30 de julio de 2011

Insidious (James Wan, 2011)

Creo que 'Insidious' no se merece ni que me plantee hablar de ella en serio. No podía decidirse por un fantasma, no, ¡tenía que meterlos a todos!

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27 de julio de 2011

Torn Curtain (Alfred Hitchcock, 1966)

FRANÇOIS TRUFFAUT: El asesinato de Gromek en la granja es, desde luego, la escena más intensa, la que apasiona más al público. Es muy salvaje y al mismo tiempo muy realista, sin música.

ALFRED HITCHCOCK: Con esta escena muy larga de asesinato quise, en primer lugar, ir en contra del convencionalismo. Normalmente, en las películas, un asesinato ocurre muy rápidamente: una cuchillada, un disparo de fusil, el personaje del asesino ni siquiera se toma la molestia de examinar el cuerpo para ver si la víctima está muerta o no. Por eso se me ocurrió que había llegado el momento de demostrar cuán difícil, penoso y largo resulta matar a un hombre. [...]

FRANÇOIS TRUFFAUT: ¡Y el colmo del realismo, la hoja del cuchillo se rompe en la garganta de Gromek! Hay varias cosas muy hermosas en esta escena de asesinato.

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25 de julio de 2011

Primos (Daniel Sánchez Arévalo, 2011)

'Primos' me ha gustado mucho (mucho más de lo que esperaba que me fuera a gustar). Qué digo, al menos durante estos tres minutos que han pasado desde que ha acabado, me ha gustado ¡muchísimo! Me parece una película absolutamente llena de encanto cuando olvidas que intenta hacerte reír de vez en cuando.

Entonces me pregunto por qué. Qué diferencia esta película de cualquier otra de esas comedias un poco muy estúpidas que no hacen ni maldita la gracia. El sonido.
El sonido en el cine es una de esas cosas que no me llaman la atención a primera oída, y soy muy consciente de que es algo básico. Cuando estuve en la escuela de cine estuvimos estudiando durante seis meses única y exclusivamente el sonido en el cine y lo que más me sorprendía de su arte era lo invisible que era. Y comprendo que ahí radica toda la diferencia. Por ejemplo: tenemos una escena de esas típicas de exaltación, en la que los personajes salen a la calle y en una serie de planos independientes se nos narran acciones divertidas y variadas. En cualquier comedia barata, esto vendría acompañado de una canción animada, a un volumen avasallador que te impondría una falsa emoción de euforia porque las imágenes no se valen por sí mismas. Pero 'Primos', sin embargo, te ofrece la misma escena con un sonido muy particular. La música está increíblemente baja, no es ni música. Es un silbido, un murmullo, algo suave y melancólico y vivo y los sonidos reales (pasos, ropa que se roza, el pelo moviéndose al aire, campanas a lo lejos...) se escuchan con una intensidad muy clara pero a la vez muy naturalista, que te hace sentir un yo he estado ahí completamente acogedor, como volver a casa. La música y los sonidos son aquello que podría estar sonando en tu cabeza.
Ocurre otra vez en una escena en la que los protagonistas, envalentonados, se suben al escenario a cantar una canción de los Backstreet Boys para dedicársela a los amores de su vida. En cualquiera de esas otras malas películas de las que hablo, As long as you love me habría sonado altísima, devorando el resto de los elementos cinematográficos a su alrededor, convirtiéndose en otra escena de esas de momentazos que jamás (jamás) ocurren en la vida real. La vida real es otra cosa. La vida real es lo que nos muestra aquí 'Primos', con apenas una base musical intuída y las voces de los protagonistas desafinadas y torpes, mostrando exactamente lo que son: los perfectos antihéroes. Fracasados, un poco gilipollas, débiles, perdedores. Y su encanto reside precisamente en este patetismo en el que todos nos podemos sentir identificados.

Hay más cosas que me cautivan en esta película española. Ese viaje iniciático de tres personajes tan diferentes y tan caricaturescos y que el resto de la película sea un eterno retorno. Un retorno al pueblo, y para más inri, un pueblo en fiestas. Y pienso en Julio de la Rosa cantando Pueblo en fiestas con esos pájaros de atardecer sonando de fondo, ese piano, alguna sirena, la puerta de un coche que se cierra, caminas por la piedra, calles estrechas, húmedas, una chaqueta al anochecer. Fui a verte a aquel pueblo y estaban en fiestas. La gente en la calle parece feliz. Recuerdo tu cara, era toda sorpresa, ¿es que ya no te acuerdas de mí? La noche rompió en fuegos artificales y escuchaba una guerra. Di, ¿cómo estás? Bien sin ti. Un buen final suena así. Y entonces, los fuegos artificiales estallan en el cielo negro. Y un barco pirata se lanza hacia él, dejando atrás a todos los miedos y a los malos y a los males.

