22 de marzo de 2015

La otra persona.

Soy otra persona. Cuando nací, me otorgaron una cara y un cuerpo. Una cara específica, con unos rasgos que fueron evolucionando unos 4 años en una sucesión lógica. Mientras tanto, yo estaba en alguna otra parte.  A los 4 años mi cara se convirtió en otra persona. Siempre fui corta de memoria, así que no puedo ser consciente de si mi alma, o ese ente transparente que hace que yo sea así, de esta terrible manera, también cambió. Si esta yo, su primera versión, sintió el cambio de cara, o fue una nueva yo la que vino a habitar esta nueva apariencia, sin hacer demasiadas preguntas (pues lo que no quieras oír no lo preguntes, no lo preguntes nunca, ya que es innecesario que nos enseñen lo que llevamos en el tuétano, lo que sientes caer dentro de ti, más dentro cada vez, blablabla).

La segunda yo mantuvo esta apariencia otros 4 años, como unas elecciones generales, antes de la siguiente mutación. Una vez más privada de recuerdos, solo tengo las fotografías como prueba. Fotos de las de carrete, de las palpables, de las que no se pueden editar, de las sin filtro. Todo lo real que puede ser una representación en película de este instante, ya perdido, en el que yo era otra persona, mientras esta persona que soy yo esperaba paciente, en alguna otra parte.



Este proceso de transformación radical se produjo unas 4 veces en mi vida hasta el presente. Los intervalos comenzaron a ser más largos, más tristes. Tuve que aguantar sin rechistar cada uno de mis nuevos rostros: el de las pecas y pelo claro, el de los ojos negros azabache y la cara redonda, el de la nariz puntiaguda y el pelo oscuro. Todos venían y se imponían y te aguantas, esta es tu nueva cara.  Me descubrí no identificándome con todas esas cosas que supuestamente me habían ocurrido. Sintiéndome ajena a todas esas ciudades en las que supuestamente viví, extraña a todas esas personas que supuestamente conocí, con las que hice el amor o la guerra. Poniendo el duda el valor real de vivir.

Como todo cambio, este es imperceptible salvo con el paso del tiempo. Es hoy, viendo todas aquellas fotos de personas completamente distintas pero atribuídas al mismo nombre y apellidos y DNI y grupo sanguíneo B positivo y todo lo demás, que me perturbo al no poder identificarme con este pasado. Me pregunto, entonces, si todos estos recuerdos son míos o son de ella. Me pregunto dónde están todas estas ellas, y a donde irá esta de hoy. ¿Existen solo en el papel fotográfico o me están esperando, observando, juzgando en alguna parte? ¿Sufrieron en su desaparición? ¿Acaso alguien las echa de menos, aparte de mí? 




"La gente no cambia", me decía siempre mi madre, como prueba irrefutable de que todo en esta vida son causas perdidas, que hay que dejarlo ir, pasar a otra cosa, no tener esperanza, no creer en el amor, no creer en el perdón. Mientras ella le daba una oportunidad tras otra a esos hombres que le decían te juro que voy a cambiar, telojuro, mi amor para decepcionarla una y otra vez.

El 10 de marzo del 2015 me operaron de apendicitis, y tras dos extracciones de sangre me enviaron una carta a casa recordando mi grupo sanguíneo: A negativo. Y en ese instante fui consciente de que la última versión de mí que creía  viva, ha desaparecido con las otras versiones. Versiones caducas, obsoletas, versiones que tanta gente ha dejado de querer. Todas esas yos que ya nadie ama. Necesitaré años para apreciar esta última transformación, para lamentarme por el presente regocijándome en el pasado. Sufriendo por lo perdido en vez de luchar por ganar. Como siempre hice. Como siempre haré. Porque la gente no cambia.