28 de enero de 2013

Django Unchained (Quentin Tarantino, 2012)

Nunca, repito, nunca me lo paso tan bien en el cine como viendo las películas de Tarantino. Pasárselo bien no es algo necesariamente bueno, pero no estoy aquí para entrar en el eterno debate entre cine de entretenimiento/cine intelectual porque ya bastantes directores nos han demostrado que no es necesario tomar un bando. Parece ser, sin embargo, que Tarantino lleva sus dos últimas películas ligeramente interesado por eso de la reivindicación hincándole el diente a dos de los grandes temas delicados de la historia: el nazismo y la esclavitud (viniendo además de un país donde un negro es tan innombrable como para recurrir al eufemismo "the n word").



Ahora bien, creo que hay muchas formas de ser reivindicativo pero dos sobresalen: el documental y la comedia. El documental es para mi gusto el más fácil de hacer y también el más fácil de digerir, y el que cuenta con los medios más sencillos para llegar a transmitir el mensaje. Banderitas para todos. Sin embargo la comedia es una cosa muy delicada. Entiendo que haya gente que decida tomarse la muerte y la esclavitud con seriedad, y supongo que si yo soy una de esas personas a las que tanto el nazismo o la esclavitud les parece algo tan demencial, absurdo y fuera de toda lógica humana hasta el punto de llegar a ser cómico es porque nunca viví ni padecí sus horrores. Y es precisamente este carácter demencial el que creo que lo hace un tema clave para ser objeto de ridiculización. No debería poder tomarse en serio algo que es una locura porque eso lo mete dentro del saco de "lo lógico" y por lo tanto le otorga un status de ser factible a ser repetido. Ahora bien, si humillas al hombre blanco dejándole en ridículo por sus acciones, al menos yo no me atrevería a repetirlo porque para el ser humano el ego es mil veces más grande e importante que la crítica. Si te ries de esos hombres que son tan paletos y retrógrados que les sorprende ver a un hombre negro a caballo.

Me he reído mucho con 'Djando Unchained' y es una de las principales razones por las que no podría hacer otra cosa que adorarla. Creo que es un humor perfectamente equilibrado, en una dosis perfecta, al que no le sobra ni falta nada. Y que está hilvanado con esta apasionante historia que no tiene nada de graciosa como solo un maestro podría hacerlo.

Creo que esa es otro de los trucos maestros de Tarantino: el equilibrio. Una de cal y otra de arena. Es capaz de regalarte una escena centrada en una cena entre cuatros personajes principales, añadirle los puntos de tensión clásicos y llevarla hasta el extremo. Y es una escena perfecta, que te engancha con sus diálogos certeros, con sus amados planos detalles que te remueven el estómago y te ponen el corazón en la garganta para que lo vomites segundos después, en otra de sus ya clásicas escenas de orgía de muerte y sangre tan disfrutables que parecen (y suplicas) porque nunca terminen. Ahí está el intelecto y ahí está el entretenimiento. La sangre en las flores. La disección frenológica de un cráneo. Sé que hay muchas personas que eliminarían la parte llamémosle blablabla, sé que hay muchas otras que eliminarían la blood party, y sé que muchos otros amamos ambas partes sin peros y con una fe ciega y devota que algún día nos causará problemas en cualquier discusión cinéfila que se nos vaya de las manos.

He oído que a alguna gente no le gusta la música rap en una película ambientada en 1800 y pico, y sería muy hipócrita por mi parte si dijera: qué va, Quentin, dale ahí a tope, cuando en el 2007 imploré muerte para Sofia Coppola por haber hecho algo similar en Marie-Antoinette. Sin embargo, Tarantino que es conocido por lo requetebien que suele usar la música en las películas creo que en este caso ha incluso mejorado porque no fui consciente de la música para nada. Y eso es madurar. No poner una canción que te encanta solo por esta razón, y la canción es tan genial que a partir de ese momento recuerdas más la canción que la escena, que la imagen, que el cine en sí. En 'Django Unchained' la música y la imagen cabalgan de una manera bastante acompasada, o al menos a mí me transmitió esa sensación. O eso o estaba demasiado ensimismada por lo que pasaba en la imagen y no por lo que sonaba sobre ella, lo cual es también un éxito.

Sin embargo la perla de 'Django Unchained' es la muerte. Todas y cada una las muertes/asesinatos que se suceden son una exquisitez. Quiero bordarlas, pintarlas en un cuadro, recrearme en cada una de ellas mientras tomo un baño y una copa de vino. Quiero, de verdad, brindar con y bañarme en su sangre sobreactuada que brota a veces tímida y otras como una cascada. Mi favorita es, sin embargo, la de Dr. Schulz. La muerte por principios. La muerte por orgullo. Consecuente, divertida, irónica, y tan triste a la vez.

