más ridículo, hacían estallar en carcajadas a una sala de 550 personas. Y una frase resonaba en mi cabeza constantemente: You've to be kidding me. No voy a ponerme a destripar su contenido para desacreditarla porque creo que nadie podría negar su pobreza en este aspecto. Nadie puede quitarle a Gravity la belleza y el poder hipnótico de las imágenes. Pero, de igual modo, nadie debería concederle nada más que eso.

Pero sobre todo, hay una cosa que detesto más que nada en Gravity, y es que Sandra Bullock ni siquiera se muere. Que Hal 9000 haya tenido que morir y Sandra Bullock siga arrastrando su penoso rostro inexpresivo por el mundo, eso, eso es de denuncia.


24 de octubre de 2013

The Look of Love (Michael Winterbottom, 2013)

Michael Winterbottom hizo 9 songs hace 9 años (dios, aún recuerdo ir al cine a verla, dos veces, y luego verla en casa una y otra vez, durante mucho tiempo). 9 songs era una película rompedora, maravillosa, que a nadie le gustó y que a muy poca gente le gustó mucho. Contaba una historia de amor de principio a fin de un modo que nunca antes habíamos visto. Desde la perspectiva de las cosas que nos importan, sin momentos cursis, sin tonterías: de un modo seco y directo, y a la vez indirecto, como una luz que rebota sobre un espejo. Entonces ocurre eso que le ocurre a mucha gente cuando descubren una película de un director que les gusta de ese modo: se ponen a ver su filmografía. Y fue así como descubrí que no había tal cosa como un gran director tras 9 songs, sino algo que podríamos llamar un momento de creatividad transitorio, como la enajenación. Solo fui capaz de encontrar otras dos películas de algún modo (muy) interesantes: Genova y Tristram Shandy: A Cock And Bull Story.

Sin embargo algunos somos tercos y seguimos intentándolo, y es por eso que pensé que The Look of Love podría hacerme cambiar de idea. Y no había nada en ella, salvo algunos errores de principiante que me pregunté cómo habría podido cometer. Flashbacks de escenas que ya habíamos visto antes para el espectador un poco tonto. Sobredosis de "recopilación de escenas felices y cortas" para hacernos entender que todo va bien. Incluso Orson Welles sabía ya en 1941 que esto había usarlo con moderación, no meterlo en toda la película como si esta fuera un trailer. Más me habría valido ver Boogie Nights otra vez. Lo peor de todo esto, pobre de mí, es que dejaré que Winterbottom me defaude una y otra vez, una y otra vez, pensando cada vez que me va a dar lo que un día hace 9 años me dio. Qué le quieren, soy una nostálgica.


11 de octubre de 2013

La vie d'Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013)

Me prometí a mí misma que empezaría a hablar de La vie d'Adèle centrándome en sus mil y unas virtudes y vencería al cabreo que me provoca la más patética y absurda de las críticas que he escuchado en mi vida. Esta crítica viene de la mano del "sector lésbico", porque resulta que es un sector y tiene reglas a las que tienes que amoldarte para complacerlas y que salgan de la sala de cine dicendo "esta es nuesta Biblia, esto me representa". La crítica en concreto es: el sexo lésbico no es realista. No es así como las lesbianas follan. Un director dirigiendo a dos actrices heterosexuales, lo que faltaban son lesbianas en el plató para darles una clase de cómo dos lesbianas se desenvuelven entre las sábanas. Recriminarle a Abdellatif Kechiche ser un hombre dirigiendo una película sobre dos lesbianas sin conocimiento de causa es tan absurdo como recriminar a Kubrick por haber filmado 2001 sin haber ido nunca al espacio o a John Ford hacer westerns sin haber vivido el S.XIX. Es tan absurdo como recriminarle a Bertolucci El último tango en París porque generalmente no involucramos a la mantequilla en nuestras prácticas sexuales diarias, así que eso no es sexo heterosexual. Y yo, enfurecida de rabia ante la Gran Estupidez Humana me pregunto: ¿qué es eso de sexo lésbico? ¿qué es, en general, el sexo? ¿Es que hay acaso un manual a seguir paso por paso? El sexo es la manera que tienen dos personas (o tres, o cuatro) de demostrar sus deseos, y estas maneras pueden ser tan distintas, originales, tradicionales o arriesgadas como estas dos personas sientan la real gana de poner en práctica. Esto es algo tan obvio que me parece hasta insultante tener que explicarlo al sector lésbico indignado.

