16 de mayo de 2013

Like Someone In Love (Abbas Kiarostami, 2012)

Siempre me gustó esta especie de agujero espacio-temporal que cava Kiarostami en sus películas. Algunos dicen que es el ritmo de la vida real el que intenta retratar, pero yo creo que es un ritmo mucho más especial que ese. Un ritmo interno y propio. Como si se amoldara a las pulsaciones del espectador de modo que las acciones son tan fluídas que la película se ha acabado y tú no te has dado ni cuenta. El tiempo ha pasado y tú ni lo has sentido pasar.

Creo que uno de sus trucos para conseguir esto es su placer por meternos dentro de los coches. Tengo debilidad por esos planos que te muestran simplemente la carretera hacia adelante y tú moviéndote con ella o simplemente el paisaje brillando por cada una de las ventanas. Te hacen creer que vas a alguna parte a la que tienes que llegar hasta que te das cuenta de que las mejores de las escenas ocurren cuando el coche ni siquiera está en marcha. Recuerdo Ten, que transcurría por completo en un coche. También recuerdo el coche (¿o era una moto?) de El viento nos llevará. Imposible olvidar al conductor que busca su propio camino en El sabor de las cerezas. Y los viajeros de Y la vida continúa. 

Este amor por los vehículos cerrados funciona como una especie de espejo para el espectador. El espectador que, por definición, es aquel que se sienta a una distancia prudencial a ver la vida pasar. La vida de los demás. Eso que transcurre en las calles llenas de gente o en las carreteras desiertas. Protegido por un cristal. Convirtiéndonos así en aquellos que miran a los que miran. Estamos dentro de la película.











Like Someone In Love es esa escena de Vivre sa vie en la que Nana Kleinfrankenheim conoce al anciano filósofo y tiene una especie de revelación. Un contacto profundo, por así decirlo. Una persona que la roza en el camino y hace una mella en ella. Esta escena durando hora y media. Aparte de eso, de la dulzura y la belleza, no he encontrado en Kiarostami lo que solía encontrar.

14 de mayo de 2013

Maniac (Franck Khalfoun, 2012)

¿Qué se puede esperar de una película que empieza rebanando una cabellera como tanto le gustaba hacer al Teniente Aldo Raine, que incluye fetichismos varios con maniquís y cabellos, referencias freudianas a mansalva, hermosas chicas francesas, un psicópata entrañable y una de esas cámaras que te lo permiten ver todo y más y que no escatiman en sangre? MUCHÍSIMO.









Mud (Jeff Nichols, 2012)

Hay algo bello en la fealdad de Mud. En el agua negra del Mississippi y en los cuerpos sucios. En las peleas callejeras y la violencia contra niños, y mujeres. Los asesinatos, los renegados y los que reniegan.

Pero de Mud me ha gustado especialmente esa escena final en la que los asesinos que buscan a Mud le rodean en la casa y él tiene su momento íntimo con el niño. En el que le cuenta cosas de la vida que uno descubre con el paso del tiempo pero a veces simplemente no quieres esperar a este tiempo tan lento. Antes de esta conversación hay un plano que nos muestra a unos diez hombres que con escopetas cubren cada rincón y escapatoria posible. Y entonces las palabras de Mud, ajeno a esta redada, cobran otro sentido. Dejan de ser banales y se convierten en una especie de posible testamento a una muerte inminente que creemos anunciada. Su rostro deja de ser el de un visitante para pasar a ser el de aquel que dice adiós para siempre. Se acerca el final de la película. Y es entonces cuando se nos encoge, sin darnos cuenta, un poco el corazón.


Silver Linings Playbook (David O. Russell, 2012)

Se suele decir que todas las historias del mundo ya fueron inventadas antes por The Twilight Zone, y añadiría una cosa más: también por los Simpsons.
¿Recordáis aquel episodio en el que Homer, que es a ojos de cualquiera un mal padre, utiliza a Lisa porque esta tiene un don para las apuestas en los partidos de hockey? Pues Robert de Niro hace de Homer y Bradley Cooper es Lisa y todo lo demás es la misma historia de siempre con baile final incluído.