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No. Algo menos siniestro. 'Primos' es Quiet Town de Josh Rouse. Menos violenta y dolorosa. Más amable, para hacerte sentir bien cuando acabe y no una vez más solo en la miseria. But for now, I want to stay in this quiet town.
'Primos' vive más en tu cabeza que en todos esos lugares que hay fuera de ella. Vive en el recuerdo y en el deseo y ataca a nuestro instinto irrefrenable de volver. De volver a casa, de volver al primer amor, de volver a la vida antes del miedo, la vida antes de la vergüenza. Volver a la vida antes de que ésta se fuera a la mierda.

18 de julio de 2011

The Last Tycoon (Elia Kazan, 1976)

Suponga que está usted en su despacho. Ha estado todo el dia peleando con todo el mundo, está agotado. Éste es usted.

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Entra una chica. Ella no le ve a usted. Se quita los guantes, abre su bolso y lo vuelca sobre la mesa.

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Usted la contempla. Éste es usted.

Lleva dos monedas de 10 centavos, una caja de cerillas y una moneda de 5 centavos. Deja la moneda de 5 sobre la mesa. Vuelve a meter las de 10 centavos en su bolso.

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Coge los guantes. Son negros, los mete dentro de la estufa, enciende una cerilla. De pronto suena el teléfono. Ella coge el auricular. Escucha, y dice "yo no he tenido un par de guantes negros en mi vida". Cuelga. Se arrodilla junto a la estufa. Enciende otra cerilla.

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De repente usted se da cuenta de que hay otro hombre en la habitación vigilando todos los movimientos de la chica.

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-¿Y qué pasa?
-No lo sé. Yo sólo estaba haciendo una película.

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17 de julio de 2011

The Wrong Man (Alfred Hitchcock, 1956)

Cuando tenía 17 años y entré en la facultad de Pontevedra a estudiar Audiovisuales conocí a un chico que se llamaba Manuel. Nos hicimos muy amigos. Cuál es tu director favorito, me preguntó un día, y yo le respondí que Godard. Por aquella época ya estaba fascinada con él, aunque no creo que conociera mucho más allá de 'A bout de souffle' y 'Vivre sa vie' y algunas más de los 60. Me hice una camiseta amarilla con un New York Herald Tribune escrito. Cuál es el tuyo, le pregunté yo. Me contestó que Hitchcock. Yo, que siempre he sido un poco arrogante, un poco prepotente, un poco estúpida, probablemente le dije que Hitchcock estaba sobrevalorado. O que tampoco era para tanto, ¿no? Mi relación con Hitchcock no era muy profunda. Cuando era una niña vi muchas veces 'Los pájaros' y por supuesto 'Psicosis'. Por aquellas ya había visto algunas más de las míticas, 'Rear Window', 'Rope', 'Vertigo'. Esas cosas. Leerse el libro de conversaciones entre Hitchcock y Truffaut era obligatorio en primero de carrera, y recuerdo haberlo disfrutado muchísimo. Mañana pienso ir a la biblioteca a por él y volvérmelo a leer. Poco a poco empecé a devorar todas las películas de Hitchcock viéndolas no como un entretenimiento, sino como arte.
Aún a día de hoy cuando veo alguna película suya me pregunto quién puede ser tan ciego como para no ver cuán maestro era Mister Alfred. No maestro del suspense, ni un maestro odiando a las rubias, ni del crimen, ni de la intriga, sino un verdadero maestro del Cine, empezando por mayúscula.