Yo, que nunca me identifiqué como lesbiana y sin embargo llevo 3 años acostándome con una mujer, he hecho el amor de la misma manera que lo han hecho Emma y Adèle. Lo recuerdo, concretamente, como el sexo de las primeras veces. Donde falta la coordinación pero sobran las ganas de devorarse y todo es más ansia que suavidad. El sexo no son diez posiciones concretas, el sexo no es excluyente, ni exclusivo. Lo mejor del sexo es, precisamente, su capacidad de reinventarse ante cada persona que decide practicarlo dejándose llevar, y sus combinaciones son infinitas y eternas. Así que al próximo ser cuadrado que me diga que eso no es realista, primero le partiré la cara por imbécil, porque a una le cuesta mucho controlar su ira, y segundo le explicaré, como a un bebé, que existen tantas realidades como personas y puntos de vista, y que si continua toda su vida intentando amoldarse a eso que se supone que su género, su orientación sexual o su clase social le indica que tiene que hacer, no va a llegar a ninguna parte en la que a mí me gustaría estar.



La vie d'Adèle tiene una pizca de Jeune et Jolie, otro de los descubrimientos del año. Tiene concretamente dos escenas que son idénticas: una son las escenas en el instituto, en las que vemos un primer plano de los adolescentes recitando un párrafo del libro/poema del momento frente a la cámara. Ambas escenas tienen en común, además, la falta de emoción a la hora de recitar, como quien tiene palabras delante pero no es capaz de descifrarlas. La importancia de la educación en la vida de Adèle y en la vida de Isabelle, nuestra jeune y jolie particular, empaña toda la película. Hay además otra escena repetida, y es cuando Adèle se masturba sola en su cuarto, mientras Isabelle hacía lo mismo. Isabelle se masturbaba clandestinamente, en silencio sobre su vientre, y era descubierta por su hermano. Sin embargo Adèle se masturba boca arriba, no tiene miedo de hacer demasiado ruido y sin embargo, nadie la ve. Esto es algo que me maravilla de su personaje. Nadie llega nunca a adentrarse en su cabeza. Tiene siempre esa boca torcida hacia la tristeza y esos ojos vacíos de algo parecido a la soledad o la incomprensión o la falta de algo, sin poder llegar a entender por qué. Siempre está ahí, presente, con toda su fuerza, sin miedo, y sin embargo nadie llega a descifrarla.



Otra de las cosas relindas y hermosas de La vie d'Adèle es la relación que se establece entre estas dos mujeres. Ambas han estado con hombres y ambas han decidido quedarse con las mujeres, pero una más que otra. En cualquier relación siempre hay una más y otra menos. Emma es más mayor que Adèle. Emma tiene más pájaros en la cabeza, estudia Bellas Artes y quiere ser pintora. Está satisfecha con su orientación sexual y no se esconde de nadie. Adèle es, por así decirlo, todo lo contrario. Está todavía en el instituto pero tiene muy claro lo que quiere hacer en la vida y qué pasos debe dar para conseguirlo. Sin embargo y como cualquier mujer en su despertar sexual, no tiene muy claro qué es lo que quiere y se acerca temerosa a sus opciones al principio, para luego lanzarse voraz y obsesiva cuando descubre que eso es lo que quiere. ¿Acaso eso no nos representa, como mujeres? Yo, al menos, le doy más importancia a sentirme más identificada en este proceso de descubrimiento sexual que en haber puesto en práctica o no una postura concreta en la cama.

Lo hermoso, como decía, es que estas dos mujeres se buscan y se encuentran y tienen lo que se llama un flechazo, aunque en francés me parece que se le hace muchísima más justicia a su verdadero valor: coup de foudre o coup de coeur. Literalmente, algo que te golpea en el corazón para dejarte herido, marcado. Lo que tienen es animal y sin embargo sostenible en el tiempo. No alcanzamos a saber cuánto tiempo permanecen juntas Adèle y Emma porque, ah, ese es otro de los pequeños toques de maestro de La vie d'Adèle: cómo no tenemos la más mínima consciencia del espacio y del tiempo durante las 3 horas que dura la película. Primeros planos asfixiantes, contraplanos que no responden a nuestras preguntas ni a nuestras ansias por saber qué se encuentra delante de las miradas de las protagonistas. Todo en pro de un dolor desgarrador que sientes cuando la película llega a su fin.



