29 de noviembre de 2013

Les garçons et Guillaume, à table (Guillaume Gallienne, 2013)

Creo que fue la semana pasada cuando fui al cine a ver Les garçons et Guillaume, à table.
Fue unas treinta o cuarenta horas después de enterarme de que a mi abuelo le quedaban unos días de vida. Estuve llorando sin parar, durante tantas horas que perdí la noción del tiempo. Durante tantas horas que el concepto llorar perdió su sentido, tantas horas que creo que me sequé, que perdí la capacidad de llorar. Luego me di cuenta de que esa no se va, esa se queda.

Decidí ir a verla porque el cine es lo que salva la vida. La gente dice, en esta época tan triste necesitamos más comedias. No más dramas, la vida ya es suficientemente triste. Yo siempre pensé que esta gente era un poco imbécil pero qué te voy a decir, los imbéciles a veces tienen toda la razón del mundo. Así que empujada por una imperiosa necesidad de parar el dolor, aunque sea hora y media, aunque sea poder respirar, poder detener la realidad, fui al cine a ver Les garçons et Guillame, à table.

Horas antes de ir al cine estuve pensando en algo. Me acordaba de mi abuelo y en su infinito y cálido amor, en cómo siempre cogía sus manos gigantescas y fuertes, ásperas, arrugadas, y envolvía con ellas las mías, finas y delgadas y suaves. También me acordé de cuando iba a jugar la partida al bar y siempre le pedía un helado. Al volver decía que se lo había olvidado, pero nunca era verdad. Siempre estaba escondido en la guantera, en el maletero, debajo del asiento del coche. Pero sobre todo me acordé de la última vez que vine a verle, en septiembre. Ya estaba en casa de mi madre porque ya le habían encontrado el tumor, que crecía cada día más, como un monstruo insaciable. Joy y yo habíamos comprado una cámara analógica para hacer fotos bajo el agua. Cámara que, obviamente, también sacaba fotos fuera del agua, ni que fuera un pez. El día antes de irme le pedí a Joy que me sacara una foto con mi abuelo. Estábamos los dos sentados en el sofá, yo llevaba un jersey rojo y me abrazaba a su cuello. Le pedí que sonriera, porque todas las fotos que tengo de él, tiene la cara seria y severa, cosa que él no es, nunca fue.

Cuando tiempo después revelé el carrete había mil y una fotos banales que no necesitaba, sin embargo la foto con mi abuelo no existía. Ni siquiera estaba movida, ni en negro. Simplemente no existía. Como si mi abuelo no quisiera ser capturado por y para mí. Como si ya no estuviera ahí, como si ya estuviera sumergido en una especie de desaparición irremediable.

Fue la última vez que le vi pareciéndose a mi abuelo. Cuando llegué el sábado pasado y me acerqué a su cama, aquel ya no era mi abuelo. Ese señor con 20 kilos menos, cosido al oxígeno, con tantos monstruos creciéndole en los pulmones, ese olor a muerte, ese no era mi abuelo. Mi abuelo empuja por salir desde entonces, cada vez que me aprieta las manos, o me pasa el brazo por encima cuando me meto en la cama con él, o cada vez que junta los labios para darme un beso, cuando mi abuelo en su vida fue de besos, en su vida fue de abrazos.

Estaba yo pensando en esa foto en la que saldríamos mi abuelo y yo cuando mi abuelo aún existía, esa imagen que nunca salió a la luz, cuando decidí ir al cine a ver Les garçons et Guillaume, à table. El cine es algo que no tiene nada que ver con mi abuelo. Creo que en unas navidades le regalé unos dvds que nunca vio, de esas de cine de su época. Mi abuelo y yo nunca vimos una película juntos, ni la primera. En 27 años, ni una sola película. Sin embargo durante esa hora y media, el dolor de perder a esta persona tan importante en mi vida, se vio mitigado por las risas, el ingenio, la soportable levedad, la tragicomedia de Guillaume Gallienne. Durante hora y media mi abuelo no se estaba muriendo, sino que me perdí en la butaca de cine llorando de risa, en un mundo paralelo, inexistente, pero tan poderoso. Un mundo donde los abuelos no se mueren, sino que se quedan a tu lado, protegiéndote, ganándote a las cartas, dándote dinero a escondidas, otorgándote ese amor cálido y silencioso que se supone más que se siente. El cine obra, de vez en cuando, estos milagros.