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14 de julio de 2011

Penny Serenade (George Stevens, 1941)

Aparecen la estatua de Columbia con la antorcha y los títulos de crédito y entonces vemos a una mujer triste que habla de un matrimonio, el suyo, que se ha roto porque ninguno necesita al otro, y que cuando un matrimonio no se necesita, no queda nada. Ella está recogiendo la habitación, encuentra un album de fotografías que habla de tiempos felices, algo de Japón. Se dirige hacia el tocadiscos y pone uno. Pierde la mirada en un espacio en off que suponemos vacío pero lleno de imágenes en su mente. Sus ojos se entrecierran, se deja llevar por la música, una canción antigua y romántica. El disco está rayado y repite una y otra vez for you. for you. for you. Esto irrumpe su ensoñación, levanta la aguja y la sitúa al principio de la canción. Flashback sobre la imagen del disco girando. Ella está trabajando en una tienda de discos escuchando ese mismo. Rayado. For you. for you. for you. for you. Ella repite la misma acción: lo quita y lo vuelve a escuchar desde el principio. Luego veremos que es una persona que, en efecto, no se cansa de intentar las cosas, por mucho que tropiece a mitad de ellas. Cary Grant la mira a través del cristal, desde la calle. Se ha enamorado de ella, lo vemos en sus ojos (que para algo estuvo nominado al Oscar). Entra en la tienda y se propone hablar con ella, pero otra dependienta dificulta su meta. Finalmente la manda a tocar una partitura y ataca a su presa. Le pide que le ponga un disco, y mientras ella se dirige hacia el tocadiscos, él coge una pila gigantesca, cierra la puerta, y se dispone a pedirle que le ponga todos. Más tarde los comprará y fingirá que su casa está en la misma dirección que la de ella. Llegan a la puerta y van a despedirse.

Ella: Bueno, buenas noches.
Él: Buenas noches. Eh... ¿puedo hacerle una pregunta personal?
Ella: Hágala.
Él: ¿Tiene gramófono en casa?
Ella: Pues claro que sí
Él: ¿Me permite oír éste? De lo contrario voy a tener que imaginarme cómo suena.
Ella: ¿No tiene gramófono?
Él: No.
Ella: ¿Entonces para qué ha comprado tantos discos?

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12 de julio de 2011

Young Man with a Horn (Michael Curtiz, 1950)

Yo no me fiaría de una mujer que no existe. Que se esfuma, que es sólo un reflejo, que no es concreta. Que necesita cerciorarse de que tiene alma, cualquier cosa más allá de su cuerpo. Que vive en los espejos, que vive como imagen. Que es preciosa por fuera pero perdida y desordenada por dentro. Yo no me fiaría de una enferma. Que es un fantasma, imposible de alcanzar, de comprender. Nadie que pueda sacarla de dentro de ella misma. Que vive atrapada tras un cristal que sólo puede atravesarse rompiéndolo en pedazos. No sé vosotros, pero yo no me fiaría de una mujer así.

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11 de julio de 2011

The Celluloid Closet (Rob Epstein & Jeffrey Friedman, 1995)

La homosexualidad en el cine nació para hacer reír y con los años evolucionó hacia el llanto. Los personajes ya no eran locas con graciosos ademanes que mariposean, sino suicidas, depresivos, enfermos con tendencias sexuales pervertidas y totalmente inapropiadas.

Durante muchos años ser gay o lesbiana era, en el cine como en la vida, nada más que una insinuación. Una presencia silenciosa e invisible. Un murmullo, un tabú, una prohibición. Mucha gente se queja a día de hoy de eso del orgullo gay, que qué es eso de sentirse orgulloso, que por qué no existe el orgullo heterosexual. Pues porque el orgullo viene tras la lucha, tras una liberación, y nunca nadie tuvo que luchar por su derecho a ser heterosexual. Ningún heterosexual fue nunca discriminado por su orientación y nadie lucha por lo que ya tiene. Y sin lucha no hay orgullo. Llo lo beo así, dice una chapa que tengo.

Y no es que yo esté a favor de la censura, pero opino que en cuestión de arte hizo mucho más bien que mal. La reacción al fin de la prohibición y del famoso Código Hays fueron películas horribles por explícitas, burdas y obvias. Fue un despliegue de sexo sin sentido (haberlo hailo). Sin embargo encuentro incalculable el valor y la creatividad de todos aquellos directores que tuvieron que esquivar la moral conservadora utilizando la inteligencia tanto a nivel de guión como de técnica. Que tuvieron que utilizar miradas, que tuvieron que utilizar planos compuestos con cierta picardía, que utilizaron roces, frases con doble sentido, retorcidas, inteligentes, antes que mostrar a un personaje que simplemente recita soy gay. Ya se sabe: menos es más.