Pues eso. Estas dos mujeres que no tienen absolutamente nada en común salvo el amor y el sexo (¿para qué más?). Somos testigos del inicio de su relación y del final, pero no sabemos nada de lo que pasa durante la misma, sencillamente porque podemos imaginarlo: amor y sexo. Amor y sexo, todo el día. Las cosas se caen por su propio peso y nos damos cuenta de que la única manera que Adèle y Emma tienen de ser una sola persona es en la cama. Las fiestas, a las que todos los amigos raritos de Emma acuden, no hacen más que separarlas. Emma y Adèle, en su día a día, son un poco el aceite y el agua. Una sabe flotar sobre la otra, pero por más que lo intenten jamás lograrán mezclarse. A Emma y Adèle les falta un poco eso que hacen todas las parejas cuando se conocen. Ese yo cojo un poco de ti y tú coges un poco de mí. Una especie de contaminación, de ganas de compartir o mostrar. Emma y Adèle no se enseñan, y lo más importante, Emma y Adèle no se aprenden. No se aprenden la una a la otra en ningún momento.

Si hablo de esta forma tan caótica de La vie d'Adèle es porque todavía no he encontrado la manera de superar el daño que me ha hecho. Es porque todavía intento quitar las balas de estos disparos a quemarropa y lamerme las heridas. El caso es que me he sentido tan identificada con las cosas que ocurren y las cosas que se sienten en La vie d'Adèle, de la misma manera que Adèle se ha sentido tan identificada con las cosas que ocurren y las cosas que se sienten en La vie de Marianne, que todavía no he podido despegarla de la piel y solo pienso en cuántos días podré soportar sin volver al cine a hacerle otra visita y permitirle lastimarme otra vez.


6 de octubre de 2013

The Purge (James DeMonaco, 2013)

The Purge parte de una idea que me parece muy interesante. En Estados Unidos (cómo no, God Bless America) se implanta una ley mediante la cual un día al año todo crimen queda impune. De esta manera, la tasa de paro se ha reducido hasta el 1% y apenas hay crímenes. ¿Por qué? Pues porque la gente almacena todo su odio, su ira, su violencia y sus "ganas de matar aumentando" hasta ese día, donde se convierten en bestias que aniquilan a todo aquel que se les antoje. Algunos se divierten con los vagabundos, considerados por los poderosos como un instrumento para ayudarles a purgarse, y los utilizan como sacrificio. Otros quieren matar al vecino porque tiene una casa más grande.

Todos estos asesinatos se justifican con un glorioso eufemismo: purgarse. Como los gatos cuando vomitan para limpiar el estómago, estos ciudadanos vomitan toda su bilis y sus malos deseos en una noche de diversión donde la ley no existe y la moral aparentemente tampoco. Por supuesto este sistema tiene mil y un escapes. Para empezar, no deja de ser una continuación de un estado de clases sociales llevado al extremo. Los ricos, obviamente, tienen dinero a mansalva para implantar sistemas de seguridad en sus casas que les mantengan a salvo en su fortaleza, mientras pueden observar a través de unas pantallas cómo la gente se mata entre sí en las calles. El resultado es que son los niños ricos y bien educados los que con sus armas carísimas pueden desahogar de todas sus frustraciones de clase alta en los sintecho, quienes obviamente no tienen con qué defenderse. La noche de purga se convierte en una limpieza de calles al más puro estilo Hitler. Muy Black Mirror todo.

Es una lástima que esta idea se deje de lado a medida que avanza la historia y se convierta en la típica película cuya tensión se basa en: un espacio cerrado, asesinos, víctimas, sustos en la oscuridad y persecuciones. Un desarrollo en el que poco importa que en esos mismos instantes en la calle, la noche de purga está teniendo lugar. Al final de la película los blancos ricos les abren sus puertas al vagabundo negro para salvarle la vida, y ya tenemos postal para las Navidades.



Curse of Chucky (Don Mancini, 2013)

Ayer fue la Nuit Fantastique, organizada en Nantes a manos de la Absurde Séance. En los últimos años he podido disfrutar de unas cuantas "noches fantásticas". El principio es siempre el mismo: películas de terror/serie b/mal ambiente, comida basura hasta el vómito, mantita, buena compañía, churros al amanecer, qué mejor.