¡Bravo, querido!



22 de enero de 2013

The Hill (Sidney Lumet, 1965)

Me equivoqué de día y de película. Entré en el Cinematographe pensando que iban a proyectar 12 Angry Men (Sidney Lumet, 1957). Era una película que tenía muchas ganas de ver y había leído la sinopsis justo antes de salir de casa. A la media hora me di cuenta de que la trama no coincidía y supe de mi equivocación. Pero una vez que estás en la sala, no puedes salir. Nadie debería levantarse de su butaca una vez la película ha empezado. Estás encerrado. Un encierro voluntario y gratificante.

A veces las equivocaciones tienen una razón de ser. Quizás, si hubiera leído que la sinopsis de The Hill era “Durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de prisioneros ingleses se encuentra encarcelado en un campo militar del norte de África. Allí sufren la ira de un sádico sargento.” no habría ido a verla. Grave error, porque ‘The Hill’ es un drama antimilitarista que merece la pena descubrir.

Todo lo que sube baja

El espacio en The Hill ocupa un lugar primordial. Sin ir más lejos, ese patio sin techos, ese espacio de liberación, está coronado por una gran colina. Una colina de tierra abrasada por un sol criminal que podría matar a cualquier hombre. La colina es el castigo que el sargento pone a los prisioneros: súbela y bájala hasta que te desmayes. Hasta que escupas tierra. Y lo peor de todo esto, es que al otro lado no hay nada. Solo es un espacio infranqueable que, al igual que los movimientos de cámara de 360º, no nos llevan a ninguna parte: empiezan y terminan en el mismo punto. No hay salida.

En ‘The Hill’ nunca llegamos a ver ese “afuera”. Lo que hay más allá de los muros y las celdas. A veces, se hace referencia a este espacio exterior donde la vida continua. Los personajes se aferran a la fantasía de que algún día podrán salir de ahí, pero la colina no tiene retorno y la salvación nunca llega a cruzar esas puertas.



Los problemas aparte

Un personaje dice: "Estamos encerrados y al maldito mundo le importamos un comino. Somos ese 2% desagradable, los sospechosos, los sinvergüenzas, los cobardes, los ladrones. Somos el eslabón roto del sistema”. Con esta línea de diálogo Sidney Lumet nos deja claro que el problema no es solo el sistema, es también el pueblo que permanece ciego y sordo ante las injusticias de este sistema. La sociedad que es capaz de continuar con sus vidas, siempre y cuando los problemas se mantengan encerrados, muy lejos. Donde no puedan hacernos daño.

21 de enero de 2013

The Master (Paul Thomas Anderson, 2012)

Creo que Paul Thomas Anderson me gustaba mucho más cuando no se tomaba tan en serio a sí mismo. Me encantaba cuando se conformaba con contar historias en apariencia banales como 'Boogie Nights' con una realización y un estilo que dejaría boquiabierto al más duro. Me deslumbró cuando hizo 'Magnolia' y nunca pude parar de verla. Cuando hablaba de la vida, o de la gente de al lado, de ti o de mí, sin ningún temor ni pudor. Me gustaba un poco menos cuando se ponía romántico en 'Punch-Drunk Love' y aún así me vendió un poco de ternura cuando la vi de adolescente. Me gustó, ya menos, en 'Sidney', película de la que no retuve absolutamente nada. Y me engatusó de una manera hipnótica y cero racional en 'There Will Be Blood'. Sin embargo creo que en 'The Master', se me sale un poco de la raya.

Llevo dos días intentando pensar qué es lo que no me ha gustado de 'The Master' y no soy capaz de dilucidarlo. Siento como si le faltara una columna vertebral y consecuentemente se balanceara hacia los lados, apunto de caerse al mar, como un barco que zozobra por una cuerda floja. Pienso si el problema es la sensación que me transmite de querer decir muchas cosas a la vez y consecuentemente no conseguir decir gran cosa. Por un lado tenemos toda la historia de la secta y su funcionamiento y su maestro que ya de por sí podría levantar una película él solito. Y por otro lado tenemos la relación entre este hombre de fe y el animal vagabundo un poco tarado. La tensión que palpita entre ambos y esta cuerda tensa que les une en una relación de dar y nunca tomar o de extraña necesidad. Y ambos temas me fascinan, pero falta algo. Algo que no sé qué es. Algo importante. Algo de vida. Algo de profundidad. Siento como si intentara abarcar demasiadas cosas interesantes y por culpa de esto se quedara en la superficie de ellas. Dame más, Paul.