16 de noviembre de 2013

Inside Llewyn Davis (Joel Coen, Ethan Coen, 2013)

Hay quien decía que los Coen no tenían corazón, que sus personajes no lo tenían tampoco. Y entonces llega Llewyn Davis y te provoca este dolor mudo en las entrañas, a su modo frío y calculador.

Inside Llewyn Davis es la respuesta a esas personas que a veces te dicen: Inténtalo con toda tu alma, no tienes nada que perder. Llewyn Davis es la pérdida. Es el fracaso una y otra vez sin final feliz, como suele ocurrir en las películas, en la literatura, en esa otra vida que no existe. Llewyn Davis es el contraejemplo de lo idílico, del milagro en el último momento. Y tú te sientas esperando ese milagro, que no puede ser tan mala suerte. Ese productor que escuche sus canciones y le diga que su música vale la pena. Esa amante que deje de llamarle gilipollas y corra a sus brazos. Ese gato que vuelva a casa. Pero el milagro nunca llega como tampoco llegan a la vida real. Llewyn Davis es la vida que salió mal. La vida que se perdió en las calles heladas de Nueva York, una vida sin sentido ni abrigo.


La vénus a la fourrure (Roman Polanski, 2013)

Polanski es mi amor. Es uno de esos directores que reunen todo aquello que quiero tener a mi alcance. Humor, negrura, perversión, sadismo, inteligencia, saber hacer. Y es a la vez víctima y culpable, algo que lo hace irresistible a mis ojos.

La vénus a la fourrure tiene mucho de Polanski. Tiene al Polanski teatral, que hemos visto desenvolverse en espacios cerrados como tiburón en el Océano Atlántico en La muerte y la doncella o en Carnage (Un Dios salvaje). Tiene a su musa (a la que yo no acabo de encontrarle ni un ápice de belleza) de igual manera que un día fue dueño de Catherine Deneuve o de Mia Farrow. Tiene a su alter ego, un Mathieu Amalric que se peina, habla y se mueve como lo haría el propio Polanski, de igual modo que lo tuvimos a él en carne y hueso en El quimérico inquilino o en El baile de los vampiros.

Esta Venus no es My Fair Lady. No es una mujer que no sabe hablar ni comportarse, vulgar, descarada, inoportuna, imbécil. Una masa de barro a la que moldear y educar, con trabajo y tres horas de metraje, haciéndola repetir "la lluvia en Sevilla es una maravilla" hasta que se le rompa la lengua. Esta Venus es más Mata Hari (que no femme fatale) que víctima. Es una de esas mujeres que los hombres tienden a calificar como feminazi. Y lo es de un modo tan obstinado, es tan perversa en sus métodos, que te deja a ti, espectador, aturdido en tu butaca preguntándote qué es verdad, qué es mentira. Como en el teatro. Como en el cine.

Hay un momento hermoso y certero en esta película, y es cuando en medio del ensayo hay una pausa, la cámara se fija en Emmanuelle, la mujer y no la mujer que interpreta, que tiene, por primera vez, una mirada inteligente, un sé lo que hago escondido. Por supuesto esta mirada ocurre mientras nuestro hombre está de espaldas, ajeno a esta verdad que se revela tras él y solo para nosotros. Avanzándonos este castigo a un crimen que nunca fue cometido.



12 de noviembre de 2013

La noche que no acaba (Isaki Lacuesta, 2010)

Es posible que ninguna imagen defina a Ava mejor que esa: un rostro que se vuelve, y queda a medio camino entre dos sitios, entre dos momentos. Como si siempre estuviera a punto de dejarnos, o acabando de llegar de alguna parte.


9 de noviembre de 2013

The Usual Suspects (Bryan Singer, 1995)

No entiendo como un hombre tan feo como Kevin Spacey puede ser un hombre tan guapo.


Misery (Rob Reiner, 1990)

No importa lo buena que sea Misery, lo que recordaré de ella es la escena en la que la productora lesbiana de The L Word le rompe el pie con un martillo a James Caan.


The Heat (Paul Feig, 2013)

Quizás me he precipitado juzgando a Sandra Bullock como la peor actriz habida y por haber, igual que me equivoqué cuando odié a Jennifer Lawrence cuando ganó el Oscar y luego resultó ser encantadora. The Heat era una de las películas que peor me pintaba del universo, pero Katie Dippold, una de las guionistas de Parks and Recreation, Paul Feig, responsable de Freaks and Geeks y Weeds, un guión sorprendentemente feminista y unos cuantos gags al más puro estilo Hermanos Marx hacen que sea alegremente tragable en un domingo de lluvia.