Mary and Max (Adam Elliot, 2009)
Cibrán y yo lloramos juntos alguna que otra vez. Es lo que hacen los amigos. Lloramos en el cine, seguro. En mi casa, en el sofá, seguro también. Recuerdo, por supuesto, el estallido de lágrimas de 'Six Feet Under', nunca estuvimos así de cerca. Recuerdo llorar a la salida del concierto de Arcade Fire cuando me despedí de él antes de venirme a Francia, llorar hasta sentir no poder respirar, aunque él, ahí, no lloró. Lloré al pensar en todo este año sin poder llorar viendo películas a su lado. Quiero pensar que a Cibrán le pasaba lo mismo que a Max, pero al revés. Que lloraba en su cerebro. Hace poco Cibrán vio 'Mary and Max' y escribió que había llorado. Y yo quise llorar con Cibrán, como hace tanto tiempo ya que no lo hacemos. Como si le tuviera a mi lado. Como si pudiera hacer desaparecer esa barrera espacial. Algo más. Esa barrera que es uno mismo, que me separaría de él aunque estuviera ahora mismo a su lado. Llegar a él. Sentirme menos sola, aunque sea aprovechándo...