Sin embargo, todas se quedan a la sombra de las organizadas por Cineuropa. Recuerdo un año en el que salí de la sala a las 14h del mediodía tras haber entrado a las 20h del día anterior y sentir que eres un ser humano venido de otra galaxia, con las ojeras grabadas a fuego y los ojos inyectados en sangre y vísceras de toda la noche y el sabor a ira y tensión aún en la boca. Y es que las programaciones del Cineuropa eran casi siempre caviar en bandeja. No tenían miedo a proyectar la triología del odio de Sion Sono regalándote 8 horas y media de peleas entre cuerpos descuartizados y alternártela con una bizarrada llena de humor sobre violaciones grupales a manos de Armando Bó y pasarte después cosas como Hors Satan, la película más lenta del universo después de El caballo de Turín. Todo eso a un precio al que casi daba ganas de dejarle el doble de propina y un chocolate calentito con churros al amanecer. Ay. Nunca volví a encontrar nada parecido.

Claro que si tengo en cuenta estas noches fantásticas que Santiago me regaló, la Nuit Fantastique de ayer fue lo más parecido a un aborto que he experimentado en mi vida. Tan solo 4 películas de las cuales solo 2 me llamaban la atención. La noche empezó con Chucky y la disfruté como una enana y pasé sustos de saltar en la butaca y me reí a carcajadas (paralíticas y lesbianas, what else?) y luego de repente, zas, una película sobre un doctor Frankenstein nazi que en la II Guerra Mundial en Moscú construye seres recolectando miembros de los caídos. A los 15 minutos ya estaba durmiendo, teniendo en cuenta que la noche anterior había dormido cuatro horas y que al "día siguiente" me tenía que levantar a las 8:30 para ir a trabajar, nada, que nos hacemos viejos. Una gallega (aquí tendría que haber escrito galleta pero como no he dormido, gallega me parecía una opción igual de aceptable) reseca a la que llamaron desayuno a las 3:30 de la noche y a la cama, pensando en la vieja gloria que fui.



Dark Touch (Marina de Van, 2013)

Antes de ir a ver la película leí en unos comentarios que Dark Touch es una mezcla entre Carrie y Matilda. Ojalá. Me hubiera encantado ver algo así.


Machete Kills (Robert Rodríguez, 2013)

Me paro a pensar y me doy cuenta de que en realidad Machete es una delicia debido a una simpleza. La misma simpleza que los chistes de Chuck Norris, ambas se basan en el mismo principio. Machete es un tipo duro. Machete no envía mensajes. Machete no falla. Y lo demás, poco importa.

Si mantienes esta idea fría en tu cabeza, Machete Kills no puede defraudarte. Tiene un añadido a la primera parte: un desfile de mujeres absolutamente despampanantes con personajes tan primarios y básicos como Machete, pero que ganan puntos por tener unos pechos que se salen de la pantalla.

Machete Kills no es más que eso. Machete, El Hombre, teniendo escenas gores más o menos divertidas con mujeres a cada cual más hermosa. Una vez más: All you need for a movie is a gun and a girl.


30 de septiembre de 2013

Simon Killer (Antonio Campos, 2011)

Simon Killer tiene muchas cosas muy interesantes pero muchas otras que no lo son.

Entre las interesantes pondría en la cima el uso del sonido. Me gusta mucho la utilización moderna (en el buen sentido de la palabra) de la música que escucha el protagonista para adentrarse en la cabeza del personaje. Por ejemplo, ¿cuántas veces vamos por la calle escuchando una canción que es demasiado triste/demasiado animada para nuestro estado anímico presente y cambiamos a otra más acorde con lo que se mueve por nuestra sangre en esos momentos? Pues ese gesto lo repite Simon numerosas veces, y muy sabiamente, la película nos interrumpe estas canciones para hacernos saltar a otras bruscamente provocando nuestra frustración. Es como ir en el coche con una persona que no para de cambiar de canción esperando encontrar esa una y concreta que quiere escuchar, y ninguna otra le vale. Exasperante para el copiloto, imperativo para el conductor. Esto mezclado con pasajes de bailes en los que la música parece nunca corresponderse con el movimiento de sus cuerpos, volúmenes desproporcionados y alternancias un poco locas que hacen las delicias del espectador.

Entre las no interesantes pondría una historia se quedó a ras de suelo, muy en la superficie de las cosas, muy en la anécdota, muy en lo banal. No se trabaja el ambiente, no se trabaja la personalidad de ninguno de sus paseantes, no se trabaja el guión y, como respuesta a esto, esta historia no me lleva a ninguna parte diferente del punto de partida, más que a contarme cómo un yanki llorica con algún ligero problema emocional se escapa a París a relacionarse con una prostituta. Lo que hacen todos los americanos en su año sabático, vamos.