Ahora una cosa tengo que reconocer y es que cuando estando en Viena viendo los Oscars en una sala llena de gente y le dieron el Oscar a Jennifer Lawrence, fui la primera en gritar indignada que qué era esto, y le grite a Natalie Portman que devolviera el Oscar porque no se merecía compartirlo con gentecilla con ese color de pelo y que hace películas tan prescindibles, y luego pensé que en Sandra Bullock también tenía uno y me calmé. Pero entonces vi este vídeo. Y lo siento mucho, Jennifer Lawrence. Eres tan adorable que aunque solo sea por eso te mereces un premio.


11 de mayo de 2013

L'écume des jours (Michel Gondry, 2013)


Publicada originalmente en los35milimetros.
 
El resto es feo

Tanto crítica como público francés se han puesto de acuerdo para decir que L’écume des jours es demasiado. Demasiado es algo que está de más, que desborda excesividad por los costados, y qué otra cosa mejor podríamos pedirle a L’écume des jours sino un desbordamiento de creatividad, ingenio, dolor y sueños. El espectador, al sumergirse en ella, se convierte así en una especie de náufrago a la deriva, que en ningún momento sabe en dónde se encuentra, y muchísimo menos hacia dónde va.

Siempre que una película se apoya en un libro para darle vida, la gente se plantea cuestiones como la fidelidad o la mayor o menor calidad de su réplica. Gondry le coge la mano a Vian y, de un modo casi mágico, es capaz de dejar su huella sin perder la del escritor. L’écume des jours invita a la perdición de los sentidos. Tanto libro como película, nos incrustan en un universo poético y confuso en el cual solo podemos dejarnos llevar si deseamos su total disfrute. Se podría decir que Gondry hace realidad los sueños de Vian, ya fueran estos un arrancorazones que descorchan la vida o un pianocktail, el maravilloso invento que dependiendo de la nota musical expulsa un alcohol preparando así un cocktail acorde a nuestro ánimo.

Gondry toma el sentido primario de las palabras de la novela y lo hace real. El lado onírico que habitaba solo en la mente de los lectores de L’écume des jours explota ante nuestros ojos. Si Vian hablaba de una casa que, día a día, se hace más oscura, más pequeña, en lugar de interpretarlo como una metáfora más o menos obvia de la decadencia, la enfermedad y la muerte, Gondry nos muestra una casa que, cada vez más negra, cada vez más minúscula, nos ahoga hasta llegar a sus cimientos, que crujen de dolor cada día. “Las casas sienten”, y yo le contesté que no, mi casa no es una de esas, y ahora se muere de pena, mi casa se muere de amor, que cantaba Deneuve. Con el placer que acostumbra a sentir Gondry por las deformaciones, los juegos de perspectivas y diferentes tamaños, podríamos decir que Vian le va como anillo al dedo. Los que piden al cine fidelidad y compromiso a las palabras pueden sentirse satisfechos, y a los que nos da igual, disfrutaremos de ver cómo estos dos genios se convierten en una sola persona.

Viendo L’écume des jours puede asaltarnos a la mente aquella frase de Blue Velvet: Es un mundo extraño. Los nenúfares que crecen en los pulmones de Chloé. Nosotros, que no somos personajes, si caemos en medio del mar moriremos porque el agua encharcará nuestros pulmones. Sin embargo Gondry y Vian crean un universo en el que el mar crece dentro de nosotros y nos mata desde ahí, agazapado. Como si lo más negro de nuestra existencia, lo más peligroso, se encontrara dentro y no fuera. Gondry, al igual que la poesía, y al igual que Vian, trabajan desde las entrañas y no desde una narrativa convencional. Atacan a los sentidos, y no a la razón. A la locura y a la subjetividad más profunda, y no a la compresión ni la lógica tradicional. Quizás a los espectadores más cobardes no les guste la sensación de pérdida y de caos desatado. ¿Pero acaso no es ya de por sí una rara avis cualquier obra que sea capaz de movernos por dentro, aunque sea en sentido negativo?

L’écume des jours es muy oscura. Gondry nos tiene ligeramente acostumbrados a este tipo de finales agridulces y suspendidos. El ok entre lágrimas y risas nerviosas de Eternal Sunshine of the Spotless Mind. El triste final de La science des rêves donde descubrimos que el mejor refugio es nuestra imaginación, el único sitio del mundo donde todo puede pasar. L’écume des jours es una caída en picado. Una historia que se lanza desde la felicidad, el optimismo, la riqueza y al amor hacia la enfermedad, la muerte, la pobreza, la decadencia. Esa casa que encoge día a día y cuyas ventanas se llenan de telarañas que permiten pasar cada vez menos luz. Al igual que los pulmones de Chloé cuyos nenúfares marchitan a todas las flores que se acercan a ella, y son capaces de apagar el sol, y le roban el espacio necesario para respirar.

