30 de septiembre de 2013

Simon Killer (Antonio Campos, 2011)

Simon Killer tiene muchas cosas muy interesantes pero muchas otras que no lo son.

Entre las interesantes pondría en la cima el uso del sonido. Me gusta mucho la utilización moderna (en el buen sentido de la palabra) de la música que escucha el protagonista para adentrarse en la cabeza del personaje. Por ejemplo, ¿cuántas veces vamos por la calle escuchando una canción que es demasiado triste/demasiado animada para nuestro estado anímico presente y cambiamos a otra más acorde con lo que se mueve por nuestra sangre en esos momentos? Pues ese gesto lo repite Simon numerosas veces, y muy sabiamente, la película nos interrumpe estas canciones para hacernos saltar a otras bruscamente provocando nuestra frustración. Es como ir en el coche con una persona que no para de cambiar de canción esperando encontrar esa una y concreta que quiere escuchar, y ninguna otra le vale. Exasperante para el copiloto, imperativo para el conductor. Esto mezclado con pasajes de bailes en los que la música parece nunca corresponderse con el movimiento de sus cuerpos, volúmenes desproporcionados y alternancias un poco locas que hacen las delicias del espectador.

Entre las no interesantes pondría una historia se quedó a ras de suelo, muy en la superficie de las cosas, muy en la anécdota, muy en lo banal. No se trabaja el ambiente, no se trabaja la personalidad de ninguno de sus paseantes, no se trabaja el guión y, como respuesta a esto, esta historia no me lleva a ninguna parte diferente del punto de partida, más que a contarme cómo un yanki llorica con algún ligero problema emocional se escapa a París a relacionarse con una prostituta. Lo que hacen todos los americanos en su año sabático, vamos.

29 de septiembre de 2013

Blue Jasmine (Woody Allen, 2013)

Y yo, estúpida de mí, que pensaba que la última película de Woody Allen iba a ser horrible. Cuando le hablé de mi mal augurio a Enar me dijo: seguro que no. En los últimos 10 años Woody Allen entró en una dinámica de hacer una película buena y otra mala y entonces pienso en To Rome with love y digo: esta es la buena.

Hay algo hermoso en cómo Woody se adentra en las entrañas de esta insoportable mujer y es que en realidad nos está haciendo un regalo a nosotros espectadores. Nos está regalando la capacidad de redimir. Nos presenta a un personaje absolutamente inaguantable. Prepotente, presumida, ególatra, snob, altiva, egoísta: una perfecta señorita de clase alta. La castiga quitándoselo todo. Y entonces, justo cuando queríamos estrangularla con nuestras propias manos, sucede el milagro. Entendemos a esta mujer y sentimos compasión por ella. Nos damos cuenta de que todo ser humano es susceptible de provocar empatía.

Woody es muy, muy cruel con Jasmine, pues le quita, además, la opción de ser la víctima. La responsabiliza de su dolor y su locura y su desgracia. Un poco Norma Desmond. Mujer que pierde la cabeza tras haberlo perdido todo, porque ya puestos a perder...

Woody es, sin embargo, muy amable con el personaje de su hermana, un poco cateta, un poco fea, un poco mal vestida. Le regala el amor aunque sea con un hombre bruto sin un gran trabajo. Le regala la capacidad de ser feliz con lo que realmente le hace feliz, que aunque suene a poco, dios, pensadlo por un instante. Woody premia a los buenos, castiga a los malos. Y pese a ello, porque Woody no es tan simple, nos hace salir de la sala con un sabor agridulce. Esa frustración de querer salvarlos a todos. Un poco de ¿por qué los malos tienen que sufrir?



Y es que lo que más me gusta de ese personaje que nadie en el mundo podría haber construído mejor que Cate Blanchett, es que cuando todo el dinero se va, todo el amor se va, cuando ya no hay necesidad de seguir fingiendo, de seguir mirando hacia otro lado, Cate explota en un abanico de emociones, llora y grita y no tiene miedo a arrugarse el vestido, a arrugarse la cara. Cate es esa canción de Bob Dylan. La niña que llora cuando la mujer se quita los tacones.


Tonight as I stand inside the rain
Everybody knows
That Baby's got new clothes
But lately I see her ribbons and her bows
Have fallen from her curls.
She takes just like a woman, yes, she does
She makes love just like a woman, yes, she does
And she aches just like a woman
But she breaks just like a little girl.

Queen Mary, she's my friend
Yes, I believe I'll go see her again
Nobody has to guess
That Baby can't be blessed
Till she sees finally that she's like all the rest
With her fog, her amphetamine and her pearls.
She takes just like a woman, yes, she does
She makes love just like a woman, yes, she does
And she aches just like a woman
But she breaks just like a little girl.

It was raining from the first
And I was dying there of thirst
So I came in here
And your long-time curse hurts
But what's worse
Is this pain in here
I can't stay in here
Ain't it clear that...

I just can't fit
Yes, I believe it's time for us to quit
When we meet again
Introduced as friends
Please don't let on that you knew me when
I was hungry and it was your world.
Ah, you fake just like a woman, yes, you do
You make love just like a woman, yes, you do
Then you ache just like a woman
But you break just like a little girl.

21 de septiembre de 2013

Behind The Candelabra (Steven Soderbergh, 2013)

HBO y Steven Soderbergh, y aún me pregunto cómo ha podido salir mal. Too much of a good thing is wonderful. Es la frase que solía repetir Liberace y que se recupera para la gran pantalla, y creo que ahí reside todo lo bueno y todo lo malo de esta película.