29 de septiembre de 2013

Blue Jasmine (Woody Allen, 2013)

Y yo, estúpida de mí, que pensaba que la última película de Woody Allen iba a ser horrible. Cuando le hablé de mi mal augurio a Enar me dijo: seguro que no. En los últimos 10 años Woody Allen entró en una dinámica de hacer una película buena y otra mala y entonces pienso en To Rome with love y digo: esta es la buena.

Hay algo hermoso en cómo Woody se adentra en las entrañas de esta insoportable mujer y es que en realidad nos está haciendo un regalo a nosotros espectadores. Nos está regalando la capacidad de redimir. Nos presenta a un personaje absolutamente inaguantable. Prepotente, presumida, ególatra, snob, altiva, egoísta: una perfecta señorita de clase alta. La castiga quitándoselo todo. Y entonces, justo cuando queríamos estrangularla con nuestras propias manos, sucede el milagro. Entendemos a esta mujer y sentimos compasión por ella. Nos damos cuenta de que todo ser humano es susceptible de provocar empatía.

Woody es muy, muy cruel con Jasmine, pues le quita, además, la opción de ser la víctima. La responsabiliza de su dolor y su locura y su desgracia. Un poco Norma Desmond. Mujer que pierde la cabeza tras haberlo perdido todo, porque ya puestos a perder...

Woody es, sin embargo, muy amable con el personaje de su hermana, un poco cateta, un poco fea, un poco mal vestida. Le regala el amor aunque sea con un hombre bruto sin un gran trabajo. Le regala la capacidad de ser feliz con lo que realmente le hace feliz, que aunque suene a poco, dios, pensadlo por un instante. Woody premia a los buenos, castiga a los malos. Y pese a ello, porque Woody no es tan simple, nos hace salir de la sala con un sabor agridulce. Esa frustración de querer salvarlos a todos. Un poco de ¿por qué los malos tienen que sufrir?



Y es que lo que más me gusta de ese personaje que nadie en el mundo podría haber construído mejor que Cate Blanchett, es que cuando todo el dinero se va, todo el amor se va, cuando ya no hay necesidad de seguir fingiendo, de seguir mirando hacia otro lado, Cate explota en un abanico de emociones, llora y grita y no tiene miedo a arrugarse el vestido, a arrugarse la cara. Cate es esa canción de Bob Dylan. La niña que llora cuando la mujer se quita los tacones.


Tonight as I stand inside the rain
Everybody knows
That Baby's got new clothes
But lately I see her ribbons and her bows
Have fallen from her curls.
She takes just like a woman, yes, she does
She makes love just like a woman, yes, she does
And she aches just like a woman
But she breaks just like a little girl.

Queen Mary, she's my friend
Yes, I believe I'll go see her again
Nobody has to guess
That Baby can't be blessed
Till she sees finally that she's like all the rest
With her fog, her amphetamine and her pearls.
She takes just like a woman, yes, she does
She makes love just like a woman, yes, she does
And she aches just like a woman
But she breaks just like a little girl.

It was raining from the first
And I was dying there of thirst
So I came in here
And your long-time curse hurts
But what's worse
Is this pain in here
I can't stay in here
Ain't it clear that...

I just can't fit
Yes, I believe it's time for us to quit
When we meet again
Introduced as friends
Please don't let on that you knew me when
I was hungry and it was your world.
Ah, you fake just like a woman, yes, you do
You make love just like a woman, yes, you do
Then you ache just like a woman
But you break just like a little girl.

21 de septiembre de 2013

Behind The Candelabra (Steven Soderbergh, 2013)

HBO y Steven Soderbergh, y aún me pregunto cómo ha podido salir mal. Too much of a good thing is wonderful. Es la frase que solía repetir Liberace y que se recupera para la gran pantalla, y creo que ahí reside todo lo bueno y todo lo malo de esta película.

Ese demasiado tiene cierto encanto, de hecho es la única particularidad de esta película. El exceso. Sin ese demasiadas cosas buenas, no quedaría más que la historia de dos maricas (uno ambicioso y otro egocéntrico hasta decir basta) y sus idas y venidas. Ese es su punto fuerte, su diferencia.