10 de julio de 2011

Deep End (Na samym dnie) (Jerzy Skolimowski, 1971)

El agua ejerce en mí una especie de hipnosis. El mar, las olas, las algas, lo salvaje y la sal, la agitación, no ver el fin. Las piscinas vacías, esa superficie calmada, completamente azul, mansa, tirarse de cabeza y no salir a la superficie jamás. No respirar, mente en blanco.
'Deep End' es el agua. Es el agua de la nieve derretida de un contexto, de una edad, de una política sexual y violenta.

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Pienso en L'Atalante y en su mar. En el pelo que flota, en el vestido de gasa bajo el agua.

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Pienso en El gusto del cloro. En ser un pez y hablar bajo el agua, cuando queremos decir sin ser escuchados.

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Pienso también en esa piscina en la que la flaqueza del bolchevique se sumerge.

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Pienso en el agua de Pina, cuerpo contra cuerpo. Pienso en todas las lluvias que he odiado. Y me permito ahogarme, lentamente.

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7 de julio de 2011

Pretty Baby (Louis Malle, 1978)

En cuestión de moral, el cine lo tiene más fácil que la vida. El cine puede sobrevolar todos los prejuicios, la credibilidad, la coherencia, y no hay nada que pueda ir contra el amor en el cine. Como la maravillosa 'Le souffle au coeur', donde se narra la historia de amor y sexo entre una madre y su hijo con una naturalidad y moralidad tan expresa y clara que asusta. Esa barrera que es una tela o un cristal que nos alejan de la imagen, nos permiten tocarla, cosificarla, es la que permite todas estas osadías que en nuestra realidad no tienen cabida. Realidad en la que preferimos llevarnos las manos a la cabeza antes de utilizar la susodicha.

A 'Pretty Baby' le ocurre algo parecido. Cuenta la historia de Violet, una niña de 12 años que nace y se cría en un prostíbulo de Nueva Orleans en 1917. Una niña rodeada del ideal de sexo a cambio de dinero, que un día decide subastar su virginidad y decenas de hombres de ojos hambrientos pujan por ella. Un pequeño melocotón, le dicen. Pero Violet no es una víctima, Violet no se arrastra y cuando le pegan una paliza, grita altiva secándose las lágrimas no me ha dolido. Más encantos de Violet: completamente consciente de su capacidad de seducción, consciente de la suavidad de su piel desnuda, del brillo de su pelo, del poder que es capaz de ejercer sobre los hombres. Entre el sexo y el poder, Violet no se lo piensa dos veces. Elige a los dos.

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Todos vemos a Lolita en Violet, 16 años después de la criatura de Kubrick, ambas nínfulas de 12 años, seres demoníacos capaces de hacer que algunos pierdan sus cabezas por rozarlas, besarlas. Esta lolita es quizás menos inocente, menos corriente y vulgar, más engreída, más fuerte, más seductora, pero estoy segura de que ambas podrían ser grandes amigas o acabar matándose mutuamente. O enamorándose, ¿lo imagináis?
Ambas viven en ese camino perdido entre la niña y la mujer, desorientadas. Maquillándose como mamá pero llorando como una cría. Acostándose con hombres y una muñeca al lado de la cama. Niñas con prisa, que corren con tanto impulso que echan a volar y se pierden para siempre. Quién podría no quererlas, pequeñas.

'Pretty Baby' no tiene a un profesor, tiene a un fotógrafo, amante de lo bello, lo salvaje, lo puro y lo sucio. Hola, Lewis Carroll. Bienvenido a un mundo paralelo en el que hubiese estado bien visto que fotografiases a niñas desnudas. El cine, nuestro refugio. Violet es también una Alicia, que miran desafiante a la cámara, sin miedo, que viven descalzas, que no utilizan peines. Que quieren ser vistas a través de unos ojos que las consideren bonitas. Quieren atrapar el reflejo de su imagen antes de que se vaya para siempre.

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Queda así encerrado en la fotografía ese deseo, queda encerrado todo el amor, toda la juventud, todo aquello que es mortal, y la inocencia salvaje. Las ganas quedan fijadas sobre las placas, ese gesto, esa osadía, ese atreverse a vivir, más allá de todo lo que se nos supone. Todo lo destruible.

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