Ese demasiado tiene cierto encanto, de hecho es la única particularidad de esta película. El exceso. Sin ese demasiadas cosas buenas, no quedaría más que la historia de dos maricas (uno ambicioso y otro egocéntrico hasta decir basta) y sus idas y venidas. Ese es su punto fuerte, su diferencia.

Su punto débil es el mismo. El exceso no resulta excesivo. Se queda a medio camino o, al contrario, toma tanto protagonismo que nos olvidamos de sentir un ápice de empatía o comprensión hacia los personajes. Y no puedes contar una historia donde todo pivota alrededor de dos personajes sin dedicarte a mimarlos. Este exceso de purpurina, de ropajes, de plumas, de homosexualidad, de excentricidad, ahoga a los protagonistas de tal manera que detrás de la anécdota no queda nada. Se teje un hermoso traje nuevo para el emperador. Alabanzas para todos.


15 de septiembre de 2013

Wrong (Quentin Dupieux, 2012)

Lo absurdo está obligado, por definión, a desobedecer las normas de la lógica. Si nos quedamos en la superficie, se corre el peligro de caer en la irreverencia o la estupidez de tomarlo al pie de la letra y hacer lo que nos venga en gana. La teoría del porque sí. O peor. La teoría del ¿por qué no?. Se corre el peligro de perder los puntos básicos de lógica absurda que mantienen en tensión y en firme una historia sin que esta se caiga por su propio peso. Que hacen que, en definitiva, esta tenga un sentido por el que existir. De lo contrario, todo vale y nada vale. Una cara de la moneda, la del mundo extraño pero nunca vacío, sería Lynch. La otra cara es Mi loco Erasmus.

Wrong, en este sentido, se me antoja como una obra maestra del equilibrio. Un hombre se pone a pintar tu coche de azul, cuando tú apareces este te dice que encontró ese bote por ahí y que te lo está pintando. Tú le dices que te gustaba más de rojo. Él dice, vale, otra vez será. El otro responde gracias, y se despiden amablemente. Eso es el absurdo, y sin embargo, sabes y sientes que no es al azar lo que rige los diálogos y las acciones de estos personajes o de todo cuanto sucede ante ello.

El personaje principal se sitúa en un punto vacío en el desierto. Ha perdido su trabajo hace 3 meses, un trabajo en una oficina en la que siempre llueve a mares y a nadie parece importarle, y sin embargo, él sigue yendo diariamente un par de horas. Se sienta, finge que trabaja, y se va, bajo la mirada de odio de sus compañeros.



Un señor que tiene como negocio secuestrar a las mascotas de la gente para que estas recuperen el amor, la atención, el cariño y la devoción del primer día al sentir su ausencia, y el pánico a perderlos, secuestra a su perro. Me pregunto a cuántos novios y novias se deberían secuestrar diariamente para aprovechar un poco mejor esa grandiosa idea. Ese sumum del no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, y cuando lo pierdes, lo quieres de vuelta.



Me gusta que él, este hombre, se mueva a lo largo de esta película entre estas dos pérdidas. Una la afronta con pasividad: no quiero perder mi trabajo, voy a seguir yendo en silencio y sin hacer nada para no darme cuenta del dolor. Otra la afronta de un modo activo, hasta el punto de lograr la telecomunicación con su perro. Un déjalo ir y un hazlo venir. Sabes que lo has hecho bien cuando la línea de meta es exactamente la misma que línea de salida, y sin embargo se siente de un modo diferente. Se siente a victoria circular.

Y me gusta, me encanta, cómo la cámara se pelea por encontrar su punto de foco en cada plano, perdiéndose en imágenes borrosas y zonas nítidas. Puntos de enfoque aleatorios y danzantes que nunca sabes a dónde te van a llevar.


1 de septiembre de 2013

Grand Central (Rebecca Zlotowski, 2013)

Conocí a Léa Seydoux hace 5 años cuando salió La Belle Personne y me pregunté cómo podía existir una criatura tan bella sobre la tierra y no haber sido todavía descubierta. Tenía la piel como una estatua de mármol, una tristeza contagiosa de las que incitan al amor y no a la guerra. El pelo opaco, que funcionaba como un marco para sus pómulos y esa boca que debe ser única en el mundo. Léa era, de algún modo, la personificación de esa canción de Vinicius de Moraes que dice: Uma mulher tem que ter qualquer coisa além de beleza. Qualquer coisa de triste. Qualquer coisa que chora. Qualquer coisa que sente saudade. Um molejo de amor machucado. Uma beleza que vem da tristeza de se saber mulher, feita apenas para amar, para sofrer pelo seu amor, e pra ser só perdão.



5 años después he visto a Léa hacerse alguien. Un día salió en una película de Woody Allen. Otro en una de Tarantino.  Y supe que ya no habría más Léa como aquella desconocida que un día me hizo querer acariciar la pantalla. Léa se convirtió en esa actriz de un solo papel, que no sabe apenas sonreír. Una de esas mujeres que ahora gustan tanto porque son distintas a las demás. No están tan delgadas, no tienen los rasgos tan perfectos. Una de esas mujeres que hacen películas como Grand Central, en las que no son nadie ni valen para nada salvo para ser bonitas.


Magic Magic (Sebastian Silva, 2013)

He adorado Magic Magic muy locamente. Me he quedado hipnotizada en la butaca, anestesiada por el ruido de los pájaros en la habitación de Alicia, embriagada por la pulsión sexual que late en cada fotograma, por el mar agitado, las voces en la cabeza, los bosques malditos. Creo que volvería a verla otra y otra vez, y otra vez.

Nada de lo que pueda decir yo o este de trailer mediocre podría alcanzar a una milésima parte de lo que es Magic Magic.