Paradies: Liebe (Ulrich Seidl, 2012)

'Paradies: Liebe' es una de esas obras en las que no sabes en qué bando situarte porque la noción de buenos y malos está completamente borrosa, como en las mejores películas. Sé que no me identifico ni apoyo a las asquerosas turistas sexuales que van a Kenya a conseguir y objetivizar a un hombre por un puñado de dinero porque no tienen el físico necesario para conseguir uno que se acueste con ellas si no es con una compensación económica. Tampoco me identifico ni puedo considerar héroes a los hombres de Kenya que engañan a estas mujeres haciéndoles creer que están enamorados (también hay que ser ingenua y tener pocas luces) y venden sus cuerpos por un poco dinero mientras sus verdaderas mujeres están en casa recibiendo dinero de "la otra", aunque esta otra opción la entiendo y sería muy hipócrita de mi parte entender la libertad de prostitución femenina y no la masculina Y aún a pesar de esto hay un pero a ambas situaciones. Soy capaz de sentir un poco de compasión por esas mujeres que por determinadas circunstancias probablemente sociales tienen que mendigar y pagar por un poco de amor/cariño/sexo. Y por supuesto que soy capaz de sentir compasión por aquellos a los que quizás no les quede otra opción ni remedio que vivir de atosigar a los turistas y venderles desde un elefante tallado en madera hasta su cuerpo.

Es quizás esta interminable ambigüedad (aunque no lo creo) la que me ha dejado en terreno de nadie, ni fría ni caliente y desde luego, incapaz de sentir la supuesta capacidad de escándalo de algunas imágenes. Nada más que un poco de tedio y mal ambiente. Le daré otra oportunidad a Ulrich Seidl.


11 de enero de 2013

Crazy, Stupid, Love (Glenn Ficarra & John Requa, 2011)

Hasta hace media hora no entendía en absoluto la fascinación por Ryan Gosling. Pensaba que era un pavisoso. Un poco feo incluso. Un sinsangre. Un muermo. Y entonces llegó mi último día en el hogar y busco una película para ver con mi madre, que jamás cede ni un ápice hacia mis gustos cinematográficos. Por supuesto nunca en versión original. Nunca nada serio. Nunca, preferentemente, una película que no haya visto ya antes y que sepa con certeza que le gusta. Nuestro terreno común es Woody Allen y Almodóvar. Pero yo quiero mucho a mi madre. Y por eso vi 'Crazy Stupid Love'.

Ryan Gosling. Eso. Que nunca entendí por qué ese chico que no es tan guapo como Brad Pitt. No es tan guapo, desde luego, como Robert Downey Jr. No tan sexy como Edward Norton. Hasta que vi esta película donde sale, (dios, por qué) irresistiblemente arrebatador. Y recuerdo aquel texto que leí en Nadaimporta  y que lo explica tan bien, y ahora, de repente, lo entiendo todo. He visto la luz.