Su punto débil es el mismo. El exceso no resulta excesivo. Se queda a medio camino o, al contrario, toma tanto protagonismo que nos olvidamos de sentir un ápice de empatía o comprensión hacia los personajes. Y no puedes contar una historia donde todo pivota alrededor de dos personajes sin dedicarte a mimarlos. Este exceso de purpurina, de ropajes, de plumas, de homosexualidad, de excentricidad, ahoga a los protagonistas de tal manera que detrás de la anécdota no queda nada. Se teje un hermoso traje nuevo para el emperador. Alabanzas para todos.


15 de septiembre de 2013

Wrong (Quentin Dupieux, 2012)

Lo absurdo está obligado, por definión, a desobedecer las normas de la lógica. Si nos quedamos en la superficie, se corre el peligro de caer en la irreverencia o la estupidez de tomarlo al pie de la letra y hacer lo que nos venga en gana. La teoría del porque sí. O peor. La teoría del ¿por qué no?. Se corre el peligro de perder los puntos básicos de lógica absurda que mantienen en tensión y en firme una historia sin que esta se caiga por su propio peso. Que hacen que, en definitiva, esta tenga un sentido por el que existir. De lo contrario, todo vale y nada vale. Una cara de la moneda, la del mundo extraño pero nunca vacío, sería Lynch. La otra cara es Mi loco Erasmus.

Wrong, en este sentido, se me antoja como una obra maestra del equilibrio. Un hombre se pone a pintar tu coche de azul, cuando tú apareces este te dice que encontró ese bote por ahí y que te lo está pintando. Tú le dices que te gustaba más de rojo. Él dice, vale, otra vez será. El otro responde gracias, y se despiden amablemente. Eso es el absurdo, y sin embargo, sabes y sientes que no es al azar lo que rige los diálogos y las acciones de estos personajes o de todo cuanto sucede ante ello.

El personaje principal se sitúa en un punto vacío en el desierto. Ha perdido su trabajo hace 3 meses, un trabajo en una oficina en la que siempre llueve a mares y a nadie parece importarle, y sin embargo, él sigue yendo diariamente un par de horas. Se sienta, finge que trabaja, y se va, bajo la mirada de odio de sus compañeros.



Un señor que tiene como negocio secuestrar a las mascotas de la gente para que estas recuperen el amor, la atención, el cariño y la devoción del primer día al sentir su ausencia, y el pánico a perderlos, secuestra a su perro. Me pregunto a cuántos novios y novias se deberían secuestrar diariamente para aprovechar un poco mejor esa grandiosa idea. Ese sumum del no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, y cuando lo pierdes, lo quieres de vuelta.



Me gusta que él, este hombre, se mueva a lo largo de esta película entre estas dos pérdidas. Una la afronta con pasividad: no quiero perder mi trabajo, voy a seguir yendo en silencio y sin hacer nada para no darme cuenta del dolor. Otra la afronta de un modo activo, hasta el punto de lograr la telecomunicación con su perro. Un déjalo ir y un hazlo venir. Sabes que lo has hecho bien cuando la línea de meta es exactamente la misma que línea de salida, y sin embargo se siente de un modo diferente. Se siente a victoria circular.

Y me gusta, me encanta, cómo la cámara se pelea por encontrar su punto de foco en cada plano, perdiéndose en imágenes borrosas y zonas nítidas. Puntos de enfoque aleatorios y danzantes que nunca sabes a dónde te van a llevar.


1 de septiembre de 2013

Grand Central (Rebecca Zlotowski, 2013)

Conocí a Léa Seydoux hace 5 años cuando salió La Belle Personne y me pregunté cómo podía existir una criatura tan bella sobre la tierra y no haber sido todavía descubierta. Tenía la piel como una estatua de mármol, una tristeza contagiosa de las que incitan al amor y no a la guerra. El pelo opaco, que funcionaba como un marco para sus pómulos y esa boca que debe ser única en el mundo. Léa era, de algún modo, la personificación de esa canción de Vinicius de Moraes que dice: Uma mulher tem que ter qualquer coisa além de beleza. Qualquer coisa de triste. Qualquer coisa que chora. Qualquer coisa que sente saudade. Um molejo de amor machucado. Uma beleza que vem da tristeza de se saber mulher, feita apenas para amar, para sofrer pelo seu amor, e pra ser só perdão.



5 años después he visto a Léa hacerse alguien. Un día salió en una película de Woody Allen. Otro en una de Tarantino.  Y supe que ya no habría más Léa como aquella desconocida que un día me hizo querer acariciar la pantalla. Léa se convirtió en esa actriz de un solo papel, que no sabe apenas sonreír. Una de esas mujeres que ahora gustan tanto porque son distintas a las demás. No están tan delgadas, no tienen los rasgos tan perfectos. Una de esas mujeres que hacen películas como Grand Central, en las que no son nadie ni valen para nada salvo para ser bonitas.


