Blood Simple (Joel Coen, Ethan Coen, 1984)
Me faltaban sólo un par de películas de los hermanos Coen
por ver porque había abandonado el propósito de tragarme toda su filmografía
cuando me topé con 'Arizona Baby' y me quise morir de la vergüenza ajena. No
debería haber hecho esto, porque repasando los títulos me doy cuenta de que
algunas de las suyas fueron mis películas más favoritas durante la
adolescencia, especialmente la niña de mis ojos: El hombre que nunca estuvo
allí.

Dicho esto, y años después, me pongo a ver ‘Blood Simple’.
Hay resoluciones de escenas tan brillantes, movimientos y emplazamientos de
cámara tan perfectos, estratégicos, sorprendentes e innovadores, que se nota
demasiado que es un debut. Que el cine les hervía en la sangre y que llevaban
años queriendo hacer esto y aquello y lo de más allá, y que en cuanto les
dieron la oportunidad intentaron hacerlo todo a la vez. Eso tiene una parte
buena y una mala: la mala es que es una película tan buena que mientras la ves
no puedes parar de pensar en lo buena que es, e inevitablemente, te sales de
ella y te sumerges en un puro y extremo placer cinéfilo. La parte buena es que,
pues eso, ¡es una película buenísima!
Si tuviera que quedarme con una sola virtud de ‘Blood
Simple’ y sufriendo mucho, los diálogos son dignos de ser tatuados.





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