"Dejamos atrás la era del metrosexual -gracias a Dios- como también dejamos atrás la época del retrosexual y del übersexual.
Son tiempos extraños. Cierra elBulli y ha vuelto el minimalismo, Justin Bieber es un sex symbol y Lana del Rey ha dejado de ser cool tres minutos despúes de empezar a ser cool. No sé, tiempos raros. No obstante, un rayo de esperanza ilumina el camino del hombre del siglo XXI: Ryan Gosling. Masculino pero no cerril, interesante pero no cansino, elegante pero no sarasa, tu novia se lo quiere tirar, tu suegra lo quiere como yerno y a ti te encantaría invitarle a un gin-tonic. Das asco de lo que molas, Gosh.
Tengo dos amigas (llamémoslas Laura y Beatriz) pues bien, Laura y Bea jamás han coincidido en nada. Nunca. Rien de rien. Cuando Laura -pelín más guarrilla- leía el Nuevo Vale y perdía el culo por Axl Rose, Patricia suspiraba por los ojitos de Rob Lowe en la Superpop. A Laura le gustaba Depeche Mode y a Bea Take That. Aunque la verdad, a Bea también le gustó mucho R.E.M. a partir de aquel capítulo de Sensación de Vivir en el que Brenda llora desconsoladamente por Dylan al son de Losing my Religion. La hostia de romántico, tía.
A lo que iba, nunca -pero nunca- se han puesto de acuerdo en nada -ni entonces- ni ahora. Hasta Gosh. Quieren a Gosh, lo quieren mucho, lo quieren muy fuerte. Quieren también a su perro, su ukelele y hasta quieren los callos en los pies de Gosh.
Es el momento de analizar el Modelo Gosh:
· Neoñoñez.
Se supone que a la nueva mujer -sic- no le gusta el ñoño de turno; estoy hablando de los plastas del ramo de flores, los poemitas y los bombones. Se supone que ya no les gusta Luis Miguel ni las baladitas con gorgoritos ni mucho menos la Tuna cantando ‘Clavelitos’ a la vera de su portal. O eso dice el Manual de Instrucciones de la españolita que hoy nos ocupa. Pues bien, Gosh -casi- siempre representa a un romántico sensiblón de tres pares de cojones, desde El Diario de Noa hasta Blue Valentine. ¿Acaso vuelve el romántico?
· Brain is the new sexy.
Pero no descorches todavía el Clouet, querido lector amante de Cortázar y los gatitos. Porque Gosh es un poco rarito (a eso súmale su grupo de folk alternativo) además de un excelente actor y un cebrebrito -sí- pero vestido como un pincel y con un reluciente six pack bajo la camisa de Prada. Hijo de la gran puta. Mi compadre Esmoquinroom analizó su estilo con lupa. Léanlo, por Dios, a ver si aprenden algo.
· Elegante hasta decir basta.
Gosh no es un guaperas al uso pero tampoco un nerd tróspido. Gosh les mola porque pueden:
a) Lucirlo en una cenita de empresa o mejor, con esas amigas que hace tanto que no ves. Él acudirá impecable, con su traje recién planchado y su media sonrisa. Todas te odiarán. You Win.
b) Compartir un bol de palomitas en el sofá, viendo Chick Flicks -sí, le gustan- y preguntándote si quieres un helado de macadamia. Tu le dirás que no, porque engorda. Él te dirá que estás buenísima y te dará un beso. Supergosh.
· Era un cabrón hasta que te conoció.
Había un Gosh hasta Crazy, Stupid, Love y otro a partir de ahí. Ninguna peli -que yo recuerde- representa mejor el mito de Dylan, de Quimi, de Rhett Butler, de Bogart. Del cabrón redimido por amor. Ese fulano despreciable con el resto de mujeres del mundo -ays- pero que a ti te despierta con besos y preguntándote dónde quieres cenar esta noche. Él se encarga de reservar.
· Calladito estás más guapo.
Su padrino espiritual (George Clooney) no se calla ni debajo del agua. Johnny Depp es un fumao, Brad Pitt el notas del Rat Pack de la era Jobs y Bradley Cooper debe empalmarse escuchándose a sí mismo. Pero Gosh no, él suele estar calladito. Se calla y pone esa sonrisita de corderito degollado que os desarma sin excepción. ¿Alguna en la sala se hace la dura? ¿A que no, eh? ¿EH?
· Gosh sólo pasaba por allí.
Todo el mundo quiere algo. No sé, tener muchos followers, ganar un Oscar, cepillarte a dos sevillanas en Feria o escribir en Jot Down, allá cada cual con sus metas. Pero da la sensación de que Gosh no quiere nada, tan sólo pasear con su chucho -para más inri, tiene un chucho pulgoso que a saber qué protectora rescató- y molar. Tan fácil."

9 de enero de 2013

Bye Bye Blondie (Virginie Despentes, 2011)

Tenía 19 años cuando salió y me compré Teoría King Kong, de Virginie Despentes. Había pasado una adolescencia en la que por escuchar Le Tigre, Bikini Kill, adorar a Karen O y tener unas amigas encantadoramente riot grrrls a las que besaba cada fin de semana en cuanto bebíamos un poquito de alcohol ya sabía todo sobre el feminismo. A día de hoy, creo que es más difícil ser mujer que ser feminista, por eso me concentro más en lo primero aunque jamás le daría la espalda a lo segundo. Creo que ser feminista es, simplemente, reivindicar el derecho a hacer lo que nos dé la gana sin ser juzgadas, menospreciadas o agredidas por ello. Que no es poco. Que se dice rápido.