Magic Magic (Sebastian Silva, 2013)

He adorado Magic Magic muy locamente. Me he quedado hipnotizada en la butaca, anestesiada por el ruido de los pájaros en la habitación de Alicia, embriagada por la pulsión sexual que late en cada fotograma, por el mar agitado, las voces en la cabeza, los bosques malditos. Creo que volvería a verla otra y otra vez, y otra vez.

Nada de lo que pueda decir yo o este de trailer mediocre podría alcanzar a una milésima parte de lo que es Magic Magic.


24 de agosto de 2013

Silver Tongues (Simon Arthur, 2011)

Silver Tongues es una película diabólica. He conocido a muchos malos a lo largo de la historia del cine: algunos eran malos con razón de ser (un trauma infantil barato o cosas así, que se supone que exime o justifica a estos personajes), otros eran malos por estereotipo (aquellos por los que ni los guionistas se molestan en buscar una raíz para su maldad, solo están ahí para contrarrestar la bondad del héroe), otros eran malos porque eran directamente Satanás o cualquiera de sus siervos (aquellos que no eran terrenales), algunos eran malos sin más pero tenían un motivo/ideal/objetivo concreto detrás contra el que ejercían su maldad (estoy pensando en, por ejemplo, Funny Games y la burguesía, aquellos que odiaban a los pelirrojos en Notre jour viendra o en Hitler).

Sin embargo, no he visto a menudo (fuera de las películas de terror) dos personajes como estos, que juegan sin límites, ni siquiera la muerte, con todo lo que tienen. Todas las cartas sobre la mesa, todo su cuerpo y toda su alma. El juego es la destrucción del prójimo y juegan única y exclusivamente por diversión o, para qué explicarlo, son malos. Es curioso cómo la maldad siempre tiende a necesitar una explicación. Cuando conocemos a un personaje bueno no nos preguntamos nunca por qué es bueno. Por qué quiere hacer el bien. Se nos antoja como algo lógico y obvio. El mal es el renglón torcido. El que necesita un porqué. Y esto no deja de resultarme curioso porque conozco a más gente mala que buena, y a ninguna de esas personas, en la vida real, le pedí nunca una explicación. Les haría más preguntas a las buenas personas. Preguntas como, ¿qué ganas con ello? ¿te compensa? ¿quién te paga? ¿dónde está la trampa?



Silver Tongues es mi prueba de que no soy tan mala persona como a veces quiero creer, porque me ha herido profundamente. He pasado una hora y media terrible agarrada a mis entrañas y con un puño de rabia en la garganta atónita ante esa maldad tan gratuita y tan sin límites que a la vez me cautivaba. Luego me pongo a leer un poco y veo que nadie dijo muchas cosas sobre Silver Tongues, que fue realizada con menos que nada, escrita, dirigida y montada por un tipo que se llama Simon Arthur que apenas tiene 5 fotos del rodaje con sus amigos, y solo me gustaría ir a su casa y decirle: bravo.

Kick-Ass 2 (Jeff Wadlow, 2013)

El dinero debe ser una cosa muy maravillosa como para impulsarte a hacer algo tan terrible como Kick Ass 2. Contar con Jim Carrey en el reparto y no sacarle partido, debería ser considerado un pecado capital.


Jeune et jolie (François Ozon, 2013)

Fue el miércoles por la mañana. Estaba en una piscina vacía, tumbada leyendo La sociedad Juliette mientras el sol me acariciaba la piel de tal manera que era difícil saber si la excitación era producto de ese calor fulminante o de leer escritas palabras como abyección. catarsis. semiótica. sublimación. trianguliación. retórica. El libro cuenta la historia de una chica que se parece demasiado a Sasha Grey, que se cansa del amor sin amor, del sexo sin sexo, y encuentra un camino de salida en la perversión.

Horas después fuimos al cine a ver Jeune et Jolie, y me pareció curioso porque cuenta la historia de una chica que trata de llegar al amor a través de la perversión, recorriendo un camino inverso al de Sasha. Esta chica, tan joven, tan guapa, tiene 17 años y se siente como me pude sentir yo o cualquier otro adolescente o Peggy Lee cuando cantó esa maravillosa canción de Is that all there is?:

Then I fell in love, head over heels in love, with the most wonderful boy in the world. We would take long walks by the river or just sit for hours gazing into each other's eyes. We were so very much in love.
Then one day he went away and I thought I'd die, but I didn't,
and when I didn't I said to myself, "is that all there is to love?"