Boris Vian y Michel Gondry son dos hombres de ideas fijas, que encadenan y retoman y reiteran a lo largo de sus obras. El primero rezaba: Solamente hay dos cosas: el amor, de todas las maneras, con chicas bonitas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington. El resto debería desaparecer, porque el resto es feo. El segundo le dijo amén y abrazó a una Audrey Tautou más bella que nunca y a un jazz desenfrenado que tiene tanta vida que te alarga las piernas solamente para que puedas bailarlo como es debido.

Es sabido que Boris Vian murió de un ataque al corazón en una sala de cine cuando acudía de incógnito al estreno de la adaptación de su novela Escupiré sobre vuestra tumba. Dejando a un lado las causas naturales de esta muerte y centrándonos en las poéticas, que son las que a él le habrían gustado, no deja de ser bella la idea de morir durante la proyección de tu obra. Como si esta fuera capaz de romperte el corazón, de igual manera que L’enfer mató a Henri-Georges Clouzot. Pese a la imposibilidad de matar dos veces al mismo hombre, Michel Gondry se enfrentaba a una gran responsabilidad moral, e hizo lo mejor que podría hacer: quitarse los zapatos, lanzarse al mar de cabeza vestido con su propia piel, y esperar a que este mar le escupiera de vuelta envuelto en espuma. Una espuma difícil de borrar, que incluso después de su resaca, yace sobre la orilla.



4 de mayo de 2013

Stoker (Park Chan-wook, 2013)

Si alguien me dice que Stoker no está realizada por Park Chan-wook no me costaría nada creerlo. Hay sin embargo en ella ese toque sádico ahogado tan suyo, ese atisbo de crueldad gratuita, una violencia que no nos cuesta nada más que ejercerla y luego contemplarla. Una violencia, por lo tanto, gratificante y apaciguadora, que nos libera y nos lanza hacia un universo de placer, un grito perdido en la noche, que se confunde entre el sexo y dolor, follar o matar.

Stoker no es solamente algo que da gusto, mucho gusto ver (que lo da), con unos actores o más bien una actriz que da gusto ver ejercer (que lo da), con una historia que carece de moral (que la hay), con un ritmo digno de admiración (que lo hay). Stoker es una pieza tocada a cuatro manos dedicada a la maldad más pura y negra, y a la vez contenida. La liberación se encuentra, como siempre, al final del camino.

Stoker maneja los hilos del sexo y de la muerte como quien teje una cuerda de fuertes hilos para atarta alrededor de nuestras manos y nuestro cuello y esta cuerda puede matarnos tanto de placer como de dolor. Un eros y un tánatos que caminan de la mano. Una pulsión de muerte que late a cada compás rítmico, que puja con todas sus fuerzas por salir. Una pulsión erótica que vibra por la suave y blanca piel de una chica que deja sus zapatos de niña buena para subirse a unos tacones.

Stoker me ha dejado un poco sin aire en muchas de sus escenas. Pero sobre todo. Sobre todo la escena de la ducha, que compartirá atributos con el gran Hitchcock, regalándonos un momento donde desnudez y placer se juntan con muerte, esta vez de un modo distinto. Un montaje alterno entre un orgasmo autoinfligido y un asesinato a sangre fría y vengadora que culminan en el mismo punto: el punto más álgico del sexo, el orgasmo, y el punto más álgido de la vida: la muerte.


3 de mayo de 2013

The Grandmaster (Wong Kar-Wai, 2013)

Filmar un combate como una danza es algo que solo Wong Kar-Wai sabe hacer. Deslizarse entre la lluvia y aterrizar dulcemente en el suelo, de rodillas. Golpear el aire y cortarlo como un cuchillo, con un sutil y elegante movimiento entrecortado. Un suspiro ahogado. Sangre y agua, mezclados en una danza de la muerte. Detener el tiempo y retorcerlo, escurriéndolo bajo la lluvia, hasta que se desgrande poco a poco, partículas por doquier. Vivir y morir de noche.