De todos modos, la famosa teoría de Virginie Despentes nunca me convenció del todo. Ella rezaba: Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las malfolladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y yo, sí, tenía un peinado muy poco favorecedor pero no me identificaba con ninguna de esas mujeres a las que Virginie se dirigía. Y si hay algo que una adolescente tardía no necesita es sentirse excluída incluso por aquellas que a su vez son excluídas. Una mise en abîme de la exclusión. Yo nunca entendí por qué no puedes ser mujer y feminista si eres guapa. Si no estás gorda. Si te depilas. Si eres joven, o vieja. Si todavía conservas un poco de cordura. Por qué no puedo ser mujer y feminista por ir a la peluquería. ¿Por qué para ser mujer y feminista tengo que renunciar a aquello que yo considero belleza? Ya sé la respuesta. Porque esa idea de belleza está inducida por una sociedad machista y que reduce a la mujer a un objeto bello de consumo. No obstante, asociar la belleza única y exclusivamente con la visión sexista y masculina y la fealdad con lo femenino me parece más aún machista. Tener que maltratar nuestro cuerpo para hacerlo poco apetitoso para el sexo opuesto no es, a mi parecer, una rebelión, sino todo lo contrario: una sumisión. Es la rendición definitiva: no me violes, no usaré más vestidos, no me pondré maquillaje, seré todo lo fea que pueda. ¿Traiciono al espíritu feminista si no me olvido de que además de un alma tengo un cuerpo y quiero hacerlo lo más afín posible a mi idea de belleza?

Tenía 19 años cuando conocí a Soko. Acababa de sacar aquella canción, I'll kill her. I'll kill her era una canción sobre una mujer que quería matar a otra mujer (rubia, estúpida y superficial) que le robó a su hombre. ¿A que no se os ocurre nada menos antifeminista? Se supone que las mujeres debemos apoyarnos entre nosotras, ser "hermanas", "amantes", "amigas", pero nunca enemigas. Soko resultó ser un poco lesbiana, ¿puede una lesbiana ser antifeminista? ¿Puede una mujer que ama a las mujeres no querer lo mejor para su sexo? Pues sí. El odio es intrínseco al ser humano, no a la mujer, ni al hombre, y desde luego no hace distinciones de sexo ni es sibarita.



Tenía 17 años cuando vi la primera película en la que salía Emmanuelle Béart y pensé que era la mujer más guapa sobre la faz de la tierra. Luego se estropeó la cara de alguna manera irremediable y me rompió el corazón.

Emmanuelle, Soko y Virginie tras la cámara y la tinta se juntaron en 'Bye Bye Blondie' y podría parecer en principio que es algo así como la película de mis sueños. Sin embargo como todo aquello radical, carece un poco de corazón. Las teorías de Virginie ya no son innovadoras, Soko sale bastante desmejorada y la cara de Emmanuelle da mucha pena y nostalgia por aquello que fue y que nunca, nunca jamás volverá a ser.


 


6 de enero de 2013

Foxfire (Laurent Cantet, 2012)

No hay nada más triste que una revolución sin ideas.


The Shining (Stanley Kubrick, 1980)

Hace 6 ó 7 años Jonathan me regaló un libro de Gabriel García Márquez y en él había un relato que se titulaba "El rastro de tu sangre en la nieve". Y por mucho que me entusiasmara el relato, del que apenas recuerdo nada, el título se quedó grabado a fuego en mí. El rastro de tu sangre en la nieve. Es, de todas las imágenes poéticas que pueda imaginar, la más bella de todas. La textura de la sangre sobre la nieve coagulada. El rojo de la muerte con la vivacidad blanca del frío. Fue entonces cuando reviendo por incontable vez 'The Shining', esa frase me golpeó en la cabeza. El rastro de tu sangre en la nieve. Pensé en cómo habría sido 'The Shining' si Danny hubiera estado herido cuando huía de su padre en el laberinto y hubiera ido dejando un hilo de sangre delatador que permitiera a su padre encontrarlo y asesinarlo. Las miguitas del pan. Y pensé en cómo esa sangre caería sobre la nieve y luego la nieve seguiría cayendo sobre la sangre pero no importaría porque sería como un destello de luz, como una bengala lanzada en la noche que le hubiera llevado a la muerte. Pensaba en eso: en las infinitas posibilidades de cada mínima acción de una película. Es algo que hago muy a menudo cuando veo una película por primera vez o repito otra de la cual he olvidado una escena: me detengo y me pregunto: ¿cómo resolvería yo esta situación? Y nunca es así. Nunca es tan perfecta, tan redonda como la habría hecho Kubrick. Es lo que tienen los genios: no se parecen en nada a nosotros, caminan sigilosos por la noche, se deshacen de las vías de hierro y se funden con la cámara para borrar sus huellas tras de sí, nunca dejarían un rastro de sangre sobre la nieve.