¿Esto es el amor? ¿Esto es el sexo? ¿Por qué tanto alboroto? Cuando tienes 17 años puedes ser dos tipos de persona. Puedes ser esa que lo siente todo con una intensidad abrumadora, como si el mundo se pudiera acabar aquí y ahora. O puedes ser esa otra que no siente nada mientras ve a los demás sentirlo demasiado, y preguntarte qué estás haciendo mal, por qué no sientes eso que se supone que tienes que sentir. La mayor parte del dolor que he sentido en mi vida ha sido por este sentimiento de ser inadecuada, de desapego hacia todo aquello que se suponía que tenía que ser. Un forajido por el desierto.

Isabelle, de 17 años, es del segundo tipo de personas. Cuando pierde su virginidad, con los ojos clavados en el cielo, el sonido de las olas chocando de fondo contra su cuerpo, se sale de este para contemplarse a sí misma, y lo primero que dice es: ya está hecho. El trabajo sucio. Algo que te quitas de encima. El cuerpo de tu amante cuando (él) ha acabado. Un peso muerto del que solo quieres desembarazarte, sin abrazos.

Lo bonito de esta historia es que Isabelle no es Nana Kleinfrankenheim. No necesita dinero. Isabelle tampoco es Séverine. No necesita dolor, ni placer. Isabelle es única en su especie. Es una adicta a la sensación que le produce el ser inadecuada. A la excitación del antes, pero nunca del durante ni del después. ¿No es así la droga? ¿No es así el amor? Una subida eterna antes de la caída en picado.







Jeune et Jolie nos regala, además, una de las escenas más preciosas que hacía tiempo que el cine no nos daba. Es la escena final, en la que Isabelle se encuentra (o no) con Charlotte Rampling en la habitación del hotel donde la primera solía ir con el marido ya muerto de la segunda. Ambas se tumban en la cama, una al lado de la otra. Una con sus 17 años. Otra con sus 70 y muchos. Estas dos mujeres tienen bastantes cosas en común. Una salta a la vista: una melancolía hiriente y azul en sus ojos. Pero además, es tan palpable el hecho de que una es la continuación de la otra, que te produce ganas de llorar. Es tan palpable que una acabará lo que la otra empezó y que la otra ya acabó lo que la otra está por empezar. Entonces Isabelle se despierta, y de repente está sola en una habitación del hotel, tumbada sobre la cama. Qué más da. No somos serios cuando tenemos 17 años.


On n'est pas sérieux quand on a dix-sept ans.
- Un beau soir, foin des bocks et de la limonade,
Des cafés tapageurs aux lustres éclatants !
- On va sous les tilleuls verts de la promenade.


Les tilleuls sentent bon dans les bons soirs de juin !
L'air est parfois si doux, qu'on ferme la paupière ;
Le vent chargé de bruits - la ville n'est pas loin -
A des parfums de vigne et des parfums de bière...


II


- Voilà qu'on aperçoit un tout petit chiffon
D'azur sombre, encadré d'une petite branche,
Piqué d'une mauvaise étoile, qui se fond
Avec de doux frissons, petite et toute blanche...


Nuit de juin ! Dix-sept ans ! - On se laisse griser.
La sève est du champagne et vous monte à la tête...
On divague ; on se sent aux lèvres un baiser
Qui palpite là, comme une petite bête...


III


Le coeur fou Robinsonne à travers les romans,
Lorsque, dans la clarté d'un pâle réverbère,
Passe une demoiselle aux petits airs charmants,
Sous l'ombre du faux col effrayant de son père...


Et, comme elle vous trouve immensément naïf,
Tout en faisant trotter ses petites bottines,
Elle se tourne, alerte et d'un mouvement vif...
- Sur vos lèvres alors meurent les cavatines...


IV


Vous êtes amoureux. Loué jusqu'au mois d'août.
Vous êtes amoureux. - Vos sonnets La font rire.
Tous vos amis s'en vont, vous êtes mauvais goût.
- Puis l'adorée, un soir, a daigné vous écrire... !


- Ce soir là,... - vous rentrez aux cafés éclatants,
Vous demandez des bocks ou de la limonade...
- On n'est pas sérieux, quand on a dix-sept ans
Et qu'on a des tilleuls verts sur la promenade.